Colonia Chuburná de Hidalgo

Escrito por: María Magallanes

Fecha de publicación: julio 2025

En Yucatán, es muy difícil encontrar una calle por su nombre. Si bien las colonias los tienen, las calles son conocidas por números con letras, como «34 A», por ejemplo. Técnicamente, uno puede ubicar la calle «57 B» de la colonia Chicxulub, pero la mayoría de las veces hay que dar una o dos referencias para que la persona que debe llegar a tu casa pueda orientarse. O por lo menos así era antes, porque ahora, en cada esquina, hay un Oxxo (o un Osho, como le dicen allá), y usar los changarros locales como puntos de referencia quedó en el recuerdo.

Yo crecí en la calle «35 A» de la colonia Chuburná, por el tendejón de Doña Mary y cerca de donde Lety ponía uñas. Lamentablemente, la última vez que fui a mi tierra, el tendejón de Doña Mary estaba clausurado. Cuando le pregunté a mis vecinos, me dijeron:

—¡We, puta! Ese lugar lleva cerrado desde después de la pandemia. ¿Bajo qué roca te metiste, nené?

Me quedé pasmada un momento. No porque el tendejón hubiera cerrado—al final, con tanto Osho, era de esperarse—sino porque sentí que me había perdido de demasiadas cosas. Como si el tiempo en mi tierra hubiera seguido avanzando sin mí, borrando pedacitos de mi infancia con cada cambio.

—¿Y Lety? —pregunté, todavía con la esperanza de que al menos eso siguiera igual.

Mi vecino, un tipo moreno de bigote ralo, soltó una carcajada.

—¡Lety ahora hace microblading, nené! Y ya ni vive aquí, se mudó pal’ sur, creo que pa’ Cancún.

Ahí fue cuando me pegó el golpe de realidad. Todo lo que conocía estaba cambiando, y no como en esas películas donde la protagonista regresa a su pueblo y todo sigue igual, con la misma gente y los mismos lugares esperando a que una vuelva. No, aquí el tendejón de Doña Mary había cerrado, Lety ya no estaba, y seguro si seguía preguntando me enteraría de más cosas que prefería no saber.

—Bueno, pues… qué chingón por ella —dije, tratando de disimular mi desconcierto.

—Sí, sí, pero oye… —Mi vecino me miró de arriba abajo, como si apenas me estuviera reconociendo—. ¿Y tú qué? ¿Pa’ qué volviste?

Buena pregunta.

Miré alrededor, tratando de reconocer algo familiar, pero mi calle ya no era la misma. Antes, las bugambilias y los árboles de chicozapotes se desbordaban de las bardas, las ceibas daban sombra a los portones oxidados, y el olor a tierra mojada después de la lluvia se quedaba impregnado en el aire. Ahora, cada vez había menos plantas; las casas se veían más pulcras, pero también más frías, como si hubieran perdido algo en el proceso.

Las risas de los chamacos jugando en la calle fueron reemplazadas por el sonido de algún aire acondicionado zumbando a lo lejos. Donde antes estaban los vecinos de toda la vida, ahora había puro canadiense con sandalias y camisetas sin mangas, disfrutando del calor como si fuera un exótico destino de vacaciones y no el horno en el que crecimos.

Volteé de nuevo hacia mi vecino, el único que quedaba de los originales, los nuevos vecinos eran una pareja de extranjeros. Por un momento, sentí que, si él también se iba, mi infancia se borraría por completo.

—Pues… solo vine a ver cómo estaba todo —respondí finalmente, aunque la respuesta ya la tenía enfrente.

Él se encogió de hombros, prendió un cigarro y sonrió con cierta nostalgia.

—Pos ya ves, nené. Todo cambia.

 

Glosario para entender el yucateco:
● tendejón = tienditas locales, lo que en la ciudad son conocidas como tienditas de la esquina o bodegones.
● nené = forma de cariño que utilizan los yucatecos para referirse a alguien más joven.

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