La relación entre Paz y el existencialismo en El laberinto de la soledad

Escrito por:Santiago Hemsani

Fecha de publicación: abril 2026

Resumen

El presente artículo tiene como objetivo demostrar la relación que existe entre Octavio Paz y el existencialismo mediante un breve recorrido histórico e intelectual del premio Nobel de Literatura durante su estancia en Francia; al igual que esbozar las inquietudes del autor respecto a esta disciplina, para comprobar que los argumentos propuestos en El laberinto de la soledad se adscriben a tal filosofía, principalmente el último capítulo del ensayo “Apéndice. La dialéctica de la soledad”.

Palabras clave

Existencialismo; dialéctica y soledad; Historia; Sartre; Camus.

Comprender los esmeros y las reflexiones intelectuales de Octavio Paz insertos en su ensayo El laberinto de la soledad (1950) requiere una labor investigativa de la intelligentsia francesa del siglo pasado con la cual el poeta se relacionó. Es evidente, a estas alturas, que sin los trabajos de Levis Straus y de Roger Caillois, el laberinto no hubiera podido ser engendrado, pues a Paz le interesaba descubrir “no tanto el ‘carácter nacional’ como lo que oculta ese carácter: aquello que está detrás de la máscara” (Paz: 249). Con esta motivación en mente, Paz se propuso encontrar el mito circular que abunda en el entramado del mexicano. Incontables estudios se han realizado con este enfoque, sin embargo, a mí me interesa la cuestión existencial dentro de la obra de Paz para sustentar que la reflexión mostrada en el capítulo final del libro “Apéndice. La dialéctica de la soledad”, se encuentra dentro de la vena existencialista generada por los franceses.

Por lo tanto, el examen propuesto realiza un breve recorrido de los primeros esbozos de Paz por generar un existencialismo anterior al francés, la experiencia de Paz en Francia referida solamente a este tipo de filosofía, para después analizar el último capítulo del laberinto y argumentar que la literatura ensayística de Paz pertenece a este movimiento filosófico como un proyecto para superar la angustia que el mexicano experimenta cuando se siente desgarrado por su absoluta soledad.

Los esbozos de un existencialismo en la juventud de Paz

En la obra Una introducción a Octavio Paz (1990), Alberto Ruy Sánchez, quien conoció a Paz en vida, revela que el poeta, desde sus inicios, mostró una inclinación hacia el existencialismo, mucho antes incluso de entrar en contacto con el París de los años cuarenta y cincuenta.  Conocedor y lector de Quevedo desde su juventud “Paz veía una especie de existencialismo antes del existencialismo y un aliento precursor a Baudelaire que se sabe nacido en el mal, sin salvación. Paz identifica ahí la semilla de la angustia o de la rebelión modernas” (15). Más adelante, refiriéndose a la poesía paciana, Ruy Sánchez nos da la clave interpretativa para comprender el enfoque de esta poética: “Se va formando entre el abismo de la soledad existencial y la comunión trascendente con los otros” (16). Ambas citas son importantes para comprender el concepto de la soledad que Paz va desarrollando en el laberinto, y la solución última que propondrá para salir de él.

Del mismo modo, su necesidad por encontrar el lugar del hombre moderno en la Historia lo hace preguntarse, indudablemente, sobre su propósito en el mundo. Dice Paz, citado por Ruy Sánchez: “El tiempo nos hacía una pregunta a la que había que responder si no queríamos perder la cara y el alma. Nos angustiaba nuestra situación en la Historia” (53). Carente de esencias fijas, la existencia del hombre se le presenta a Paz como un cúmulo de angustias que se desarrollan bajo los lineamientos de esta falta.

Es precisamente esta indeterminación del ser la que Sartre nombra en El existencialismo, es un Humanismo (1946): “El hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo (…) después se define. [Por lo tanto] el hombre (…) si no es definible, es porque empieza por no ser nada” (12). Esta cualidad del no ser, para Paz, acontece en soledad, y es precisamente la búsqueda del ser lo que permitirá la trascendencia de ambos estados. Basilio Belliard nos lo confirma: “Octavio Paz intentó toda su vida de escritor escapar de la soledad, a través de la poesía o de la historia y la arqueología mexicana, es decir: huir del laberinto de su soledad metafísica” (178).

Similar a Ernesto Sábato, ambos autores versan sobre el mismo concepto de la soledad. Para Paz, “su conciencia de la soledad tiene como esencia el sentimiento de la orfandad y del hombre solitario” (Belliard: 179).

Paz y el existencialismo francés

En el auge del intelectualismo francés del periodo de posguerra, Paz conoció a una cantidad indefinida de intelectuales; desde Samuel Becket a Merleau-Ponty, André Bretón, Kostas Papaioannou, entre otros (Sánchez: 73), pero quizá el que más le influyó, en cuanto a su febril existencialismo, fue Albert Camus:

Reaccionando contra el racionalismo, Albert Camus y Jean-Paul Sartre propusieron temas más cercanos a la vida individual, tales como la libertad, la muerte, las posibilidades de la existencia, la responsabilidad. En este mismo contexto (…), Octavio Paz conoció a Albert Camus (1913-1960) y se hizo amigo suyo (Houvenaghel: 407).

Más adelante nos dice Eugenia Elena Houvenaghel: “Ambos escritores tienen más de una característica en común: la defensa enérgica de la libertad del hombre” (407). Su análisis sobre El laberinto de la soledad se centra en el capítulo de los pachucos, comparándolos con la concepción del hombre rebelde propuesto por Camus. No me detendré mucho en esto, salvo para mencionar que la aguda reflexión de Houvenaghel nos ayuda para argumentar a favor de un existencialismo paciano influenciado por las ideas camusianas:

Sin que sea nuestro propósito pretender que el pachuco paciano sea un calco idéntico del hombre rebelde camusiano (…) la actitud contradictoria, extraña, marginal, grotesca, anárquica y difícil de justificar de los pachucos, se inserta, así, en la larga tradición de rebeldía destacada por Camus como el rasgo fundamental de la naturaleza humana (421).

El existencialismo en función de la dialéctica

Siguiendo con la línea sobre la problemática del lugar del hombre en la Historia, Ruy Sánchez nos dice que el laberinto “es la respuesta a dos preguntas básicas: ¿qué sentido tiene ser mexicano en el siglo xx? y ¿qué significa México en estas épocas?” (79). Sin embargo, hay una doble lectura en la propuesta de Paz: la del hombre inserto en la Historia, y la del hombre ahistórico, sea cual sea, siempre solitario. Como mencioné más arriba, “la soledad es un estado considerado por Paz como el destino de todos los hombres y de todas las naciones” (Sánchez: 79). A su vez, nos dice Paz en el laberinto: “La soledad es una pena, esto es, una condena y una expiación. Es un castigo, pero también una promesa del fin de nuestro exilio. Toda vida está habitada por esta dialéctica” (226).

Aunque indirectamente y de la mano con Unamuno, ambos autores utilizan la dialéctica hegeliana para desarrollar un existencialismo propio, donde puedan conceptualizar la lucha incesante del hombre, sus rasgos contradictorios en el vaivén del devenir, sus dicotomías interminables: “La obra de Paz, al haber girado en buena medida en torno a la alienación del hombre moderno, permite aproximaciones filosóficas ya consagradas, como la línea interpretativa que va de Hegel y Marx a la Escuela de Frankfurt” (Omar Astorga: 122).

Es la escisión de los contrarios la que deja al hombre solo, la que lo hace devenir en soledad y en angustia, en páramo desolado. Es por ello que “los múltiples tópicos que es posible destacar en esa reflexión, [son] desde la soledad/alienación hasta la reconciliación/comunión” (Omar Astorga: 125).

Nos dice Saúl Yurkievich citado por Rubén Bareiro-Saguier: “El existencialismo agudiza en Paz la visión desintegradora de la realidad. Todo pierde sentido; el tiempo se desmembra en presentes inmóviles; el mundo se vuelve caos, caprichosa confusión, absurdo” (256). De ahí la relación directa entre la angustia Sartreana y el sinsentido de la vida estipulado por Camus.

A estos dos componentes en el existencialismo de Paz se le añaden la problematicidad de la Historia y la imposibilidad del mexicano por confrontar su propia existencia en dicha Historia. Se siente profundamente solo porque su pasado es fruto de una violación, de una conquista que, en cierta medida, lo determina. Pero el mexicano nacido en México, al igual que el pachuco que reside en Estados Unidos, se rehúsan a ser engendros de esa violencia:

El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de nada. Él empieza en sí mismo (Paz: 1).

Ante esta separación y este desgarramiento de sabernos solos, se desintegra, en un inicio, toda posibilidad de reconciliación con la Historia, porque la Historia es el intento del hombre por hallarse en ella y por purgar la soledad que lo acompaña. Ante la soledad paciana y la indeterminación sartriana del ser

no nos queda sino la desnudez o la mentira. Pues tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capaces de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada. Estamos al fin solos. Como todos los hombres (Paz: 224).

Esta caída trascendental de la existencia nos deja en un recoveco, abandonados a nuestra suerte. Bajo nuestros ojos contemporáneos, entrados ya en la posmodernidad, la reflexión de Paz impresiona por su actualidad. El siglo xxi es el siglo de las ideologías posmodernas y de la falta de certezas, donde la religión no puede ya salvarnos, ni tampoco los productos abstractos de la razón, ni los intentos de liberación del hombre marginado pueden ayudarnos ante la crisis existencial contemporánea.

Como el mexicano en los tiempos de soledad de hace un siglo, nos queda el intento de pensar que “si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad” (Paz: 224). ¿Pero qué hay detrás de esa verdad, de esa apertura que Paz propone? Para la angustia del poeta, nos encontramos con una nueva soledad: “Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios” (Paz: 224).

¿Es posible entonces, trascender dicha soledad? ¿Qué nueva afirmación nos espera al otro lado de la dialéctica? Mientras que Sartre opta por un existencialismo basado en la producción de valores subjetivos anclados a una responsabilidad individual y colectiva, donde el hombre se construye a sí mismo para ejercer su libertad (Sartre: 29); y, como vimos más arriba, donde Camus radicaliza su libertad mediante el acto de la rebeldía para alcanzar la felicidad (recordemos las reflexiones del filósofo en cuanto a Sísifo); Paz propone una salida del laberinto mediante la comunión y el rito:

La soledad, que es la condición misma de nuestra vida, se nos aparece como una prueba y una purgación, a cuyo término, angustia e inestabilidad desaparecerán. La plenitud, la reunión, que es reposo y dicha, concordancia con el mundo, nos esperan al fin del laberinto de la soledad (226).

Insertándose en una determinada sustancia ética, el mexicano puede entonces reconocerse en el otro, hacerse con el otro mediante el amor, unificarse para superarse. Esta negatividad de la individualidad que busca afirmar la colectividad está tan presente en el sistema dialéctico (llámese Hegel o Marx), con la distinción de que en Paz este justifica la necesidad del amor: “Creación y destrucción se funden en el acto amoroso, y durante una fracción de segundo el hombre entrevé un estado más perfecto” (227).

La necesidad por negar la soledad se plasma cuando transformamos la noción del individuo una vez insertos en la comunión: “El grupo es la única fuente de salud. El solitario es un enfermo, una rama muerta que hay que cortar y quemar, pues la sociedad misma peligra si alguno de sus componentes es presa de este mal” (Paz: 238). Este mal (llamado soledad), habría de hacer retroceder al individuo para hacerlo caer en la angustia de la nada, de la indeterminación.

Opina Paz momentos antes de terminar el laberinto lo siguiente:

Por obra del mito y de la fiesta -secular o religiosa- el hombre rompe su soledad y vuelve a ser uno con la creación. Y así, el mito -disfrazado, oculto, escondido- reaparece en casi todos los actos de nuestra vida e interviene decisivamente en nuestra historia: nos abre las puertas de la comunión (245).

Aquí radica precisamente el existencialismo de Paz. En lugar de abrazar el abismo del nihilismo ante el desgarramiento que nos produce la soledad, Paz propone una salida al laberinto en la comunión, un rehacer en el propósito del hombre al regresar a su pasado mítico (un retorno simbólico y psicológico, claramente). Un pasado desnudo de máscaras, de abismos. A diferencia de Sartre y Camus, que avanzan hacia el porvenir creando sus propias determinaciones, Paz busca la esencia del ser mexicano en los orígenes, y, una vez vislumbrada, la resignifica y la reconstruye.

Tal reconstrucción involucra un doble movimiento: un retorno, sí, pero un nuevo comienzo; un ciclo de destrucción  y creación donde “volverá el reino del presente fijo, de la comunión perpetua: la realidad arrojará sus máscaras y podremos al fin conocerla y conocer a nuestros semejantes” (Paz: 246). Sin embargo, la contradicción del ensayo de Paz reside en que nunca dice qué reino alcanzaremos, al mismo tiempo que nunca nos propone una nueva sociedad que nos permitirá superar nuestra soledad metafísica. Lejos de una problemática real, habla de la importancia de la propuesta paciana, pues nombrar la comunión utópica ya presupone el fin de un sistema; en este caso, el fin de la dialéctica de la soledad. Es precisamente la ausencia de una utopía la que consagra a Paz como un autor existencialista, que no se cierra a sus métodos, que avanza en la Historia y se reconstruye y se determina a sí mismo, siempre abierto a las posibilidades del porvenir. Su apertura hace de su existencialismo el proyecto de un hombre libre, que no es determinado por las condiciones políticas ni religiosas. Todo lo contrario, pues el hombre existencial de Paz escoge el retorno a la comunión y a lo mítico, mas no le es impuesto; lo mismo con la política. Al existencialista, la sustancia del mexicano no le es dada, sino que debe buscarla y comenzar en su estado de no ser, de vacío, de nada, de indeterminación.

Todo existencialismo, de acuerdo con el filósofo italiano Nicola Abbagnano “quiere ofrecer una vía sólida, abierta, libre, para que el hombre pueda recorrerla” (9). Ese recorrer debe ser una invitación para los otros, una estructura abierta que no rechace “las aportaciones que le vengan o puedan venirle de otras doctrinas, porque la actitud que defiende y encarna consiste justamente en comprender y aceptar todo elemento positivo de doctrina o análisis” (12). La propia apertura paciana se convierte en ciclo de creación y destrucción dialéctica que pone en juego el papel activo del hombre con su existencia.

Desde los esbozos existencialistas de un Paz juvenil ansioso por encontrar la razón del hombre en la Historia, pasando por la influencia de los franceses durante el periodo de posguerra, Paz fue capaz de elaborar con su ensayo El laberinto de la soledad una propuesta existencialista que lograra superar la soledad metafísica del mexicano frente al mundo y frente a sí mismo. Mediante el empleo de la dialéctica, Paz encontró la forma de insertar al mexicano en la Historia por medio del rito y la comunión. Su propuesta parte de los pilares fundamentales del existencialismo, estos son: el comienzo del hombre como carente de esencia o determinación; superación de la angustia que surge por la soledad y por el lugar incierto del hombre en la Historia; consolidación de un sistema abierto dispuesto a los nuevos acontecimientos del porvenir que le consolidan al individuo una libertad para realizarla. Paz, como existencialista latinoamericano, se inserta en la Historia del mexicano para “desentraña[r] con pasión una bruma de identidad y ofrece[r] a las generaciones siguientes las palabras para nombrarla” (Sánchez: 79).

Referencias

Abbagnano, Nicola. Introducción al existencialismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1955.

Astorga, Omar.  “La Filosofía de Octavio Paz”, en Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, vol. 6, no. 1 (2004): 121-145.

Bareiro-Saguier, Rubén. “Octavio Paz y Francia”, en Revista Iberoamericana, vol. 37, no. 74 (1971): 251-264.

Belliard, Basilio. Las nociones de tiempo, soledad y modernidad en el mundo poético y filosófico de Octavio Paz. (2019), Universidad del País Vasco, tesis de doctorado. Repositorio: Ehu.

Houvenaghel, Eugenia. “Un hombre rebelde en El laberinto de la soledad: la recepción del ideario camusiano por Octavio Paz”, en Estudios De Literatura, vol. 4 (2013): 406-425.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 2019.

Sánchez, Alberto. Una introducción a Octavio Paz. México: Fondo de Cultura Económica, 2013.

Sartre, Jean. El existencialismo, es un humanismo. México: Éxodo, 2003.

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