Escrito por: Ana Paula Miranda García
Fecha de publicación: febrero 2026
Resumen:
Este artículo busca establecer un diálogo con el cortometraje Jaime Tapones (2011) de Sebastián Hofmann a partir del concepto de lo abyecto, descrito por Georges Bataille y Julia Kristeva, con la intención de encontrar distancias y cercanías teórico-conceptuales. A lo largo de este documento, se argumenta que la experiencia de lo abyecto, pensar y ser el/lo abyecto, presenta diferencias con aquello que se ha dicho sobre esta otredad; a su vez, se intenta explorar qué sucede cuando lo abyecto no puede ser expulsado, cuando forma parte del núcleo familiar, cuando se sabe constitutivo.
Palabras clave: abyecto, abyección, familiaridad, cine, México.
Introducción
Gran parte de la teoría desarrollada sobre lo abyecto y la abyección ha sido pensada y escrita en contextos lejanos a las múltiples realidades que se manifiestan y experimentan en México, país que, al pertenecer al Sur Global, suele ser descrito o adjetivado con motes pertenecientes a la marginalidad, a lo abyecto. En este artículo, se busca establecer un diálogo con el cortometraje Jaime Tapones (2011), examinándolo como una producción cultural sintomática de su contexto, donde la vivencia de lo abyecto desde lo abyecto entabla una conversación que abona al desarrollo teórico-conceptual de este, planteando diferencias con lo descrito por aquellos pertenecientes a realidades lejanas.
El desarrollo teórico de este artículo se desprende de una labor más amplia realizada como parte del trabajo de investigación titulado El retrato de la relación del mexicano con lo abyecto en las expresiones sensibles nacionales para la Maestría en Imagen, Arte, Cultura y Sociedad de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En él, se establece un diálogo similar con el largometraje Halley (2012) de Sebastián Hofmann y se menciona brevemente el cortometraje Jaime Tapones (2011) como parte de su corpus de trabajo; sin embargo, es hasta este artículo que se aprovecha el espacio para hacer un desarrollo más extenso sobre esta producción sensible. La investigación previa de la cual se desprende la parte teórica conceptual aquí retomada se llevó a cabo haciendo uso de herramientas pertenecientes a la hermenéutica gadameriana y el conocimiento situado, como lo describe Donna Haraway.
De lo abyecto y la abyección
Para el desarrollo de este escrito, se retoman los conceptos de abyecto y abyección, principalmente, del trabajo desarrollado por Georges Bataille en su ensayo L’abjection et les formes misérables (1934) y lo descrito por Julia Kristeva en Pouvoirs de l’horreur (1980). En pocas palabras, ellos encuentran que lo abyecto es aquello y aquellos que son excluidos, despreciados, lo y los que causan asco, repulsión, terror y miedo, ya que lo abyecto funciona como un otro que, además de estar posicionado como opuesto al yo, también es un peligro para este. Es decir, lo abyecto actúa como una enfermedad que amenaza con infectar un cuerpo (identitario, simbólico, social, etc.) puro, correcto, sano, y aniquilarlo.
Así es como la descripción que otorgan estos autores ubica este concepto dentro de sociedades con sistemas binarios marcados, insinuando que en aquellos sistemas que carecen de esta binariedad, lo abyecto, como lo describen, no podría existir. Es en este punto que se vuelve pertinente recordar que estos autores desarrollaron su trabajo teórico-conceptual en contextos sociales, geográficos, temporales, culturales y políticos lejanos a las diferentes realidades que se viven en el México actual. Esta distancia contextual de ninguna forma invalida la pertinencia y el valor de lo previamente desarrollado; por el contrario, las lejanías presentan grietas que invitan al diálogo sobre el tejido que se desgarra.
La idea de lo abyecto que plantea Kristeva está adscrita a las nociones de pureza e impureza propias de las tradiciones judeocristianas: “Lo puro será aquello que corresponde a una taxonomía establecida; lo impuro, aquello que la perturba, que establece la mezcla y el desorden” (132); así, lo abyecto se establece como una amenaza al orden, reflejando las dinámicas establecidas dentro de estas creencias entre lo sagrado y lo profano, donde la Tierra representa un espacio neutro donde el bien y el mal batallan por el poder, donde todo aquello que significa una desviación del Orden Divino debe ser eliminado o expulsado. Sin embargo, Kristeva argumenta que lo impuro no puede desaparecer por completo; este termina siendo “rechazado hacia dentro, operante, constitutivo” (141). A pesar de los esfuerzos del sistema dominante, lo abyecto le es necesario para existir; sin un opuesto, no puede delimitarse. En lugar de erradicar por completo la impureza, la mueve a su interior.
Para Kristeva, el individuo es quien ubica al abyecto; es este el que decide qué o quién es su opuesto, los límites de su identidad. Lo abyecto, entonces, no es una característica inherente o natural de los sujetos u objetos, es una construcción subjetiva que surge del individuo y se justifica por los sistemas de este. Por ello es por lo que no es posible hablar de universalidades; lo abyecto está en constante cambio, se construye y destruye, cambia dependiendo de quien lo mire y desde donde lo haga; mas al estar el individuo inscrito en redes sociales y contextos compartidos, comienzan a aparecer constantes o semejanzas en las delimitaciones de lo abyecto.
En un plano social, las dinámicas alrededor de los despreciables (abyectos) se pueden observar en las múltiples ocasiones en las que el sistema dominante normaliza la exclusión y rechazo de los sujetos que considera abyectos al describirlos y caracterizarlos como amenazas para el orden social, ya que la existencia de estos sujetos evidencia las fallas y la fragilidad de las estructuras sociales dominantes. Ejemplo de ello son los diferentes activistas sociales, estos grupos que históricamente son descritos como ignorantes, destructivos, violentos, irracionales, peligros para la sociedad, aunque en múltiples ocasiones, las causas por las que luchan, lo que proponen y demandan son nuevas formas de existencia que parten de la equidad y la empatía, conceptos generalmente percibidos como buenos/deseables; Kristeva dice:
Lo abyecto quiebra el muro de la represión y sus juicios. Recurre al yo (moi) en los límites abominables de los que, para ser, el yo (moi) se ha desprendido – recurre a él en el no-yo (moi), en la pulsión, en la muerte. La abyección es una resurrección que pasa por la muerte del yo (moi). Es una alquimia que transforma la pulsión de muerte en un arranque de vida, de nueva significancia (24).
Así pues, lo abyecto, por un lado, funciona como una categoría que excluye y por otro, lo abyecto en sí se establece como un espacio o un catalizador de posibilidades, de subversión y resignificación; dolorosas por provenir de lo abyecto, quizás incluso horrorosas, pero posibilidades de transformación.
Georges Bataille aborda el concepto de lo abyecto desde el ángulo social; él lo encuentra encarnado en los miserables, sujetos cuya existencia revela la hipocresía y la violencia simbólica del orden dominante. Él sostiene que el miserable, a pesar de ser despreciado, es necesario para que el Orden pueda definirse y diferenciarse como puro, civilizado, superior, etc., haciendo de lo abyecto un elemento constitutivo del sistema que lo excluye. Al relacionar lo abyecto y la abyección con lo miserable, Bataille dice:
La palabra miserable, que al principio evocaba lástima, se ha convertido ahora en sinónimo de abyecto: ha dejado de solicitar hipócritamente lástima para exigir cínicamente aversión. Esta última palabra expresa una ira destrozada por el disgusto y reducida a un horror mudo: implica una actitud regida por sentimientos de angustia o de excesiva grandeza cuya tristeza se asocia con un valor humano más amplio. Aparece así situado en la confluencia de los múltiples impulsos contradictorios que exige la existencia sin rumbo de los desechos humanos (217).
Este rechazo, ese sentimiento de disgusto o repulsión que surge al encontrarse con un miserable/abyecto, es la abyección. Para Bataille, este rechazo hacia lo abyecto surge ante la posibilidad de contagio que presenta el entrar en contacto con lo abyecto (miserable) y el horror de la imposibilidad de evitar dicho contacto. Kristeva complementa esta teoría agregando que la abyección en el individuo le recuerda su condición de mortal, su cercanía con lo abyecto (similar a lo descrito por Bataille), la posibilidad de ser o de transformarse en aquel al que se evade y desprecia; para ella, la abyección es una experiencia contradictoria que desestabiliza al individuo y lo obliga a enfrentarse a lo que amenaza los límites de su ser. Por un lado, lo abyecto es expulsado, por el otro, se mantiene cercano al individuo, estableciendo una relación íntima con este. Lo abyecto se convierte en algo que perturba y fascina:
Hay en la abyección una de esas violentas y oscuras rebeliones del ser contra aquello que lo amenaza y que le parece venir de un afuera o de un adentro exorbitante, arrojado al lado de lo posible y de lo tolerable, de lo pensable. Allí está, muy cerca, pero inasimilable. Eso solicita, inquieta, fascina el deseo que sin embargo no se deja seducir. Asustado, se aparta. Repugnado, rechaza, un absoluto lo protege del oprobio, está orgulloso de ello y lo mantiene. Y no obstante, al mismo tiempo, este arrebato, este espasmo, este salto es atraído hacia otra parte tan tentadora como condenada. Incansablemente, como un bumerang indomable, un polo de atracción y de repulsión coloca a aquel que está habitado por él literalmente fuera de sí (7).
Jaime Tapones
Una de las tantas preguntas que surgen al abordar el tema de lo abyecto y la abyección es cómo cambia (si es que lo hace) la descripción de lo abyecto y sus dinámicas cuando se escribe y piensa desde lo abyecto, sabiéndose un sujeto perteneciente a esa otredad despreciada. Jaime Tapones (2011) es un cortometraje que, en su brevedad y a través de sus personajes, parece retratar y dialogar con lo abyecto poniendo al frente a un sujeto al que su cuerpo lo desborda, no tiene límites más que los que unos tapones le trazan; un individuo que sabe que es un error, dentro de una familia que encuentra la forma de acomodarlo.
Este cortometraje fue escrito y dirigido por Sebastián Hofmann. Él nació en la Ciudad de México en 1981; su padre (Henner Hofmann) es fotógrafo y su abuelo fue artista. Sebastián estudió artes y se especializó en fotografía; comenzó trabajando como editor en publicidad y después, en largometrajes; más tarde fundó, junto con Julio Chavezmontes, la casa productora y distribuidora Piano. Su primera película fue Halley (2012) y la segunda, Tiempo compartido (2018); a pesar de haber múltiples diferencias entre estas producciones y Jaime Tapones, también hay constantes dentro del trabajo de Hofmann, entre ellas, que los personajes principales suelen ser solitarios, con heridas internas y/o externas; son individuos que se piensan rechazados o externos al orden social, al común, destacan dolorosamente, parecen pertenecer a los miserables de Bataille.
El cortometraje sigue el formato de un documental (ficticio) sobre Jaime Manolo Ortiz Guadarrama, un hombre de 38 años que vive con su madre en Iztapalapa. Él ha vivido toda su vida con una enfermedad, en sus palabras: “Mi cuerpo no puede contener nada de lo que tiene dentro; si me descuido, me vacío” (min. 3:44); él explica cómo, desde que nació, nadie sabía cuánto tiempo iba a poder vivir, que ha pasado mucho tiempo en diversas clínicas, y la incertidumbre que representa el día a día. En una plática con el doctor, hablan sobre cómo la solución que han encontrado hasta el momento, el uso de tapones para evitar que Jaime se desparrame, ha sido un buen arreglo temporal, y la necesidad de intervenir quirúrgicamente en busca de una respuesta más permanente; sin embargo, Jaime le recuerda que esto no le es posible por falta de recursos económicos.
El personaje de Jaime encarna las complejidades de lo abyecto y la abyección. Por un lado, es un individuo incorrecto al habitar un cuerpo que literalmente desconoce sus propios límites; si dejara que su ser existiera tal cual es, no podría seguir viviendo; sin los tapones, su interior traspasaría los límites de su identidad (cuerpo) y dejaría de ser, llegaría al sinsentido de la muerte. Esta posición de Jaime como error se refuerza en este primer momento por la insistencia del médico en corregirlo, curarlo de su abyección. Ante todo esto, el carácter de Jaime se presenta tranquilo, tierno; él es consciente de que es un ser enfermo con un pie en el más allá, y sin embargo, esto no lo perturba. Su presencia se asemeja más a la disposición de un niño feliz y somnoliento; no está definido por un impulso imperativo de dejar de ser lo que es, de superar su enfermedad; sabe que no le es posible pagar por una tuneada quirúrgica y acepta sin más su estado como ser abyecto contenido.
Por otro lado, el cortometraje falso sobre Jaime evidencia la atracción hacia lo abyecto de la que habla Kristeva y que se mencionó previamente. Este interés de los “documentalistas” por Jaime es cuestionado por su hermano, quien es descrito como una figura benigna que ayuda económicamente a Jaime; él no entiende (quizá por resentimiento) por qué le dedican tiempo e interés a una persona que simplemente existe. En sus ojos, Jaime es un inútil; no trabaja, está enfermo, existe incorrectamente; es un peso muerto. La actitud de su hermano para con Jaime refuerza la posición de este como el otro abyecto; sin embargo, plantea una dinámica interesante en la que lo abyecto es inexpulsable por ser una parte constitutiva del núcleo familiar. En esta ocasión, el cuestionamiento que hace el hermano ante el interés del crew por la figura de Jaime es rematado por el planteamiento de por qué no mejor seguir al cuñado, quien tiene el talento de transformar una salchicha en una flauta; él sí hace algo.
Más adelante, se muestra a la familia de Jaime conviviendo en un cumpleaños infantil, cada integrante con su propia peculiaridad y carácter; se divierten, el ambiente se percibe cálido, el quizá resentimiento de su hermano hacia Jaime observado anteriormente parece haber sido sustituido por cariño. La fiesta fluye con normalidad y desemboca en un karaoke casero; cuando es el turno de Jaime, uno de sus tapones da de sí y sale volando, los fluidos internos son expulsados a presión, familiares gritan y corren a auxiliar a Jaime, buscando el tapón que ayuda a contener su ser. Este evento resalta la necesidad de encontrar una solución a la enfermedad de Jaime. Ante la imposibilidad económica de llevarlo a Estados Unidos a que lo traten, su madre acude a curanderos, a quienes, al no dar resultados, describe como “los charlatanes del mercado” (min. 11:50).
Jaime, medio a escondidas, les muestra a los documentalistas un video casero de la última Navidad que pasó con su padre; hace hincapié en recordarla bien porque su hermano tenía fiebre, comentario curioso que habla un poco de cómo quizá Jaime percibe el mundo desde la enfermedad, al ser atravesado por esta. El video muestra a su prima Teresa, una joven adulta que parece llevar un vestido de novia y carece de rostro; Jaime habla de ella haciendo alusión a una cercanía identitaria al estar marcados por el error de la enfermedad: “Cuando nació, también le dijeron que no viviría mucho” (min. 13:05); la ironía se da cuando Jaime menciona que murió en un terremoto, víctima no de su cuerpo (como se esperaba), sino de circunstancias fuera de su control.
La madre de Jaime encuentra, como último recurso, a un brujo que se rumorea cura con las manos; Jaime habla de que conocidos han ido con él y regresado sanos. La madre decide que deben ir, y así lo hacen; ella habla de la esperanza que tiene de que su hijo pueda llevar una vida normal, que se cure, y de los deseos de su hijo por tener una familia propia. Esto es interesante por la dinámica que se muestra entre estos dos sujetos; la madre proyecta sus propios deseos, dolores, ideales y experiencias en su hijo, cuando en realidad, no parece que Jaime se perciba carente o imposibilitado por sus circunstancias. Él es consciente de su estado abyecto, conoce las posibles limitaciones de su realidad, y sin embargo, estas no son las mismas que su madre describe. Jaime, hasta cierto punto, parece cómodo con su propia abyección.
El cortometraje termina con Jaime en la recámara de algún hotel hablándole al director invisible para el espectador; en susurros le dice:
El cuerpo es una pinche bolsa, mi Sebas, somos unos pinches contenedores nomás; estamos llenos de mil sustancias, órganos y mil madres. Mi pinche bolsa está rota; ¡ni pedo!, ya llegamos hasta aquí. Y ahora sí… vamos a ver en qué termina tu película (min. 16:58).
Seguido de él y su madre montados en un patito de hule gigante que flota plácidamente en un lago, y cierra con la imagen del patito amarrado a un árbol escuálido en la orilla de una isla. Este final inconcluso escucha a Jaime y lo sigue hasta el punto donde es posible seguirlo. Jaime, cuando le habla al director, subraya esta idea de que en realidad todos son seres que contienen sustancias, abyectos; la única diferencia es que de él (Jaime), al estar roto, esto abyecto se desborda y se evidencia. El decir esto, nombrarlo, establece una cercanía entre el personaje de Jaime y el director; es un momento honesto en el que Jaime regresa la mirada y mueve las dinámicas. El cierre de las últimas imágenes (Jaime en el cuarto, Jaime y su madre en el patito gigante, el patito solitario amarrado al árbol) facilitan un salto de la realidad cuasi fantástica en la que se desarrolla el cortometraje a una más onírica, donde ya no es posible seguirlos con la cámara; retrata la realidad de Jaime y su madre, cómo el mundo normal les falla y lo único que les queda es adentrarse en una anormalidad más grande que la del cuerpo de Jaime para intentar corregirlo; deben poner pie en lo surreal. Soluciones abyectas para sujetos abyectos.
Conclusiones
Jaime Tapones retrata una realidad en la que lo abyecto y sus dinámicas se complejizan por estar inscritos en lo familiar/íntimo. El personaje de Jaime bien podría entrar en la descripción que hace Bataille de los miserables; sin embargo, rompe con ella al tener voz y autonombrarse no del todo miserable, mientras que identifica al resto (los sanos) como posibles compatriotas de tal estado; les recuerda que sus identidades no están tan lejanas a la de él, en ese aspecto. La relación que mantiene la familia con Jaime y Teresa también ilustra otras formas de relacionarse con lo abyecto; si bien, se supone algún interés de los documentalistas y el espectador por Jaime que bien podría entrar en las dinámicas que describe Kristeva, la familia se mueve en otras líneas; tienen a Jaime como un próximo, parte de ellos, de su núcleo, le tienen cariño, no hay un temor de contagio a la enfermedad de Jaime; no huyen de su abyección, y sin embargo, tampoco hay una aceptación de esta, ya que sería aceptar la cercanía de la muerte. Este rechazo de lo abyecto y sus consecuencias por parte de la familia, la mezcla de dolor, cariño y miedo, se ve mejor ejemplificado con Teresa; Jaime es quien medio a escondidas trae a colación su nombre e imagen, es el que hace la labor de nombrarla y recordarla, mientras que el resto de la familia simplemente expulsa su recuerdo hacia dentro en la forma de un VHS.
Si bien la idea del personaje de Jaime Tapones más adelante Hofmann la utiliza como punto de partida para desarrollar el personaje de Beto (protagonista de su película Halley), que se mueve en una realidad (aunque melancólica e incluso poética) más cercana o perteneciente al terror y lo monstruoso, resulta curioso que este cortometraje, aunque pudo haberse desarrollado con esas tonalidades, no lo hace. Sí se habla en repetidas ocasiones de curar a Jaime, la historia avanza por esa insistencia, pero la repulsión no es hacia Jaime en sí, encarnación de lo abyecto. Su personaje se encuentra fuera de la distancia que viene con el terror, aquí se explora desde una proximidad cálida que sabe de empatía y ternura, que acerca y diluye límites.
Al final, lo abyecto está rodeado de contradicciones y sinsentidos; nunca otorgará ni albergará respuestas definitivas, simplemente se puede dialogar con ello y sobre todo, desde ello. Este cortometraje retrata y presenta este diálogo donde no hay respuestas, sólo se pueden hacer preguntas que llevan a más preguntas; sin conclusiones, sin un final, sólo posibilidades.
Bibliografía
Bataille, Georges. L’abjection et les formes misérables. Paris: Gallimard, 1934.
Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método. España: Ediciones Sígueme, 1998.
Halley. Dir. Sebastián Hofmann. Mantarraya Producciones, 2012.
Haraway, Donna. Ciencia, cyborgs, y mujeres: La reinvención de la naturaleza. Valencia: Universitat de València, Instituto de la Mujer, 1991.
Jaime Tapones. Dir. Sebastián Hofmann. Mantarraya Producciones, 2011.
Kristeva, Julia. Poderes de la perversión. México: Siglo XXI Editores, 1988.
– – -. Pouvoirs de l’horreaur. Francia: Aux Éditions du Seuil, 1980.
Tiempo compartido. Dir. Sebastián Hofmann. Piano, 2018.
Ana Paula Miranda García (Cuernavaca, 1997) es egresada de la Maestría en Imagen, Arte, Cultura y Sociedad de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue finalista en el concurso de investigación CLIDI de la Universidad La Salle de México con el proyecto El Desnudo en Piezas de Comunicación Visual. Ha presentado diversas ponencias, de las cuales destacan: Bestiarios del abismo: capitalismo gore, nota roja y lo monstruoso en las fronteras de lo abyecto y La relación del mexicano con lo abyecto. Sus intereses académicos se centran en establecer diálogos situados con representaciones visuales y expresiones sensibles de lo abyecto, enfocando su investigación en cómo estos configuran y se configuran de y desde lo marginal y las otredades. Su trabajo contribuye a las interpretaciones críticas de las expresiones sensibles contemporáneas en México.
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