Escrito por: Israel Yehuda Diaz Krawchik
Fecha de publicación: febrero 2026
Resumen
Este artículo académico analiza la dimensión místico-mágica del lenguaje desde Wittgenstein, Heidegger, Cassirer y Zambrano. Se busca mostrar cómo la poesía conserva la fuerza originaria del decir y el poder sagrado del lenguaje mágico frente al desencantamiento del mundo. La palabra poética se presenta así como acto de revelación y creación de sentido donde el lenguaje se detiene.
Palabras clave
Lenguaje, mágico, poesía, Wittgenstein, místico.
Introducción: Lenguaje, desencantamiento y palabra poética
Una parte del pensamiento moderno ha utilizado el lenguaje como un instrumento lógico destinado a describir, representar y dominar el mundo. En ese proceso, la palabra ha sido despojada de su dimensión creadora, dando lugar a un progresivo desencantamiento de la experiencia. Sin embargo, el lenguaje no se detiene en su función representativa, sino que conserva una potencia que va más allá de lo lógico y remite a una experiencia con lo mágico.
Este artículo tiene el objetivo de mostrar que la poesía conserva y reactiva la dimensión mágica y mística originaria del lenguaje, funcionando como una forma de decir que no describe, sino que muestra y hace aparecer, permitiendo un reencantamiento del mundo frente a la racionalidad instrumental.
Lenguaje, magia y límite: la palabra entre lo decible y lo místico
La magia se relaciona con lo indefinible, con lo que no se puede expresar; remite a una experiencia donde el lenguaje no describe las cosas, sino que las muestra. La magia hace aparecer lo que aún no tiene lugar. Cassirer en su obra Filosofía de las formas simbólicas II considera que la magia y el mito no son residuos irracionales, sino estructuras simbólicas con las que el espíritu humano organiza su mundo. Y cuando habla de la magia, señala que:
Además de la magia de la imagen, tenemos la magia de la palabra y del nombre, que forma una parte integrante de la cosmovisión mágica. […] La palabra y el nombre no tienen ninguna función meramente representativa, sino que en ambos casos están contenidos el objeto mismo y sus poderes reales. La palabra y el nombre tampoco designan ni significan, sino que son y operan (Cassirer: 60).
Para Cassirer el acceso al mundo no se da de manera inmediata, pues está siempre mediado por sistemas simbólicos, de modo que el lenguaje, el mito, el arte, la religión y la ciencia son formas a través de las cuales el humano produce sentido. Así, la magia surge como una forma simbólica originaria, caracterizada por tener una relación no mediada entre el signo y el significado, no existe todavía la distancia reflexiva que permita la representación conceptual, por el contrario, el símbolo mágico actúa directamente sobre lo real. Como él mismo Cassirer señala: “En sus comienzos la palabra pertenece todavía a la mera esfera de la existencia; en ella no se aprehende su significación, sino un ser y una fuerza sustanciales” (Cassirer: 38).
Desde esta perspectiva, la palabra mágica tiene una potencia que interviene en el orden del ser. La ausencia de separación entre nombre y cosa implica que el decir no remite a un objeto ausente, sino que lo hace comparecer. Como da cuenta Cassirer, en el pensamiento mágico el nombre pertenece a la cosa y la cosa está contenida en el nombre, de modo que la palabra realiza. Así, esta concepción permite comprender la magia no como un residuo prerracional, sino como una forma originaria del lenguaje que será decisiva para pensar, más adelante, el estatuto de la palabra poética.
A partir de ahí, podemos empezar a comprender que hablar de magia es hablar de lo indecible, de aquello que el lenguaje, al volverse instrumento lógico, mantiene fuera de sí. Y es aquí donde entra el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, pues mediante su propia lógica termina dando cuenta de que en los límites de lo decible aparece lo místico o lo mágico, como creería Cassirer. Por ello afirma: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo” (Wittgenstein: 5.6). Y más allá de esos límites encontramos el silencio, donde se manifiesta lo sagrado, lo inexpresable, lo que no puede ser reducido a proposiciones.
En este sentido, si la magia es la manifestación de la imposibilidad, debemos recurrir a Wittgenstein para hablar del límite del lenguaje y los límites de la lógica, pues el Tractatus Logico-Philosophicus en sus últimas sentencias termina siendo un intento por mostrar el lugar de lo místico. Wittgenstein considera los límites que puede tener el lenguaje en la filosofía. Incluso en una carta menciona: “Mi obra consiste en dos partes. La que aquí presento y la que no he escrito. Y justamente esta segunda parte es la importante” (Janik: 89). Esta frase se entiende si se analiza detalladamente el Tractatus, donde el autor busca mostrar cómo la lógica refleja la estructura formal del mundo y mediante las proposiciones podemos comprobar el valor de verdad o falsedad. Las proposiciones serían todas aquellas figuras que representan un hecho, como cuando decimos que la Tierra gira alrededor del Sol. Esto puede verificarse en el mundo tangible. Así, Wittgenstein dirá que todo lo que suceda dentro de los límites del mundo se da dentro de los límites de la lógica.
Resulta entonces imposible imaginar o señalar algo que sobrepase los límites de lo que una proposición puede describir. Salirse de ahí produce pseudoproposiciones sin valor de verdad o falsedad. En este sentido, temas como la belleza, el bien y Dios no describen estados de cosas en el mundo; intentar hablar de ellos los convierte en pseudoproposiciones. Esto no significa que no existan, sino que no pueden ser tratados por el conocimiento lógico, puesto que son trascendentes al mundo.
El sentido del mundo debe encontrarse fuera del mismo, pero no podemos acceder a él por medio del lenguaje. Para Wittgenstein, únicamente mediante el silencio podremos acceder a lo místico, todo aquello que no se manifiesta en el mundo, como el caso de Dios y de ahí considera que: “El sentimiento del mundo como todo limitado es lo místico” (Wittgenstein: 6.45). Parecería entonces que, aunque la ciencia encuentre todas las respuestas sobre el mundo, nuestros problemas más vitales no habrán sido resueltos.
Las preguntas por Dios, la existencia o el bien seguirán sin respuesta. El silencio como lo místico o lo mágico en Cassirer hacen entender la imposibilidad de abordar ciertas cuestiones mediante el lenguaje, insuficiente para tratar los temas más profundos del humano. Por eso el Tractatus concluye: “De lo que no se puede hablar hay que callar” (Wittgenstein: 7). Frente a los límites del lenguaje es mejor experimentar lo místico, donde lo mágico se vivencia y no se pone dentro de una lógica.
Aun así, parecería que Wittgenstein posteriormente no podría callar y guardar silencio. Klagge señala, en una investigación sobre el autor, que esté escribió poemas poco conocidos, lo cual lleva a pensar que tal vez se puede sobrepasar el límite del lenguaje y acceder a lo místico y mágico no solo por medio del silencio, sino también a través de escribir filosofía como poesía que busca invocar sin describir. En este sentido, la poesía podría ser el medio para hablar de lo que se debe callar y dar vida a la magia.
Poesía como decir originario y fundación de sentido
Todo esto se sustenta más con Heidegger, quien afirma: “Pero lo que permanece, lo fundan los poetas”. La poesía tiene la capacidad de persistir frente al flujo del tiempo, permite que el Ser permanezca, nombra las cosas en su ser y de otras formas sería imposible decirlas. “El poeta nombra a los dioses, nombra todas las cosas en lo que ellas son” (Heidegger 2020: 19). El poeta asegura su fundamento y la existencia humana, es lo único con lo que podemos expresar lo místico-mágico de lo indecible. “La poesía despierta la aparición de lo irreal, y del sueño frente a la realidad ruidosa y palpable en la que creemos estar. Y, sin embargo, lo real es todo lo que el poeta dice y lo que él asume del ser” (Heidegger 2020: 22).
Para Heidegger, la pregunta por la esencia de la poesía surge cuando el pensamiento filosófico tradicional ha agotado su capacidad de decir el ser, tras el reconocimiento del agotamiento de la metafísica y del pensamiento representacional, Heidegger desplaza el eje de la pregunta por el ser desde el sujeto hacia el lenguaje mismo. En la medida en que la metafísica occidental ha comprendido el ser desde la presencia, la representación y la objetivación, el lenguaje filosófico se vuelve insuficiente, además el lenguaje de la ciencia y de la técnica, orientado a la explicación no deja aparecer al ser, sino que lo reduce a objeto disponible. Frente a esta clausura del sentido, Heidegger encuentra en la poesía un decir que no representa lo que es, sino que deja ser.
La poesía aparece como un ámbito privilegiado donde el ser puede manifestarse sin ser violentado por la lógica de la producción. El poema no comunica información ni busca transmitir contenidos conceptuales, sino que abre algo puede mostrarse tal como es. El decir poético no explica el mundo, sino que lo instaura y funda un horizonte de sentido en el que las cosas adquieren su lugar. Por ello, para Heidegger afirma el poeta inaugura mundos, permitiendo que el ser humano vuelva a habitar poéticamente la tierra.
Los poetas son impulsados por la propia magia para hablar de lo que está más allá del límite del mundo, recogen lo mágico para presentarlo al pueblo. Para Heidegger, el poeta se mantiene entre los dioses y la voz del pueblo; su existencia se establece ahí. En épocas donde la humanidad se encuentra desvinculada del ser, el poeta, sin la posibilidad de lo mágico, se vuelve un extraño ante su sociedad. La primacía de la poesía sobre otros lenguajes se comprende, a partir de la esencia del lenguaje mismo. Heidegger sostiene que el lenguaje no es un instrumento del sujeto, sino la casa del ser. Sin embargo, en la modernidad científica, esta casa se ha convertido en un sistema de signos funcionales al control y a la administración del mundo. En cambio, la poesía preserva el carácter originario del lenguaje como acontecimiento.
En la época del abandono del ser, el poeta se juega la posibilidad de reencantar el mundo a través de un decir que restituye la experiencia originaria del sentido. La poesía permite expresar la magia, pues en ambas la palabra no representa, sino que actúa y la poesía es la potencia del lenguaje mágico. Hablar de magia es algo que desborda lo racional, es una relación con el mundo que deja que algo se manifieste. En ese sentido, la magia es la forma originaria del decir y solo puede mostrarse. Cassirer, al analizar el pensamiento mítico, muestra que la magia es parte de una estructura simbólica originaria del espíritu humano.
El mito y la magia no son una ilusión, sino una forma espiritual mediante la cual el ser humano comienza a habitar el mundo. En ese horizonte, el lenguaje era un acto creador, una operación efectiva sobre el ser que iba de la mano con la magia. Por eso en el pensamiento mágico, tal como lo muestra Cassirer, la palabra no funciona como un simple signo representativo, sino como una fuerza en la que no hay separación entre el nombre y la cosa, pues el decir mismo participa del poder de hacer aparecer y de operar sobre lo real. De este modo, el lenguaje mágico del poeta tiene la capacidad de invocar y hacer aparecer. La magia, en tanto forma simbólica, expresa una de las primeras configuraciones del espíritu, pues permite que el mundo tenga sentido y que ese sentido sea experimentado.
Poesía y razón: la reconciliación del logos
En este sentido, el lenguaje, antes de ser una herramienta lógica, posee un conocimiento sagrado donde el poeta devela lo oculto y transforma la realidad. La poesía hereda la magia porque permite recuperar la dimensión originaria en que la palabra tiene un poder de revelación. María Zambrano comprende la poesía como el lugar donde el logos filosófico y la palabra pueden reconciliarse. En Filosofía y poesía, Zambrano sostiene que la historia de Occidente ha sido la de una separación en donde la filosofía se alzó sobre la poesía al imponer la razón conceptual, desterrando la palabra poética. Por ello, en Platón se condena a la poesía: “Desde que el pensamiento consumó su ‘toma de poder’, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía” (Zambrano: 14). Sin embargo, la poesía sigue siendo la forma mediante la cual el humano se aproxima a lo sagrado y a lo mágico del mundo.
La propuesta de María Zambrano, al igual que Heidegger, busca en la poesía un conocimiento que no es irreductible a la razón científica y al método filosófico que aspira a la abstracción y la objetividad. De ahí la noción de razón poética que Zambrano considera como una forma que surge de la experiencia vital y de la sensibilidad. Según Zacarés Pamblanco, para María Zambrano, su finalidad era: “retomar para el pensamiento todo aquello que está en la poesía desde los orígenes de la humanidad, todo cuanto está en la vida y de lo que no trata la ciencia” (Zacarés Pamblanco: 89). La poesía aparece así como el lugar donde el conocimiento se obtiene por revelación, como un saber que brota de las entrañas del ser y que se resiste a ser reducido a conceptos. Para Zambrano, “la poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia; mientras que la filosofía, busca, requerimiento guiado por un método” (Zacarés Pamblanco: 91). En esa contraposición, la poesía encarna la dimensión mágica del lenguaje que Cassirer había descrito en el mito, dado que ambas son formas de revelación. La poesía, es mágica porque muestra, deja aparecer.
En concordancia con lo anterior, Zambrano percibe que la poesía tiene una apertura hacia lo que el pensamiento no puede poseer. El origen de la poesía es la voz que devuelve al lenguaje su fondo sagrado y su carácter mágico. En el poema, el decir vuelve a ser acontecimiento; la palabra en la poesía se vuelve símbolo actuante. El lenguaje en sus inicios es mágico, pues nace ante el asombro del mundo y la necesidad de hablar de aquello que nos excede. De ahí surge la forma creadora de la poesía que revela el mundo.
Desde esta perspectiva, el saber poético opera como irrupción. Zambrano subraya que mientras la filosofía avanza mediante un método, la poesía acontece, dado que no construye una verdad, la deja aparecer. La palabra poética no domina lo real, sino que se expone a él, permitiendo que lo invisible se diga sin ser poseído.
Para Zambrano, la historia de la racionalidad occidental produjo una escisión entre pensamiento y vida, entre concepto y experiencia, que dejó al ser humano desamparado frente al dolor, la muerte y la finitud. Frente a ello, la poesía ofrece una unidad encarnada y simbólica, para Zambrano: “el poema es ya la unidad no oculta, diríamos encarnada” (Zambrano: 22). En el poema la palabra vuelve a ser acontecimiento y símbolo actuante, capaz de reconciliar pensamiento y vida. De ahí que la razón poética no cure suprimiendo el misterio, sino habitándolo.
Así, si Wittgenstein consideraba que el límite del lenguaje señala el lugar del silencio y lo místico, también se da cuenta de que en ese silencio comienza la posibilidad de un decir que no busca describir sino mostrar. De ahí la necesidad de un lenguaje mágico como la poesía, donde el sentido no se agota, sino que se muestra. En Heidegger, ese poder del lenguaje se encuentra en la poesía, que permite nombrar al ser y preservarlo, de ahí Cassirer muestra que el mito y la magia son el origen simbólico mediante el cual el espíritu humano da sentido a su realidad. La poesía se convierte así en la reconciliación entre pensamiento y vida, pues es la palabra que cura la escisión provocada por la razón, tal como lo muestra Zambrano.
Conclusión: Desencantamiento moderno y reencantamiento del mundo
Para finalizar, todos los autores mencionados coinciden en que el lenguaje posee una dimensión mágica, sagrada y creadora que la poesía mantiene viva y permite reencontrar un origen mágico donde el humano participa de lo divino. En su gesto se conserva la magia primordial del lenguaje, ese poder de nombrar lo imposible y hacerlo aparecer sin destruir su misterio. Es la posibilidad de que la palabra vuelva a crear sentido y de que el mundo pueda ser nuevamente habitado como misterio.
Esto es sumamente importante, pues Adorno y Horkheimer, en Dialéctica de la Ilustración, consideran que la modernidad al convertir la razón en instrumento de dominio ha despojado al mundo de su carácter mágico. Mediante la ciencia instrumentalizada, se desencanta el mundo al reducirlo a objeto de cálculo y previsión. En ese proceso, el lenguaje pierde su potencia originaria y deja de ser revelación para convertirse en algo funcional al sistema técnico, reducido a la forma mercancía. De ahí que consideren que:
El proceso de Ilustración es, pues, un proceso de ‘desencantamiento del mundo’ que se revela como un proceso de progresiva racionalización, abstracción y reducción de la entera realidad al sujeto bajo el signo del dominio, del poder. En cuanto tal, este proceso, que quiso ser un proceso liberador, estuvo viciado desde el principio y se ha desarrollado históricamente como un proceso de alienación, de cosificación (Adorno y Horkheimer: 13).
Para Adorno y Horkheimer, el desencantamiento del mundo instaura una forma de racionalidad que reduce lo real a aquello que puede ser dominado. En este proceso, el lenguaje mismo es sustituido por la lógica instrumental causando que deje de ser un espacio de aparición y se transforme en un medio funcional al intercambio, la producción y el control. La palabra ya no revela, sino que clasifica, comunica y ordena. De este modo, el desencantamiento sustituye la magia para que todo pueda ser reducido a lo mismo bajo la forma mercancía. Ante esto, el lenguaje pierde su capacidad de invocar y pasa a describir, deja de fundar sentido para servir a la utilidad de la producción, se pierde la magia del mundo. Por ello, la poesía, mediante un lenguaje mágico, no pretende dominar lo real, sino dejarlo ser y permite que lo indecible se muestre sin perder su misterio. La palabra poética es la forma de la magia que permite que la potencia de lo imposible se manifieste y que el misterio se diga sin disolverse. En ella, el lenguaje es un acto de revelación, un gesto creador que une al humano con lo sagrado y transforma el silencio en sentido, permitiendo retomar el encantamiento del mundo que se había perdido, la palabra poética continúa el gesto de la magia al volver a encender al mundo con un sentido.
La intuición del papel de la poesía que pudo haber tenido Wittgenstein se manifiesta de manera plena con Heidegger y Zambrano, pues para ambos la poesía permite recuperar una forma de existencia perdida que no funciona como un instrumento de dominio, se busca superar al pensamiento técnico e instrumental que ha reducido el lenguaje a medio de dominio y ha clausurado su dimensión reveladora.
Frente a un mundo calculable y utilitario, donde se pierde el misterio encontramos a la poesía que preserva una relación por apertura sin la necesidad de poseer el mundo, hereda la magia originaria del lenguaje donde opera como formas de revelación que restituye al mundo su carácter de acontecimiento, no transmite un significado previo, deja simplemente que el mundo se manifieste en el decir mismo. Esta distinción muestra la cercanía entre magia y poesía, donde ambas suspenden la lógica instrumental y restituyen al lenguaje su potencia creadora. En ellas, la palabra actúa, invoca y funda sentido, conservando así esa dimensión sagrada que Cassirer había reconocido en el pensamiento mágico como una estructura simbólica originaria mediante la cual el ser humano comienza a organizar y experimentar su mundo que deja de ser un objeto fijo que pasa a experimentarse como algo que se da, irrumpe y se revela continuamente en la experiencia humana.
Bibliografía
Adorno, Theodor W. y Max Horkheimer. Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta, 1998.
Cassirer, Ernst. Filosofía de las formas simbólicas II: El pensamiento mítico. México: Fondo de Cultura Económica, 2003.
Heidegger, Martin. Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.
– – -. “Hölderlin y la esencia de la poesía”. Revista Universidad Pontificia Bolivariana, vol. 11, no. 38, 2020, pp. 13-25.
Janik, Allan. Ludwig Wittgenstein: Letters to Ludwig von Ficker. Bristol: Thoemmes Press, 1996.
Klagge, James C. Wittgenstein’s Artillery: Philosophy as Poetry. Cambridge: Cambridge University Press, 2024.
Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza, 1996.
Wittgenstein, Ludwig. Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza, 2004.
Zacarés Pamblanco, Amparo. “Logos y saber poético en María Zambrano”. TSN Transatlantic Studies Network, vol. 7, no. 13, 2022, pp. 88–95, https://doi.org/10.24310/TSN.2022.v7i13.16363
Zambrano, María. Filosofía y poesía. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.
Israel Yehuda Díaz Krawchik es estudiante de la licenciatura en Filosofía en la Universidad del Claustro de Sor Juana, donde actualmente cuenta con un promedio de 9.8. Ha participado en seminarios de lectura sobre Hegel, incluyendo la Fenomenología del Espíritu y La Ciencia de la Lógica, además de formar parte del Seminario Permanente de Estudios Hegelianos de la UAM Iztapalapa. Ha sido ponente en distintos foros académicos, con trabajos sobre Hegel, Foucault, Spinoza, Marx y cine; entre los congresos más destacados en donde ha participado se encuentran: XXII Congreso Internacional de Filosofía – Pensar el porvenir de la filosofía, realizado en Mérida, Yucatán y el Coloquio Internacional Michel Foucault, realizado en Morelia, Michoacán.
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