¿De qué está hecha la sangre?

Escrito por: Kali Warnholtz 

Fecha de publicación: octubre 2026

El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura

cuando el peligro sobrepuja a la esperanza.

MIGUEL DE CERVANTES

Hay una marca en mi piel que ya no se borra: un mapa hecho de cicatrices en tinta y relieves, con el espacio suficiente para escribir las líneas de tiempo que faltan por respirar. Una vez leí que en el mundo existen dos tipos de personas: las que están hechas de viento y las que se formaron de tierra. Las primeras, incapaces de quedarse quietas en un sitio, viajan con equipaje ligero, la vida las ha obligado a llevar una mochila con un cambio de ropa y un plan de emergencia; el movimiento se convierte en su oxígeno y el aire que respiran les quema los pulmones. Las segundas, quietas y permanentes, llevan equipaje que consiste en sonrisas bien recibidas y bienvenidas cálidas tan reconfortantes que se obligan a quedarse en donde están, desempacan porque el movimiento les pesa más y el aire les resulta familiar.

Según el diccionario, “huir” significa apartarse o alejarse de prisa, marcharse de un lugar de forma violenta y veloz. Cuando huyes, te alejas lo más rápido que puedes. Las revoluciones se vuelven eternas y comienzas a cuestionarte: ¿Qué es más violento que la partida? Siempre he pensado que mi nombre se escribe con las mismas letras que la palabra “despedida”, que mi anatomía está hecha de abandono, que la piel no me delimita como debería. Se me escurre por los contornos y no alcanzo a atraparla.

Existen una serie de pasos para que una fuga sea efectiva: huir, atravesar, pausar, dudar, retomar, reconstruir y establecer. Y hay una palabra clave que acompaña a todos ellos: soledad. Por eso la partida cuesta tanto, porque te condena a abandonar no solo un sitio, sino el vínculo que puedes establecer en él. Porque el vínculo viene con la estancia, dejas atrás la posibilidad de trasladarte ya que implica venir acompañada y hay seres, lugares y objetos que no pueden ir contigo; entonces, te detienes. Tienes que hacer el bagaje más ligero. Mi mochila ya está roída, rota, se le sale el equipaje, mis pies tienen callos, mis músculos se entumecen y en cada viaje estoy más cansada. ¿Qué pasa cuando las huellas se borran en el camino que dejas?

Hay viajes que son despedidas, en donde sabes que si las cosas salen mal, la calle será tu mejor amiga, la mochila tu amante y la soledad tu oxígeno. Y hay viajes que tienen regresos, confías en que aún te esperan en casa y, al voltear hacia atrás, tienes un hogar.

¿Cómo sabemos qué es un hogar? ¿Cuál es el primero que nos habita? El primer lugar al que pertenecemos —y me atrevería a decir que el único al que genuinamente lo hacemos— es el cuerpo. Es lo que acompaña las rutas a lo largo de tu vida y lo que vuelve a la tierra cuando terminas. ¿Qué pasa cuando te miras al espejo y no te reconoces? Cuando te quieres arrancar las capas de piel para encontrarte y solo logras divisar un esbozo amorfo de la persona que crees que eres, pero esa persona se siente lejana y diferente. Porque no te perteneces. No eres tuya. ¿Cómo podríamos ser capaces de defendernos si no nos sentimos a salvo en nuestro propio cuerpo? Quiero embarcarme más allá de lo que se consume de nosotros. ¿Cuándo convertimos al cuerpo en figuras consumibles y desechables?

¿La mente se forma o nos contiene? La sangre de viento o de tierra no se refiere únicamente a la pertenencia espacial, también se encuentra en las ideas. ¿Se aterrizan, se clavan, se domestican y se imponen? ¿O flotan una sobre otra sin orden alguno? ¿Eres tú la que no les pone orden o es su misma esencia la que no les permite ordenarse? Cuando tienes el privilegio de que tus ideas maquillen la realidad y te cieguen la mirada, no es muy difícil mantener el orden; pero luego algo se rompe y brotan las ideas revolucionarias, las que no se están quietas; buscan algo nuevo y diferente, salir de los marcos que nos adornan. Y por más que intentemos acomodarlas, buscan rebelarse incluso hacia nosotras mismas.

El lenguaje, al ser la traducción del mundo y nuestros sentidos, al ser el puente entre el cuerpo y la mente, es nuestro tercer hogar, el que habitamos más de cerca. La expresión desde su sentido más íntimo. Sin embargo, el cuidado que hay que tener en la traducción de las interpretaciones es casi el mismo que hay que tener para mantener a una flor kadupul viva. Desde ahí tomas la decisión de migrar o permanecer, a cuántas personas meterás en la maleta o en tu estancia, las emociones que dejas atrás, las que te acompañan y lo que apropiarás a tu tiempo para que la vida no se te escurra entre los dedos.

El único hogar del que no nos podemos apropiar es la compañía: personas que se vuelven refugio, que abren su piel para que te escondas en sus huesos y su sangre te empape la mirada, para que no vuelvas a sentir frío y el espesor se sienta en tus pisadas, para que decidas permanecer bajo su manto y te guarden y te salven y te cuiden. Es el hogar al que renunciamos cuando la huida se graba en la memoria, cuando aligeras el equipaje y comienzas a caminar sin vuelta atrás. El refugio eventualmente se cae, el viento vuelve a enfriar tu sangre, solo queda agradecerles por la tierra que te lograron brindar y emprender de nuevo el camino. Un nuevo parche en la maleta —se está acabando el hijo y la aguja—. Otra botella de agua. Metes a la mochila los recuerdos, la nostalgia. Te cambias de ropa y te mueves. Ya no vuelves más.

Los pasos se acaban. Un día mi brisa se calmará y se llenará de polvo; mi cuerpo, mi mente y mi lenguaje yacerán entre el rastro que dejé atrás durante todos los viajes que tuve que hacer en vida. Y mi sangre, que se formó de viento, volverá a la tierra.

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