“Este verano no será como ninguno y es tu única certeza”

Escrito por: Mariana Minutti

Fecha de publicación: octubre 2026

Así comienza “Verano”, uno de los poemas reunidos en Montains are calling you de Zel Cabrera. Fue ese verano que nos conocimos. Y es cierto que, después de aquel verano, la vida dejó de parecerse a la que conocía. No daré mucho preámbulo a aquel encuentro que, aunque bello y esencial para ambas, no constituye el centro de estas notas sobre mi lectura. Sin embargo, ¿cómo escribir sobre Montains are calling you —sí, así, con la errata en la montaña— sin sentirme aludida? Compartimos aquel verano en Banff: ella trabajaba en una novela; yo participaba como bailarina dentro de un montaje escénico. Algunos de los lugares, conversaciones y días que recorren el libro forman también parte de mi memoria…

Pienso que todo poeta debería vivir, al menos una vez, un verano memorable. Tener algo que decir que no nazca necesariamente del dolor. Hablar de un momento de la existencia donde hubo espacio para la calma, la alegría, la ternura y la templanza. Un tiempo en el que no hizo falta despertar con la urgencia del mundo, sin escaleras del Metro de la Ciudad de México, el smog adherido al rostro, sin la necesidad de arrancarle un poema a la desesperación cotidiana. Hemos aprendido a embellecer el desgaste mediante las palabras.

¿Qué otra cosa podríamos hacer?
El libro comienza antes de la montaña. Comienza con una maleta:

“Soy esa mujer que tiene que subirse en las maletas
para poder cerrarlas
porque siempre llevo más de lo que necesito.
Hacer una maleta
casi siempre es triste” (Cabrera 16).

Me detengo en estos versos porque contienen una intuición que atraviesa todo el libro. La maleta aparece desde el principio como una medida de aquello que nos acompaña. Siempre llevamos más de lo necesario. Los recuerdos, los afectos, las pérdidas, el idioma, el país de origen.

Formalmente, Montains are calling you se sostiene sobre el verso libre. Muchos de sus poemas son breves, casi apuntes. Bastan unas cuantas líneas para capturar una emoción o una escena del trayecto. Hay un cierto espejo con un diario de viaje en estas páginas: la atención a los detalles, a los cambios de luz, a los nombres propios, a los pequeños acontecimientos que revelan algo. Cabrera confía en la imagen y en la observación. No necesita extender una emoción para que alcance al lector. Un verso como “Hacer una maleta / casi siempre es triste” permanece en la memoria por su sencillez.
La travesía desemboca en el Banff Centre for Arts and Creativity, una residencia artística situada en las Montañas Rocosas de Alberta, Canadá. Para llegar hasta ahí, hay que atravesar aeropuertos; hacer escala en Vancouver y adentrarse en un paisaje concebido para la contemplación y el oficio de crear. Siete semanas dedicadas al trabajo creativo. Un proyecto seleccionado entre muchos otros. Hospedaje, alimentación, talleres, conversaciones y tiempo para escribir: una pequeña utopía donde todo es gratuito, excepto la cerveza.

Pienso que cuando una mujer viaja sola ocurre algo parecido a la escritura. Ambas experiencias parten del cuerpo y regresan a él. El sonido del cierre de la maleta. El rodar de sus rueditas. La atención puesta en los detalles. El cuerpo esbelto de una mujer liviana que atraviesa el aeropuerto. La libertad, la libertad…

Consagrarse durante siete semanas al trabajo creativo parece una bendición tácita otorgada por la montaña y sus ancestros. El sol de las once de la noche. El café de la mañana. El restaurante Las Vistas. Los lagos con nombres de mujer. El olor del bosque y del teatro. Las madres alce caminando en calma junto a sus crías. El tambor profundo que resuena con el corazón.

El corazón de Canadá. Kanata : la aldea, el territorio, la casa.
¿Qué convierte un lugar extraño en una forma provisional de hogar? Quizá la respuesta se encuentre en la atención. En la capacidad de mirar un paisaje hasta que deja de ser ajeno.

En distintos puntos del resort aparece un letrero que advierte: Be bear aware. Cuidado con los osos.

Pienso mucho en esa frase, la cual me conecta con el poemario. Para quienes venimos de México, resulta extraño habitar un lugar donde el peligro lleva pelaje, donde camina entre los árboles, donde pertenece al orden natural. Las madres alce protegen a sus crías. Los osos grizzly recorren el bosque. El miedo tiene otra forma.
La conciencia del origen atraviesa el libro en los momentos luminosos. Basta una imagen para que el país vuelva a aparecer:

“[…] y pienso que en mi país
también hay hoyos en la tierra
pero allá les decimos fosas” (Cabrera 45).

El paisaje permanece intacto; es la memoria quien modifica su significado. Un hoyo en la tierra allá puede ser simplemente parte del sendero hecho por una marmota. Pero acá es el recordatorio de una violencia que hemos aprendido a reconocer y a habitar bien.
Hay otro momento donde esa conciencia emerge con una claridad dolorosa:

“De esta mesa
somos las únicas que vivimos en un país
tercermundista
advierte mi amiga bailarina
que llegó hace tres semanas al resort
y es cierto.
Me pongo triste un minuto.
Muy triste porque tiene razón
Con todo lo que implica pertenecer al tercer mundo.
Estar acostumbradas a la violencia, por ejemplo” (Cabrera 61).

Se puede cruzar fronteras, atravesar continentes y pasar semanas rodeada de montañas, lagos y artistas; el país de origen continúa viajando con una.
Por eso la felicidad que aparece en Montains are calling you conserva siempre una suerte de sombra. La conciencia de aquello que permanece al otro lado, ahí donde en algún momento del viaje, tendremos que regresar… Aun así, la belleza transforma.
Frente al Lake Louise, uno de esos lagos con nombre de mujer que recorren el libro, Cabrera escribe:

“Regresaremos los mismos pero no los mismos
no después de estar ante este espectáculo
¿Quién podría permanecer inmóvil ante tanta belleza?” (Cabrera 75).

Creo que esta podría ser una de las preguntas centrales del poemario. ¿Qué hace la belleza con nosotros? ¿Qué desplaza? ¿Qué permanece?
Ahí reside una de las mayores virtudes de Montains are calling you. En su capacidad para registrar una felicidad consciente de su fragilidad. Una temporada de calma que sabe de antemano que terminará. Un verano memorable. Una tregua.
“Regresaremos los mismos pero no los mismos”. Me atraviesa ese verso, leerlo en estos días, años después de la residencia en Banff. Cuando terminó aquel verano, yo todavía me nombraba bailarina. Poco después, las palabras ocuparían el lugar central de mi trabajo. Quizá por eso estos poemas me resultan tan cercanos, también hablan de esas transformaciones que solo podemos reconocer cuando miramos hacia atrás.
Y es que, ¿quién podría permanecer inmóvil ante tanta belleza?

 

Cabrera, Zel. Montains Are Calling You. Malabar Editorial, 2025.

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