Escrito por: Sergio Salmerón Suárez
Fecha de publicación: julio 2025
Son entradas las seis de la tarde. David emerge de la estación Zócalo y avanza por la calle Madero mientras el sol relega su trabajo a las viejas farolas de la calle. David, desde pequeño, ha imaginado el centro como un océano. Ita, su abuela, siempre le contaba acerca de sus visitas a la capital y cómo siempre terminaba encontrándose en medio de un “mar de gente”, sin importar la hora y el día en que lo visitara. Desde entonces, piensa sus calles como un mar arremolinado en el que cada persona es un pez distinto dentro de un banco de miles de peces variopintos que ha perdido toda organización. David sigue su camino, refugiándose en sus audífonos del estruendo de las horas pico de la capital y del llamado de un chico que le ofrece lentes, mientras yergue su palma derecha para rechazar la tarjeta. Sigue caminando y ve una famosa heladería, donde una pareja, de la misma edad que él, se carcajea mientras ambos se embarran trocitos cremosos de chocolate en la nariz. Continúa y más adelante llega a un cruce en el que aguarda a que el semáforo ponga un alto al rugir continuo de los motores que pasan sobre la calle de Isabel. En un abrir y cerrar de ojos se ve rodeado de decenas de peces. Personas trajeadas, señoras cargando bolsas repletas de compras, jóvenes con mochilas, muchachos con diablitos llenos de bultos, uno que otro vendedor ambulante y algún que otro policía. Ahí, entre la aparente seguridad que otorga la multitud, hojea su celular.
Buenos días <3, espero que tengas un lindo día,
¿llegaste bien al trabajo? 12:18 pm 🗸🗸
No vas a creer lo que me pasó, al rato te cuento. 2:27 pm 🗸🗸
Voy a comer tacos con los de la oficina. ¿Tú ya comiste, mi vida? 3:32 pm 🗸🗸
—Debe ser un día atareado en su trabajo —piensa para sí, mientras el silbato de un oficial llama su atención y le pide que siga nadando.
Él y su novia han pasado algunos meses extraños. No hay peleas, ni discusiones, pero tampoco hay salidas a cenar, ni risas, ni nada más allá que el beso de buenas noches y el de buena suerte que se ejecuta parsimoniosamente todas las mañanas antes de partir a trabajar. David lleva varios días pensando que quizá por ahí esté el meollo del asunto, toda esa inacción y monotonía los han alejado a él y a su novia con cada día que pasa. Así, después de idear un plan, hoy decidió sorprenderla preparándole su platillo favorito para la cena: pasta a los cuatro quesos.
Te tengo una sorpresa. ¿Llegas temprano a casa? 6:23 pm 🗸🗸
David llega a República de El Salvador y aguarda en la estación del Metrobús. Ahí, se percata de una pareja de ancianos que están al principio de la fila para abordar. Ambos, con sus caras enjutas y arrugadas que denotan una vida llena de experiencia y recuerdos, se encuentran acurrucados, protegiéndose del clima loco de las noches de la capital. Dicha imagen evoca en David una melancolía que nace de su estómago y se eleva por su esófago hasta su garganta, donde se atora al intentar ser tragada junto al cúmulo de sentimientos que vienen con ella. Poco a poco percibe algo extraño debajo de sí, sus pies están fríos y al levantar su mirada se reconoce en ese viaje que hizo con Diana, hace algunos años, a casa de Ita, en Veracruz. Al frente, ve a Diana, con unos lentes oscuros, recibiendo la bendición de Ita para que su relación estuviese llena de amor y cariño hasta el último de sus días, junto con aquel recuerdito de unos delfines saltando que la abuela les regaló porque aquellos animalitos le recordaban mucho a ambos. La melancolía logró pasar el bloqueo y a David le golpearon una serie de recuerdos de sus últimos cuatro años de noviazgo. Volvió a esa fiesta en la que vio a Diana por primera vez y a la plática posterior sobre sus vidas y distintos intereses que se prolongó hasta el amanecer. Vio aquella ocasión en que tomaron hasta tarde en Garibaldi, donde Diana se burló, un poco, de la analogía del centro con el océano de David. Le parecía curioso el símil para una ciudad seca en la que sus únicas venas azules son solo un recuerdo lejano del que alguna vez sus abuelos les hablaron, y del cual, para ellos, solo quedan nombres de avenidas que los conducen a distintos rincones. Recordó, también, aquella cena en algún restaurante de la gentrificada Roma, donde se enteró de que la pasta era la comida favorita de Diana, junto a la gracia que le causó la sofisticación de aquel plato cuando lo comparó con su propia comida favorita: los tacos. Vino a su mente la ocasión en que se les apagó el coche adentro del periférico y cómo tuvieron que empujarlo hasta fuera de la vía en medio de una sinfonía de cláxones y mentadas de madre. Rememoró aquella escapada a Veracruz, durante Semana Santa, meses después de que falleciera Ita, y la paz que sintió mientras contemplaban el atardecer acurrucados en la arena. Tantos y tantos momentos le golpearon la mente que solo los pitidos que anunciaron la llegada del pequeño Metrobús lo devolvieron de su trance.
¿Todo bien? Te amo. 8:02 pm 🗸🗸
Transita callado el trayecto hasta Buenavista, apretujado entre todo tipo de peces a los que poco a poco les salían piernas, brazos y cabezas mientras descendían de la pecera roja con ruedas en algún punto del camino. Así como ellos, una vez en el asfalto, David avanza para salir del paradero, esquivando a más personas, puestos ambulantes y uno que otro coche, hasta atravesar aquel cruce cuasi mortal del entronque entre Insurgentes y Eje 1 Alzate. Una vez del otro lado, se adentra al corazón de Santa María la Ribera, donde entre pintores, escritores, y demás nombres de muertos ilustres, vive con Diana, en un diminuto departamento dentro de un condominio viejo que encontraron a buen precio cuando se mudaron a vivir juntos hace poco más de un año.
David gira la chapa metálica y al instante percibe las garritas de Oli, el cachorro que adoptaron hace meses, acribillando la puerta para derrumbarla y adelantar su encuentro. Entra en las tinieblas y acaricia al perrito con su mano derecha mientras intenta palpar el interruptor de la pared con la mano izquierda. Ya con luz, se da cuenta de que Oli lleva en su hocico a uno de los delfines del obsequio de Ita. David, preocupado y un tanto furioso, le arrebata al perro la pieza de acrílico y se dirige a la mesa de la sala, donde descubre al otro delfín mordisqueado y bañado en baba. Toma ambos animalitos en sus manos, los enjuaga, y les hace hueco en un cajón mientras se hace la nota mental para pegarlos al día siguiente.
Y así, se apresura a la cocina donde saca todos los ingredientes para la pasta. En una olla con agua hirviendo vacía los espaguetis y en otra hornilla comienza a derretir los quesos en un sartén. Hojea su celular y se percata de que ya son las ocho y media, falta poco para la hora de llegada usual de Diana a casa. David escurre las tiras humeantes de pasta, las pasa al sartén con un toque de mantequilla y luego las emplata y acomoda en el comedor, junto con una vela que halló en algún rincón de la casa. Abrumado por el silencio de Diana, comienza a hacerse mil historias sobre el porqué su novia no ha contestado ninguno de sus mensajes, cosa que le provoca mareos que lo hacen recostarse en el sillón a esperar el correr de los seguros. Los minutos pasan y la quietud se rompe cuando el celular de David vibra. En la pantalla estrellada aparece, difuminada por un mensaje, una foto de Diana sonriendo bajo la sombra de un árbol de la Alameda.
¿Todo bien? Te amo. 8:02 pm 🗸🗸
Hola, sí, todo bien. 8:51 pm
No me esperes, cena sin mí, saldré con los del trabajo. 8:52 pm
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