La magia que el corazón alberga

Escrito por: Raquel Dorantes Miranda

Fecha de publicación: febrero 2026

Lo puedo ver en sus ojos. La magia comiéndose su corazón. Hace muchos años, su mentora le disparó energía oscura ahí. “Por tu bien”, había explicado. Esa energía inundó sus ojos de negro obsidiana e insertó la voz de la mentora en su cabeza. Desde entonces, los susurros incesantes dentro de esta violentan una y otra vez a la aprendiz, haciéndola insegura de su magia, de su fuerza, de su suavidad. El negro obsidiana nubla su vista, provoca que la realidad se distorsione y siempre se vea lastimando a cualquiera que la rodee. Si ayuda a alguien, las voces en su cabeza se apresuran a convencerla de que, en realidad, ha empeorado las cosas. Si alguien le sonríe, su cabeza susurra que es una sonrisa falsa, que la persona en realidad la desprecia. Con el tiempo, la tristeza y el odio a sí misma empezaron a consumirla. Así que realizó un contrahechizo.

Fue involuntario. Empezó a conjurarlo junto con cada lágrima nocturna y, poco a poco, el contrahechizo rodeó su corazón, protegiéndolo. El llanto se detuvo, pues “una bruja oscura no tiene que llorar”. Si las personas la desprecian, ella sonríe por ser tan aterradora; si su mentora se enoja con ella, la aprendiz se convence de que es su culpa, por su malvada naturaleza. Pero esa no es su naturaleza. Así que, aunque el contrahechizo se conjuró a modo de defensa para que no se sintiera tan horrible, culpable y despreciada, en realidad, sólo la destruye. La convence de que nació siendo una bruja oscura y que, toda su vida, su destino ha sido ser malvada y causar el mal a les demás, pero eso no la hace sentirse mejor. La hace sentirse resignada y harta de lastimar todo lo que la rodea. Y tan, tan triste. Pero ya no llora porque “una bruja oscura no tiene que llorar”.

 

La conocí en un club de lectura. Secretamente, yo leía mis textos para recibir retroalimentación sin filtros. Ella se enamoró de mis historias. Yo me enamoré de ella. Es tan genuina consigo misma y testaruda sobre sus valores, como yo apenas estoy aprendiendo a ser. Tan firme con quién es y lo que quiere. No esperaba encontrar, muy dentro de ella, un contrahechizo que le miente.

Ella misma me lo mostró, sin darse cuenta. Al final de nuestra primera cita como pareja, se puso muy seria y me preguntó por enésima vez si estaba segura de empezar una relación con ella. Le aseguré que sí. Me advirtió que era malvada y que alguien “tan buena” como yo podría perder eso de vista. Solté una risa; ella me miró con sus ojos obsidiana, en los cuales había unos cuantos espacios en blanco, e insistió: “Hablo en serio”. Y en ese instante, junto a su voz, sentí la potente maraña de energías que rodea su corazón. Le tomé el rostro para mirar con más claridad a través de sus ojos y pude ver al hechizo y al contrahechizo luchando entre sí. “Crees eso por el hechizo de tu mentora”, repliqué. Ella apartó mis manos con suavidad y explicó que su mentora sólo le hacía ver la realidad. Desvió el rostro y apretó la boca, antes de voltear a sonreírme y añadir: “Y estoy bien con ello. Me gusta ser una bruja oscura”. Después, volvió a ponerse muy seria y a preguntar si estaba segura de ser su pareja.

Por más que quiera convencerla de que no es malvada, no debo hacerlo. Es un contrahechizo, un mecanismo de defensa. Sólo puede vivir con el hechizo de su mentora si cree que “daña” a las personas porque así es su naturaleza. Así que decidí aplicar otra táctica.

 

Hace tiempo, me retiré de mi cargo como hechicera defensora. Durante años, me dediqué a extraer y anular hechizos que dañaban a quien fuera que entrara a mi consultorio. Impregné tantas veces mi magia que se me acabó. O, más bien, el amor para usarla. Pero, cuando me enamoré de Noyuloh, volvió a despertar. Y cuando me enteré de la magia que consumía su corazón, sentí la mía más viva que nunca.

Decidí conjurar un hechizo de ataque que eliminara el de su mentora. Cada vez que la abrazaba o le daba un beso en la mejilla, lo impregnaba poco a poco. Luchar contra una magia de la que ella no pensaba en deshacerse requería constante tratamiento.

Un día, mientras escalaba el árbol que alberga su casa, la encontré en una de las ramas, muy callada y muy quieta. Lloraba por dentro de sus mejillas, donde nadie se diera cuenta. Cuando le pregunté qué ocurría, me comentó que sabía cómo me preocupa el hechizo de su mentora, pero que no quería que hiciera nada. Tenía muy presente la historia de cómo me desgasté cuando era hechicera defensora, y lo que menos quería era causarme molestias y hacerme daño. Me pidió que no hiciera nada.

Entonces, me detuve. Los abrazos y los besos siguen llenos de un amor que crece y crece, pero ya no de hechizos. Decidí sólo conjurarlos si ella me lo permite. Así que acostumbro recordarle que podemos hablar sobre lo que siente, lo que la hacen sentir los hechizos. Teme hacerlo, pero, cada vez más, me deja escucharla. Y siempre acepta escucharme. De esa forma, queda en sus manos dejar entrar o no mis hechizos. Últimamente, intenta que estos lleguen a su corazón. Me acaricia las manos que sujetan su rostro húmedo y me sonríe. “Lo intentaré”, me asegura. El negro obsidiana sigue en sus ojos, pero sé que el blanco poco a poco regresa.

Raquel Dorantes Miranda es una escritora nacida en México que nunca sabe qué incluir en su semblanza. Recién se graduó de la licenciatura en Escritura Creativa y Literatura, y está en proceso de escribir el dichoso libro de cuentos con el que quiere titularse. Está tardándose, pero al menos, lo disfruta. Lo que más le gusta de escribir es crear personajes que se sientan reales, incluso cuando tienen superpoderes o pociones oscuras. Les coloca en el pecho un latiente pedazo de su propia vida para que se muevan por su cuenta; luego, observa sus acciones y sentimientos y, finalmente, escribe sus historias.

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