Olor a hogar

Escrito por: Patricia Elena Ruiz Rivadeneyra

Fecha de publicación: octubre 2026

Hoy es 12 de febrero de 2024 y tiene olor a nostalgia. Sé que decir que un día huele a nostalgia parece muy descabellado, ¿pero acaso los días no huelen a una emoción? ¿O es que los días no contienen emociones y esas emociones no traen olores?

Hoy es lunes, un lunes con olor a nostalgia (siendo ese tipo de nostalgia que marca el inicio de un gran cambio, de un gran día o quizás de uno pésimo). La nostalgia huele a lluvia, café y soledad. La soledad, por su parte, huele a lágrimas recién derramadas con un toque de llantas quemadas y un abrazo olvidado (espero algún día poder explicarles a qué huele cada cosa; sin embargo, y si les sirve, puedo decirles y asegurarles que cada cosa, emoción y ser tiene olor a recuerdo). Ayer fue domingo de desamparo; los domingos de desamparo tienen olor a chilaquiles con huevo, tierra y frío. He de admitir que los domingos de desamparo se han vuelto demasiado comunes en mi vida desde el primer adiós que le dije a mi familia. Son tan comunes como el último abrazo, lágrima y despedida que he dado cada domingo de desamparo desde hace casi dos años.

Normalmente, los domingos tenían olor a calma con un ligero toque de cansancio. Era una constante perfecta, hasta que llegó la universidad y la palabra foránea se convirtió en una nueva manera de presentarme y describirme. Con el cambio, llegó la necesidad de aprender a moverme y el saber que si algo me ocurre, solo yo soy la responsable de ello. Por primera vez, al llegar a mi casa, ya no tenía olor a hogar, no había gatos recibiéndome, ni mis padres y menos mis hermanos. De un momento a otro, los viernes olían a ilusión por volver a casa, los domingos a desamparo por la partida y los lunes a nostalgia. Lunes de nostalgia donde llego a una casa que tiene olor a ático, un ático del que te acuerdas solo en ocasiones importantes, que es increíblemente importante, pero eso no quita el olvido.

Al convertirme en una foránea no he podido evitar preguntarme: ¿Qué ocurre con todos aquellos foráneos que no pueden regresar a casa cada semana o mes? ¿Estarán bien? ¿Extrañan su casa? ¿Cuáles son los cambios que han vivido? ¿A qué les huele la vida? Quizás la pregunta más difícil de responder es la última; sin embargo, les contaré un poco de lo que he visto y me han contado todos aquellos foráneos con los que me he topado desde mi llegada a la universidad.

La mayoría de ellos puede regresar a casa seguido porque, a pesar de que viven en otro estado, no se encuentran tan lejos de la Ciudad de México, pero (como en todo) hay unos cuantos que regresan a casa hasta que llegan las vacaciones, que hablan de vez en cuando con sus padres o han tenido que aprender a cocinar, y aun así lo mejor que les sale es atún con mayonesa y jitomate. Hay veces en las que les llega el fin de semana y tienen lo justo para moverse el lunes, pero no para comer esos dos días.

A muchos de nosotros nos ha tocado ir en la combi, muertos de sueño y ansiosos por llegar a casa, aún con un viaje de mínimo una hora por delante, y tener que decidir si compramos una botella de agua que calme la sed o guardamos para el pasaje del día siguiente. Nos ha tocado aprender a admirar donde estamos y amar cada segundo porque en cualquier momento puede terminar, porque lo que es un viernes de ilusión se puede convertir en un lunes de tristeza por no poder volver a esa nueva vida.

Se puede convertir en un adiós permanente debido a que en casa ya no hay dinero suficiente, porque gastar casi $25,000 pesos mensuales duele, porque (en el peor de los casos) a tu hermano le dio cáncer y mantenerte lejos ya no es una opción o (en el mejor de ellos) tu hermano menor está por entrar a la universidad y pagar dos carreras es complicado. A otros los amenazan con arrebatarles su sueño porque a veces nuestros sueños están muy alejados de la realidad.

Algunos de ellos vienen de tan lejos y tienen tan poco que no comen en días, no pueden dormir por el hambre y pedir dinero no es una opción, pero aun así al día siguiente lo intentan; se levantan y llegan con todo el ánimo posible porque perseguir tu sueño vale cada desvelo, lágrima y domingos de desamparo que hay.

Ser foránea a veces ni se nota, la mayoría no sabe que lo eres. No te ven contando el dinero o levantándote temprano. No saben lo difícil que es hacer todo tú solo y lo desgarrador que puede ser llegar un lunes de nostalgia a una casa con olor a ático y no tener quien te abrace y te escuche; no tener un plato de comida caliente servido en la mesa o un cuarto recogido y con olor a limpio. Aquellos que no son foráneos tienen la fortuna de llegar a un hogar y saber que hay alguien que los va a cuidar y velar por sus sueños, que siempre tendrán un plato caliente que los reciba y lo que necesiten podrán tenerlo. En cambio, uno como foráneo, a veces no tienes a quién darle tus grandes noticias hasta que llega la hora de marcar a tu hogar; otras veces vas caminando por el centro y la noche se acerca, el temor te invade porque debes llegar a casa, el pánico nubla tu mente y las preguntas se amontonan. ¿Qué sería de tus padres sin aquel “ya llegué”? ¿Qué sería de ellos si algo te pasa por que no fuiste lo suficientemente capaz de cuidarte?

Ser foráneo no se nota. No se nota porque a veces pasa tan desapercibido, ya que lo que los foráneos vivimos puede resultar muy común, pero está cargado de tanto temor, soledad y entusiasmo que se convierte en el octavo día de la semana. Un octavo día con olor a tenacidad y nuevas oportunidades, y sí (lo sé), decir que hay un octavo día (sin nombre, por cierto) puede resultar realmente extraño, pero en realidad es un día que late junto a los demás y les permite respirar. Ser foráneo es una libertad que te ganas día a día, una libertad con fecha de caducidad y muchos hermosos recuerdos.

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