Acercamiento a la memoria histórica en la literatura infantil: Informe preliminar sobre la existencia de los fantasmas de Antonio Malpica

Escrito por: Alejandra Martínez Díaz

Fecha de publicación: octubre 2026

La novela Informe preliminar sobre la existencia de los fantasmas de Antonio Malpica fue publicada en el 2011. Esta nos cuenta la historia de Gumaro Gutiérrez, un niño que, por bailar en clase de física, es obligado a realizar un trabajo de índole científica para obtener el derecho a su reinscripción en la escuela. Sin embargo, puede conseguirlo sin la necesidad de hacer la investigación, averiguando por qué el profesor de física, el señor Martonera, se dirige a sus alumnos como “panquecitos remojados”; mientras lo investiga, debe mandar informes diarios de sus avances al director.

Para empezar, esta novela infantil tiene como motor principal la memoria histórica, ya que a lo largo de ella el movimiento estudiantil de 1968 en México está presente en varios personajes: el profesor Martonera, el doctor Gutiérrez y el director —abuelo y padre de Gumaro—. Este es un ejemplo de que la literatura infantil se ha convertido en un medio para la transmisión de la memoria de un país a las nuevas generaciones. Este tipo de textos se ha vuelto una guía de aprendizaje para las infancias: “la narrativa en el contexto escolar es la posibilidad de encontrar en la experiencia de los diferentes sujetos el vínculo con el pensamiento histórico” (Montejo: 6). Este libro puede o no leerse o enseñarse en un contexto escolarizado. Sin embargo, en la propia historia, el protagonista, quien es un niño que cursa la secundaria, mantiene una relación que puede ligarse a la teoría de que se crean vínculos entre sujetos, en este caso alumno con profesor, con la historia.

El profesor Martonera es un personaje que adquiere mucha relevancia en la vida de Gumaro. Es necesario reconocer que la forma en la que se dirige hacia sus alumnos es trascendental para el desarrollo de la memoria histórica como recurso dentro de la novela: “¿Por qué nos dice ‘panquecitos remojados’? Su mirada cambió de inmediato […] como si fuera lo más obvio del mundo […] Pues porque lo son […] Posiblemente yo también lo sea” (Malpica: 32). La historia del porqué el profesor utiliza ese apodo forma parte de un recurso de tensión, ya que brinda seriedad a la novela. Al inicio podría parecer un juego que tiene un personaje absurdo como Gumaro con una figura de autoridad, como lo es un maestro. Sin embargo, mientras avanza, nos percatamos de que el término de “panquecitos remojados” se puede ver de dos maneras: como una moraleja y como una experiencia, elementos que ayudan al crecimiento del protagonista, quien, al principio, lo presentan como un alumno con mala conducta.

Para que este apodo se construya como una experiencia, la participación del señor Martonera en el movimiento de Tlatelolco cuando él era estudiante es importante: “Sergio Martonera había recibido un tiro en una pierna. Dios, cómo sangraba. Tuve que salir a limpiar el camino rojo que delataba su presencia en nuestra casa, pues no sabía que había pasado” (Malpica: 172). Fue el abuelo de Gumaro quien recibió a sus estudiantes en su casa, ya que vivían en el edificio Nuevo León. A partir de aquí vemos la relación semidirecta que comparten el protagonista y su familia con el profesor de física. La construcción de Martonera es de un personaje con experiencia, ya que fue asistente en el movimiento histórico en México. Esto ayuda a crear, hasta cierto punto, lo que denominamos moralejas a partir de la memoria: “esta memoria no consiste […] en procesos de almacenamiento y recuperación de información e imágenes del pasado, sino que implica de forma directa la re-significación de las mismas y la integración de esos recuerdos a la vida cotidiana personal y colectiva” (Gaborit: 10). El profesor Martonera resignifica su pasado y trata de integrar, no como tal sus recuerdos, pero sí sus ideales a sus alumnos, por lo que los llama “panquecitos remojados” para que ellos lo cuestionen, como lo estaba haciendo Gumaro.

Dentro de la novela, Gumaro logra descubrir la razón por la que su profesor se dirige a ellos con ese apodo, el cual se conecta con la idea de la resignificación de la memoria individual y colectiva de un hecho violento: “Algunas veces pienso que te has sumergido en tu entorno como un panquecito que remojas en la taza de café hasta que lo puedes masticar sin esfuerzo. Ojalá hubiera podido decirte: sé duro” (Malpica: 222). Esta cita viene del libro The Pact. My friendship with Isak Dinesen, escrito por Thorkild Bjornvig; a partir de aquí empieza la aparición de un nuevo símbolo a lo largo de la historia: una campana o címbalo de hierro. Este título lo gana cualquier alumno que logre defender sus derechos ante el profesor Martonera o cualquier otro profesor, como él lo hizo en el movimiento estudiantil: “Así, cuando tomamos en cuenta el hacer memoria como acción social y no sólo como acto de introspección individual […] queda evidenciado el nexo inexorable de la rememoración” (Gaborit: 15). Martonera, dentro de sus posibilidades y sin la necesidad de contar su experiencia de forma constante, rememora lo sucedido en Tlatelolco e intenta que sus alumnos dejen de ser lo que él conoce como “panquecitos remojados”.

 

Por otro lado, una forma en la que se rememora y se sustentan las creencias de Sergio Martonera respecto a los profesores y alumnos es a través de un estudiante que en su momento fue un címbalo de hierro. El alumno Horacio Yáñez, contrario a lo que Gumaro creía, fue un alumno regular. Sin embargo, en su respectivo momento logró llevar a la justicia a todos los alumnos que llegaban tarde a la clase del profesor Martonera, ya que él reclamó por qué éste podía llegar tarde y los demás no. A partir de ese momento se creó la Ley Yáñez: “Nunca olvidar que el alumno y el profesor son, humanamente hablando, iguales en el salón de clases. Ninguno está por encima del otro” (Malpica: 259). En la novela, a través del apodo y la Ley Yáñez vemos cómo: “su narrativa se convierte en argumentación que cuestiona los estereotipos, los procesos de enseñanza-aprendizaje, las múltiples diferencias generacionales y las referencias históricas sobre la vida política” (Flores: 93). Los ideales del profesor Martonera, los cuales podemos deducir porque participó en la marcha en Tlatelolco, son los que sustentan la forma en la que enseña a sus alumnos. No acepta injusticias, pero no les dice a sus estudiantes lo que deben hacer, sino que intenta guiarlos a lo que él espera de las personas que toman sus clases, que respete y guarde sus derechos.

El profesor de física, a pesar de ser la figura que tiene el mayor peso histórico, no es el único dentro de la novela. Existen dos más y son los que señalan de forma más precisa el cómo se transmite esta memoria histórica a una infancia, en este caso a Gumaro. El padre y el abuelo del protagonista son este vínculo entre la experiencia y la moraleja, cada quien representando uno. En el caso del abuelo, el doctor Gutiérrez, es la experiencia, ya que durante el movimiento estudiantil era profesor de Sergio Martonera y, por lo tanto, la persona de primer contacto y de apoyo. El abuelo es quien cuenta a Gumaro cómo sucedieron los hechos desde la mirada crítica y desde el recuerdo: “Recuerdo perfectamente que le dije a tu abuela que olía muy rico cuando empezó el tiroteo. Nada te prepara para algo así, Gumaro. Nada. Los gritos, las luces en el cielo, el escándalo… Y los gritos…” (Malpica: 171). Como tal, el doctor Gutiérrez es quien transmite estos recuerdos de forma oral, los cuales pueden estar sesgados o manipulados por las lagunas de la propia memoria: “los recuerdos son un espacio privado e intransferible y, aunque se exprese a través de la oralidad, este recuerdo jamás será idéntico en cada ser humano” (Suárez, 1091). Lo que se transmite de generación en generación no es tanto la experiencia, sino el mensaje o reflexión que hay detrás de cada una de las vivencias individuales, por lo que se pueden considerar colectivas una vez se hayan procesado para comunicar un mensaje.

 

En el caso del padre de Gumaro, el director de la escuela, tiene el papel de la moraleja, ya que él de niño vivió de manera distinta la matanza de Tlatelolco: “Tu padre, por ejemplo, se asustó tanto que no durmió hasta el día siguiente” (Malpica: 172). A partir de este suceso, el padre de Gumaro se vuelve director de la escuela a la que va su hijo. Siempre mantiene una relación impersonal cuando se encuentran trabajando. Sin embargo, con el encargo de esta investigación, el director cree que Gumaro alcanzará a ver que la vida de estudiante tiene una carga mucho más significativa que solo llevar malas calificaciones y ser el payaso del salón. Por lo tanto, vemos que intenta transmitir lo que para él fue Sergio Martonera durante la matanza de Tlatelolco: “La representación del pasado modeliza el presente y el futuro, y los distintos grupos que integran las sociedades se interesan por privilegiar los modelos acordes con sus intereses sectoriales” (Rodríguez: 3). Cada persona moldea la memoria individual de un suceso colectivo y lo convierte en una representación actual, la cual se une con las ideologías individuales. A partir de esa idea justificamos el comportamiento del director, cómo maneja la escuela y sobre todo la educación de su hijo, donde la insistencia por que descubra el significado de los “panquecitos remojados” generará una identidad estudiantil en Gumaro.

Dentro de la misma novela se nos menciona cómo se configura la idea de que una enseñanza colectiva se puede crear a través de un suceso del cual solo se tiene un recuerdo individual, ya que ni el profesor ni el director mencionan personalmente los recuerdos que vivieron durante el movimiento estudiantil: “El hecho de que él se había salvado y muchos de sus conocidos no, lo hacía quebrarse muy a menudo. Pero igual sobrevivió. Y se volvió fuerte […] A la fecha, sigo sintiendo que la brecha que nos separa es inmensa” (Malpica: 173). El personaje que estuvo presente durante la matanza de Tlatelolco nunca cuenta su versión, sino que él se dedica a impartir este conocimiento de forma metafórica hacia sus alumnos a través de los apodos. Por otro lado, el padre de Gumaro, quien estuvo involucrado de forma indirecta, creó todo un método de enseñanza para dirigir la escuela en la que estudia su hijo, siempre basado en la imagen de una persona que luchó por sus derechos.

 

Si bien uno de los recursos principales dentro de la novela es la memoria histórica, es relevante analizar el medio por el cual se transmite la misma: la literatura infantil. Ésta toca un tema que es importante para la identidad cultural mexicana: “la intención narrativa no es interpretar ni representar la realidad, sino ponernos en relación con ella de nuevo, y buscar sentidos y significados potenciales que fortalezcan esta práctica hacia nuevas vivencias” (Prado: 14). Como tal, este relato nos pone desde la perspectiva de un niño en la etapa de transición a la adolescencia, por lo que nos muestra esta pérdida de objetivos o metas. Gracias a esta decisión, se desentraña la memoria histórica de manera paulatina, y abre la capacidad de entender cosas que van más allá del hecho de que el profesor de física del protagonista fue un alumno que participó en el movimiento de 1968. Esto ayuda a que el lector observe que se trata de un texto que lleva dentro una moraleja con respecto a los ideales que tenía el profesor en su momento. Quien interactúa con la novela crece junto con Gumaro, por lo que, a pesar de ser clasificada para un público lector de aproximadamente doce años, relacionada con la edad de Gumaro, también crea un vínculo con lectores que conocen los sucesos del 2 de octubre. Se establece una conexión entre quien lee el texto y la historia, ya que al inicio no se conoce la razón por la que el director le pide a su hijo que investigue por qué un profesor con bastón les llama con el apodo de “panquecitos remojados”.

 

Como lectores tenemos la obligación de desentrañar el significado del apodo del profesor Martonera, el cual podemos complementar con la idea de Gumaro: “Ésa es la diferencia entre un pan blando y una férrea campana. Que el primero no consigue modificar nada porque pasa por la vida siendo apachurrado […] Y el segundo, no sólo motiva al cambio, sino que lo transmite” (Malpica: 270). Regresa a la idea de la moraleja que llega desde una experiencia; la transmisión de la memoria histórica no es algo que se hable. No se trata al profesor Martonera como un héroe, ya que él no se siente de esa forma; sin embargo, así es como lo perciben el director y Gumaro. Existe una relación entre quienes dejan de ser un “panquecito remojado” y el modo en el que se percibe Sergio Martonera, ya que no son personas sobresalientes ni en la escuela, ni en la vida profesional. El apodo de “címbalo de hierro” es una forma en la que Sergio Martonera rememora a todos sus compañeros que no lograron sobrevivir a la matanza de Tlatelolco. Esto se debe a que forman parte de una comunidad que luchaba por sus derechos: “La tragedia del testigo es la que se contempla en la culpabilidad del sobreviviente, pues los muertos son los únicos testigos sin críticas o señalamientos sobre su confiabilidad” (Torres: 159). El profesor de física siente mucho remordimiento por quienes no lograron salir con vida, algo que él sí hizo; por lo que, al encontrarse con personas que cumplen con la idea de los compañeros de Martonera durante el movimiento estudiantil, reciben el obsequio, aunque metafórico, de dejar de ser “panquecitos remojados”.

 

No obstante, habiendo analizado la historia de Gumaro, es interesante ver cómo se inscribe dentro de la actualidad y cómo se relaciona con este hecho histórico donde se empieza a llevar a cabo una sociedad democrática: “Gran parte de ello se debe al llamado estudiantil a la apertura, a su expresión espontánea y […] a que el gobierno estaba obligado a dialogar públicamente con ellos” (Serna: 121). El profesor Martonera lleva a su actualidad lo que se buscó en su momento en el movimiento estudiantil. En la novela se nos hace mención de la Ley Yáñez, la cual protege los derechos de los estudiantes y profesores dentro de un aula. Por otro lado, haciendo una breve comparación con uno de los libros más representativos respecto a la matanza de Tlatelolco: La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, vemos cómo: “yuxtapone voces y consignas que van creando un diálogo y tensión en el texto, organiza testimonios sobre varios ejes temáticos” (Medina: 209); mientras que en el caso de Informe preliminar encontramos esta necesidad de contar la historia de forma en la que un niño pueda comprenderla; es a partir de un testimonio cuando se crean los significados de las nuevas realidades, una vez digerido, comprendido y aplicado el conocimiento y experiencias vividas en el movimiento estudiantil. Como se ha mencionado, desde la figura del profesor Martonera, el doctor Gutiérrez y el director, el lector entiende la importancia que hay detrás de enseñar la memoria histórica a pesar de ser metaforizada.

 

Contar la historia de Tlatelolco se convierte en necesidad, ya que se busca resignificar el suceso. Además, partiendo de un hecho cuya historia se ve reflejada en un lugar tangible, la memoria histórica no se convierte en olvido: “La memoria pone en el presente lo decisivo de nuestro pasado […] Un lugar de memoria es una unidad significativa” (Mendoza: 366). En la novela, Gumaro tiene contexto del espacio: “Es la Plaza de las Tres Culturas […] ¿Sabes lo que pasó aquí en 1968, Gumaro? —Creo que mataron a muchos estudiantes, ¿no?” (Malpica: 170). Sin embargo, el lugar es resignificado cuando su abuelo le platica que él, su padre y su profesor de física estuvieron involucrados en la masacre. A partir de la revalorización, se empiezan a vislumbrar tanto el aprendizaje individual del protagonista como lo que el director quiere que Gumaro aprenda.

En conclusión, la novela infantil Informe preliminar sobre la existencia de los fantasmas utiliza la memoria histórica como un recurso tanto didáctico como rememorativo, donde el eje principal recae en el profesor Martonera. Es a partir de la metaforización del movimiento estudiantil de 1968 que Antonio Malpica logra no solo contextualizar las lecciones morales que hay detrás, sino que aplaza las remembranzas de un suceso que cuenta con más de cincuenta años de haber sucedido. Ahondando en la novela como un recurso didáctico, no deja de lado que la literatura infantil busca enseñar algo a los lectores; sin embargo, procura que ellos aprendan del porqué “el 2 de octubre no se olvida”, ya que de forma indirecta muestra la brutalidad de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas.

Por otro lado, el apodo “panquecitos remojados” es la razón por la que Gumaro logra darse cuenta de que no es una denominación cariñosa de un profesor a sus alumnos, sino que es una forma de decirles que deben ser fuertes y luchar por lo que creen correcto. Asimismo, es la manera en la que el profesor Martonera puede recordar a sus compañeros que no lograron salir con vida, sin la necesidad de contar de forma explícita todos sus recuerdos de ese día. Este mismo pensamiento se transmite de generación en generación, ya que del profesor de física pasó al padre de Gumaro, hasta al final llegar al protagonista. Este legado se puede vincular con la idea de ir heredando la memoria histórica. Dentro de la novela se ve el paso de una experiencia individual hasta convertirse en lecciones colectivas, ya que así trabaja el director dentro de su escuela. A su vez, explicar el movimiento estudiantil del 68 a través de un libro lo lleva a lectores tanto infantiles como adultos, por lo que crea comunidad. La división de personajes entre las experiencias y quienes logran aprender de ellas es lo que le da a la novela una mayor profundidad. La parte del movimiento estudiantil, a pesar de ser secundaria en el libro, crea una revalorización y actualización del mismo, porque no se olvida lo que vivieron los estudiantes y se forman nuevos modos de pensar en cuanto a cómo se manejan las instituciones en México.

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