Escrito por: Rodolfo Ruiz Vázquez
Fecha de publicación: octubre 2026
Para F, con afecto
El Cairo reclamó al hijo pródigo, cuya prodigalidad no había ido más lejos de una colección de playeras del equipo de sus amores, amores varios que le habían costado sablazos a su tarjeta bancaria en años de lozanía física y espiritual —entre ellas una tenista profesional del rango de las mediocres pero con unas piernas espectaculares— y una exquisita aunque no copiosa colección de vinos. Fuera de eso, Enrico había sido frugal tanto en apetitos como en ambición, y su delgadez y parcos hábitos alimentarios no habían sufrido desviaciones ni relapsos. Ni siquiera gastaba en las transmisiones en vivo de los rossoneri, no por tacañería, sino por el nerviosismo que le causaba cualquier robo de balón, tiro de esquina, rebote en contra: se limitaba a atender el curso de los partidos a través de los noticiosos web en que un periodista anónimo actualizaba, por escrito y en tiempo real, las acciones más importantes en una suerte de regreso a la obsolescencia telegramática. De ese modo, mediante el amortiguamiento de la letra muerta, Enrico conservaba la cordura sin rehuirle a la verdad. Era, ante todo, un hombre al que le gustaban las cosas claras, el juego limpio aunque doliese, si bien no como para martirizarse a todo color.
El Cairo lo había visto nacer, pero su infancia había transcurrido en Milán, donde maduró el amor eterno a los rossoneri y el odio cortés, pero odio al fin, a los primos rastacueros que, para colmo de males, habían de ser locales en la misma cancha que los suyos, si bien tardíamente en los noventa o a principios de los dos mil, en todo caso cuando él ya llevaba años afincado en el Perú, tierra de hermosas montañas y pésimo fútbol, acaso por causa precisamente de las montañas, de las alturas y la pobre oxigenación concomitante. Tierra, por otro lado, infausta para los periodistas venales, siempre a la sombra de Vargas Llosa, lo cual a Enrico no le afectó en consideración a su ya célebre frugalidad y desapego a lo mundano, rayanos en el ascetismo (entre amigos y colegas lo llamaban, en atención a su origen natal y a su proclividad a la ascesis, el Sufi, y con tal seudónimo firmaba sus colaboraciones hebdomadarias en Quechua Hoy).
Fue a El Cairo sin expectativas y habiendo reservado una habitación de un modesto hotel en los arrabales, y no precisamente impelido por una añoranza romántica —sentimiento que despertaba inexplicable repeluz en él— hacia una ciudad de largo infestada de turistas, sino por razones de trabajo: escribir una crónica sobre el hallazgo de un nuevo sarcófago, ornamentado con gatos divinales pertenecientes a la cosmogonía del Antiguo Egipto y en el cual el esqueleto del faraón estaba acompañado por el de un gato, materia que no le importaba, como tampoco el volver a su ciudad natal, que de sobra había visto en documentales de Netflix, cuando, sentado en el sillón junto a su esposa, una copa de vino en la mano, hacía la escueta digestión sobre una estoica ensalada.
Ya en El Cairo, tramitó expeditivo la nota, se la envió por correo al editor en jefe, hizo las maletas y, a las nueve de la noche, sin nada que hacer en tanto salía el vuelo, sin nada que ver más que la transmisión telegramática del derbi de la Madonnina, que a esas tierras llegaba con diferencia de husos horarios, se encerró en la habitación rascuache a la espera de la madrugada y el mototaxi al aeropuerto. La mala señal hizo del seguimiento de los primeros cuarenta y cinco minutos, en que se barruntaba la victoria para los rossoneri, un suplicio de intermitencias asfixiantes, hasta que el wifi por fin enfermó y la transmisión se cortó de cuajo.
Molesto y a falta de otra ocupación, salió a matar las horas restantes en las inmediaciones del hotel de dos estrellas, alejándose de la industria de los gringos armados de celulares y olorosos a pachuli. Así fue que se topó con una joya. Acuclillado al borde de una atarjea, un vagabundo oliscoso a excrementos acariciaba a un gato sarnoso ofertando baratijas varias, entre ellas un tesoro inopinado: una playera rojinegra de los noventa, cuando el Milan era poco menos que imbatible. Una lágrima corrió por su rostro al tiempo que el supiritaco hacía presa de sus nervios, como si en cualquier instante un gringo pudiera llegar y dar una nonada a cambio de lo que para él, aficionado al béisbol o a la NASCAR, sería un simple trapo con que podría secarse el sudor, producto de una sobredosis de khif, pero que para Enrico representaba el santo grial. Sacando disimuladamente la cartera, se limitó a externar sus intenciones en inglés y a apuntar, con índice tembloroso, el objeto sagrado. Habló con tanta seguridad como se lo permitía el nudo que le ataba la garganta y lo hacía sudar a borbotones. El vagabundo se oxeó una mosca del rostro, tomó los billetes sin regatear —contra la costumbre de los pedigüeños egipcios— y, dirigiéndose a Enrico en un inglés malmasticado y con una sonrisa cómplice acompañada de cejita enarcada, le dijo que la playera tenía algunos rasguños porque el gato era del Inter. Por entre los huecos dentales a Enrico le subió una tufarada excrementicia a las narices. Habiendo despachado la transacción, el vagabundo volvió a cerrar los párpados, donde al proviso hicieron cuna las moscas.
Enrico volvió exultante al hotel. Era su día de suerte: la señal se había restablecido. Durante su ausencia, el Milan había logrado una ventaja de tres, con un hat trick del negro delantero de apellido impronunciable, la estrella del campeonato. Era casi un hecho que, con un partido pendiente, el Milan se alzaría con el Scudetto. Quedaban dos minutos para los noventa; el Inter iba rezagado en la tabla sólo por dos puntos, pero en vista de lo hoy presenciado, Enrico podía cantar victoria antes de tiempo. Y así fue: celebró antes de que en los caracteres ciberespaciales se materializara el cambio de planes que el infierno le había deparado: cuatro goles de los odiados primos en ocho minutos, contando los de reparación. Una remontada inolvidable.
De por sí enteco, de vuelta al Perú, Enrico enflaqueció horrores. Llegó a un estado caquéctico que alarmó al editor en jefe y a su esposa. Ni el vino lo consolaba. El Milan había perdido el Scudetto en la recta final, el Inter se había coronado. Desde el derbi de marras, el equipo zozobró. Con el triplete en sus manos, lo perdió todo, hasta un amistoso con el Cruz Azul. La nueva e imberbe versión de Paolo Maldini se suicidó tras la debacle con los cementeros; al africano de nombre impronunciable lo compró el Inter a un precio irrisorio, y poco consuelo fue que, en el siguiente derbi, los aficionados del Milan le arrojasen cáscaras de plátano. Comenzada la nueva temporada, el Milan era una coladera, autogoles incluidos. El vagabundo no tenía ni vela en el entierro; era culpa del pinche gato cosmopolita. Alguna maldición le había improntado a la playera, algún maullado sortilegio heredado de los sagrados gatos de los faraones.
Cuando los médicos lo desahuciaban, Enrico se dio una comilona restauradora y tomó el primer vuelo a El Cairo. No pagó hospedaje. Bajando del avión, tomó un mototaxi a las inmediaciones del hotelucho y buscó al vagabundo a pleno sol y entre el gentío. Lo encontró en el mismo lugar, con el gato enroscado en el regazo y una playera del Inter desplegada sobre un tapete, al lado de otras baratijas. Olvidándose del latín del siglo XXI, increpó al sincasa en buen español:
—¡Pinche mago cagado! Dígale a su gato que rompa el sortilegio. —El vagabundo lo veía sonriente, arrebozado de moscas—. ¡El Inter apesta! ¡Usted y su gato hieden a mierda, a lo que huele el Inter!
La sonrisa desdentada lo exasperó. Sin más, tomó una roca del suelo y se la lanzó al gato en el cráneo. A la mañana siguiente, Enrico purgaba arresto preventivo por gaticidio en una mazmorra de su ciudad natal.
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