Escrito por: Frederick Armstrong
Fecha de publicación: octubre 2026
Carlos estaba por terminar su servicio social como médico general. Había sido asignado a una clínica rural cerca de Linares, Nuevo León, en un poblado llamado Caja Pinta.
—Está muy aburrido este lugar —decía. —Solo atiendo padecimientos menores. Como muchos de los que viven aquí trabajaron en el otro lado y cuentan con seguro social gringo, se atienden allá.
Aburrido o no, a Carlos le gustaba pasar tiempo en el campo. Dos semanas al mes habitaba en la clínica rural, rodeado de montañas y disfrutando de los beneficios y favores que le traía ser el doctor del pueblo.
Había agarrado confianza con algunas familias locales y aprovechaba el poco trabajo que tenía para hacer caminatas por los alrededores.
Ya a punto de terminar su ciclo, decidió organizar una excursión e invitó a Efraín y a Zeferino a acampar en las montañas cercanas a Caja Pinta.
—A ver si así me vienen a visitar, ojetes.
El plan, por lo menos en apariencia, era simple: subir uno de los cerros cercanos a Caja Pinta, acampar, hacer fogata, cenar y pasar la noche, regresando al día siguiente.
La expedición sería guiada por Luis, un lugareño a quien Carlos le había atendido dos dedos aplastados por una piedra mientras construía una barda. Luis los llevaría a un lugar adecuado para acampar, dejándolos ahí. Al día siguiente subiría para traerlos de vuelta.
—Será una pequeña probada de la vida en la intemperie —decía Carlos para convencerlos.
Zeferino y Efraín manifestaron sus dudas acerca de Luis, a quien no conocían, y sobre la posibilidad de ser olvidados o perdidos en las montañas. Carlos intentó tranquilizarlos diciendo que tenía una brújula.
Los amigos se terminaron de convencer y fijaron fecha. Salieron de Monterrey cuando todavía estaba oscuro para llegar a la clínica muy temprano. Desayunaron en casa de una benefactora local, esperaron al guía y emprendieron el camino de subida.
Calculaban que Luis tenía algunos años más que ellos, pero no muchos, y los tres llegaron a la conclusión de que la vida del campo, por más sana que sea, en nuestro tan desigual país, avejenta.
Pusieron a prueba otro mito del campo: el de la paciencia. Luis dejaba entrever su exasperación ante los descansos, constantes, desde su punto de vista; insuficientes, desde el punto de vista de los visitantes citadinos.
Zeferino, al cabo de un rato de subir la inclinada pendiente, sentía como si aspirara fuego que le quemaba los pulmones. Se había acabado ya el agua que llevaba para la subida y Carlos le advirtió que no siguiera tomando, pues, además de darle el “mal del caballo”, se acabaría la que llevaban para el campamento.
En uno de esos descansos, Efraín, que siempre buscaba rocas para tener de recuerdo, detectó un brillo entre la hierba. Era un casquillo de rifle de alto calibre.
— ¡Ah, chingá! ¿Y estos? No son precisamente para cazar, ¿no?
—Sí —dijo Luis, —son de los Federales que se suben a venadear con sus lamparotas y andan tire y tire durante la noche. Seguido se escuchan.
Efraín le lanzó una mirada a Carlos. Luis decía “federales” como si fuera Demetrio Macías en Los de Abajo, pero también le inquietaba otra cosa. Estaban cerca de la frontera con Tamaulipas y se escuchaba cada vez más el rumor de que en los cerros andaban grupos armados. Que si eran paramilitares entrenando, que si eran grupos que movían “mercancía” en el amparo de los cerros; lo que sí es que le inquietaba estar en un lugar donde se dispararan armas largas.
Apuraron el camino y avanzaron otro par de horas zigzagueando por un sendero en la ladera hasta que la pendiente se hizo menos pronunciada.
Se detuvieron en un claro, entre cerro y cerro.
—Por aquí derechito llegan a la cima —dijo Luis. —Solo sigan la brecha. Se le había hecho tarde con tanto descanso y los dejaba por su cuenta, ansioso por volver.
A la izquierda, se abría un valle entre el cuenco que formaban estas dos elevaciones. Hacia abajo se apreciaba una zona pelada, sin árboles ni maleza, solo tocones.
—¿Van a sembrar algo ahí donde pelaron? —preguntó Carlos.
—No —contestó Luis. —Son los cabrones de Las Crucitas que talan aquí sin permiso.
Se despidieron de Luis y continuaron caminando hacia la cima, cada uno pensando si no se habrían equivocado de internarse en esta sierra de tala montes y gente armada.
Hacía tiempo que la brecha había dejado de ser adornada por el detritus ubicuo de envolturas de galletas, bolsas de frituras y latas de cerveza. Habían andado largo trecho con el camino cubierto con hojarasca y ramas y ahora llegaban a una pequeña pradera aderezada con heces de vaca.
Buscaron el lugar con menor densidad de heces para establecer campamento. Encendieron la fogata, cenaron y se fueron a dormir, comentando que hacía muchos sábados que no se dormían tan temprano e imaginaron lo que estarían haciendo sus amigos en la ciudad.
La mañana los encontró amontonados, uno arriba del otro. La inclinación de la ladera, a la que ya se habían acostumbrado, los hizo rodar ya dormidos y amontonarse en un extremo de la casa de campaña.
—Hazte pa’allá güey —se quejó Zeferino.
Despertaron de la peor noche que habían tenido en mucho tiempo, deseando estar de vuelta en sus camas con sábana y colchón.
Pasado mediodía, llegó al campamento un viejo que se presentó como Gabriel y añadió: —Luis no pudo venir por ustedes. Anda malo.
Los campistas asumieron que el malestar tenía que ver con el alcohol o que era pretexto por la tardanza del día anterior, pero no averiguaron detalles.
Gabriel venía arreando a casi una docena de vacas que, sin importarles la presencia de los campistas, ya daban cuenta de la hierba y seguían abonando la zona con sus heces.
—Vayan recogiendo —dijo Gabriel, seguramente aleccionado por Luis —pa’ que no se haga tarde.
Doblaron la tienda de campaña y los sacos de dormir, no pudiendo dejar todo empacado igual que como lo traían.
—Yo me llevo ese bulto —dijo Gabriel al tiempo que agarraba la amorfa tienda de campaña desarmada.
Gabriel daba la impresión de no poder cargar ni con el sombrero que traía puesto. Calcularon que su edad rozaba los cien años. Era pequeño y correoso. La camisa desabotonada, mostraba su costillar y los huaraches caseros con suela de llanta le daban un arquetípico aire bucólico endémico. Como si los años que aparentaba, que seguro eran más que los que tenía, no fueran suficientes, sacó un cigarrillo sin filtro y comenzó a fumar mientras se echaba el bulto al lomo.
—¿Y las vacas? —preguntaron los excursionistas.
—Al rato vengo por ellas. —contestó Gabriel, que ya comenzaba a bajar la ladera y a quien la distancia parecía no hacerle mella para ir y venir.
Efraín comenzó la marcha pensando que tendrían que llegar al pueblo con Gabriel a rastras. Comenzaba la parte más empinada y, al ajustarse las agujetas de sus botas de campismo, pensó en los huaraches de suela de llanta y si el agarre del caucho sería suficiente para esta pendiente.
El grito de Gabriel lo sacó de sus cavilaciones.
—Apúrele ‘mijo —le dijo sin mover mucho los labios para que no se le cayera el cigarro.
Efraín reanudó la marcha esperando que uno de esos cigarros no comenzara un incendio.
Arribaron a Caja Pinta, más frescos que en la subida, pero con el cansancio por la falta de costumbre y la mala noche de sueño del día anterior. Lo primero que hicieron fue llegar a la miscelánea del pueblo, sedientos.
—¿Una agüita, Gabriel? —le preguntó Carlos.
—Mejor una Coronita.
Con esto, Gabriel tomó una Corona de media del refrigerador, la abrió y se la tomó de jalón, emprendiendo el camino de regreso por sus vacas al tiempo que encendía otro de sus cigarrillos sin filtro.
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