Banquete en Tlanchinol

Escrito por:  Frederick Armstrong

Fecha de publicación: octubre 2026

El olor a leña me regresa a donde estoy. En un pueblo en la montaña. Habíamos pasado toda la noche en un cobertizo con techo de lámina y paredes de block, refugiándonos del huracán. No imaginamos que tendría la fuerza para llegar hasta estos parajes. Los habitantes del pueblo tampoco lo imaginaron.

—Solo tengo frijoles y unos huevos. Se los puedo hacer con chile, tomate y cebolla, para que se amuchen —dice la señora desde la puerta de su casa, avivando la leña.

Los deslaves habían cerrado la carretera y, tras día y medio de comer Frutsis y Gansitos, convidados por repartidores también varados por la tormenta, y unos quesos huastecos que llevábamos de regalo, la posibilidad de huevos, frijoles y tortillas emociona.

—Eso está perfecto, gracias.

Mi respuesta es apagada por las campanadas de la iglesia. Indican el comienzo del sepelio. Un camión que transportaba mineros de vuelta al pueblo se desbarrancó en la tormenta. Hijos, padres, hermanos y tíos iban en ese camión. El pueblo está de luto. Todo está cerrado. Después de recorrer de extremo a extremo el pueblo, hasta donde los montículos de lodo permitían llegar, había encontrado esta choza, al parecer ajena al drama que se desarrolla en la plaza principal. Sostengo la respiración esperando que mi benefactora no tenga deudos entre los fallecidos y decida unirse al cortejo, cancelando su oferta de alimentos.

La señora se hace la señal de la cruz y se lamenta. —Qué tragedia, pobres gentes.

Guardo silencio. La tragedia nos pasó muy cerca a unos y se llevó consigo a otros. El hueco en el estómago por el miedo a la tormenta y los deslaves fue reemplazado por el hueco ocasionado por el hambre.

Me siento en la banca ante un plato humeante de huevos a la mexicana y una interminable dotación de obesas tortillas. Me descubro agradeciendo internamente el manjar y el estar vivo para degustarlo, olvidando por un momento que estoy atrapado en este pueblo enlutado. Imagino que el repicar de estas campanas anuncia finales y también principios.

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