Los acantilados

Escrito por: Mar Lozález

Fecha de publicación: febrero 2026

Al atardecer, Siempre Mar solía llevarme a los acantilados; que era mágico, decía. Nunca le dejé olvidar la ironía de que fuese él, un químico, quien le dijese eso a mí, una maga.

—Eres muy joven —le decía.

No es que me disgustara su ingenuidad, si acaso era eso lo que me había atraído de él en un principio. Yo estaba al final de mi primer siglo, él apenas concluía su primer tutelaje a los cuarenta. 

—Y tú eres muy amarga, Umbra Sal —decía él con una sonrisa.

Cuando nos conocimos, fue porque me había quedado dormida en mi estudio hasta el amanecer y, en mi búsqueda por una taza de café, terminé a las puertas de una conferencia matutina en el instituto, una ponencia de la facultad de astrología sobre las variables que revelaba el descubrimiento de la luna Hija Azul M-13 en torno a la influencia belicosa del planeta Marcial. Ahí estaba él, recargado junto a la puerta entreabierta del auditorio, bañado en la luz blanca del amanecer, escuchando.

Tenía un cigarro apagado entre sus labios y una taza de café caliente entre sus dedos, sus finos dedos. En cuanto me vio, todo su rostro pareció un reflejo del alba fresca que lo acariciaba.

—¿Te gusta el café? —y antes, siquiera, de que pudiese contestar, ya había extendido la taza frente a mí—. Yo no lo soporto, no sé por qué se me ocurrió servirme una taza.

—Será por las lunas negras bajo tus ojos.

Escuchamos la conferencia, nos alejamos de la mesa de aperitivos antes de que nos descubrieran husmeando y acordamos una cita en su laboratorio tras las clases para discutir las ideas propuestas en la ponencia. A esa primera cita le siguieron unas tantas y, un día, me dijo que fuésemos a los acantilados al atardecer.

 

La verdad es que a mí nunca me habían interesado los acantilados, o el océano, para ser sincera. Pero, al final, sus argumentos me convencieron. Éramos, al fin y al cabo, aprendices de tiempo completo; él todavía recordaba la última vez que había visto a su familia, yo no podía decir lo mismo. Había pocas oportunidades de ser algo más que autómatas que consumían libros, asistían a tantas clases como impartían y replicaban protocolos hasta altas horas de la noche.

—Son solo dos horas de viaje —dijo él—, estamos tres, volvemos, y aún nos quedan ochenta y nueve horas de día.

—Dirás setenta y cuatro —argumenté yo, a sabiendas de que aceptaría de cualquier modo.

 

Él era joven, pero no estaba con él porque quisiera recuperar algún semblante de mi propia juventud perdida. Tantos años después de su muerte, creo que el motivo por el que estaba con él era más sombrío de lo que me habría sentido cómoda de aceptar en aquel entonces. Estaba con él porque lo envidiaba, más aún, lo resentía. Quería tomar esa luz en los ojos de Siempre Mar y extinguirla entre mis dedos como quien apaga una vela.

 

Al final, me llevó tantas veces a los acantilados que acabé desarrollando una especie de indolencia a todo el asunto. Él tocaría a mi puerta, altivo, girando las llaves de un deslizaruna prestado, yo le diría que ese día no tenía tiempo y él se adelantaría a comprarme un café e ir activando nuestro transporte. 

Compraba una sola taza de fino y costoso café. Antes de Siempre Mar, yo solía beber del café barato del instituto a montones, hoy, mantengo mis propios vicios a raya gracias al costo que implica una sola de esas malditas tazas. Gran parte de nuestras escapadas se me iban contemplando el brebaje dorado, preguntándome si ese era el momento indicado para darle un sorbo a tan costoso obsequio.

—Tengo una pregunta —decía él. La mayoría de nuestras conversaciones empezaban con esas tres palabras—. Es sobre el lema del instituto: “Toda ciencia lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Toda magia lo suficientemente esquematizada es indistinta de la ciencia”—y se quedaba callado, como si el silencio me diese algún indicio sobre su interrogante.

—¿Y?

—¿Qué opinas?

No recuerdo qué le contesté en ese momento, ni siquiera recuerdo si llegué a contestarle o cambié de tema, como hacía siempre que me topaba con una pregunta a la que no tenía respuesta, costumbre que me echaría en cara una alumna un par de décadas más adelante.

 

Al llegar a los acantilados durante esas primeras horas del atardecer, solíamos caminar largo rato sin palabras. Él miraba hacia todas partes con los ojos serenos, una sonrisa en su rostro y un cigarrillo apagado entre sus labios.

—¿Por qué llevas esa cosa contigo si no vas a darle una calada? —jamás le había visto con un encendedor, siquiera.

—Estoy tratando de ganar una apuesta —dijo él encogiéndose de hombros.

La primera vez que fuimos a los acantilados, el grueso de mi atención estaba fijo en la pequeña cesta que Siempre Mar llevaba colgada al brazo. Bajamos a una pequeña hendidura en la superficie de los riscos y él se sentó con la cesta sobre las piernas para revelar una generosa cantidad de comida.

—¿En qué momento te dio tiempo de preparar todo esto? —le pregunté.

—Cortesía de mi maestra.

—¿Y en qué momento puede Día Cardinal preparar todo esto?

—Las ventajas de tener un pupilo dispuesto a hacer su trabajo —me contestó él con una sonrisa.

 

Solo una vez tratamos de hacer el amor. Siendo objetiva, mi desempeño no fue peor que el de él, pero mi vergüenza fue tal que nunca volví a dejar que lo intentáramos.

 

Empecé a sospechar que estaba enamorada de él a la vez que una profunda ola de frustración personal y académica subyugaba el ritmo de mi vida. Mi padre no paraba de insistir en que su hija menor se hiciese cargo de la granja de estrellas, mi investigación no iba a ningún lado, y la luz en los ojos de Siempre Mar no menguaba a pesar de estar pasando por una situación similar a la mía.

—Creo que no estoy hecha para esto —le dije una vez, antes de apartar la vista del atardecer y volver hacia el instituto.

—¿A qué te refieres?

Me refería a la magia, al hecho de que había pasado poco menos de cien años persiguiendo una forma perfecta, un sueño, y no tenía nada que mostrar a cambio del tiempo dado, desperdiciado. Pero no podría haberle dicho nada de eso.

—¿Qué tiene de mágico este sitio?

Él dio un par de pasos hacia adelante, contemplando el paisaje que se extendía frente a él. Abrió sus brazos y tomó una fuerte inhalación, la cual estaba llena de mocos, pues llevaba un par de días batallando con un resfriado.

—El día de hoy no puedo oler la brisa del océano, los soles no pintan el cielo con todos sus colores. La última vez estaban picadas las olas, y algunas veces tenemos tormentas. Pero luego están esos días en los que estamos tú y yo con la brisa, los colores perfectos, el océano calmo y el cielo despejado.

—¿A qué te refieres?

—Lo más cerca que he estado de lograr algo parecido a ciencia indistinguible de la magia es con las explosiones. Cuando trabajas, veo que la magia son variables infinitas, incalculables, es potencial salvaje y arbitrario, pero…

—¿Pero?

—Como estos acantilados, como tú, a veces es… hermosa…

 

Estaba más ofendida que consolada en su momento, así que le puse seguro a la puerta de mi estudio y me quedé ahí seis días a ver si me moría. 

Después de esos seis días, volvimos a ir a los acantilados. 

Pasaron los meses y mi investigación seguía sin ir a ningún lado, pasaron los años y mi padre se cansó de mencionar la granja de estrellas. Pasaron esas dos horas de viaje, más tres de queda y dos de vuelta con un café delicioso entre mis manos. Pasaron los paisajes perfectos e imperfectos junto a Siempre Mar y un día, tan simple como cualquiera, murió.

 

A veces hablo de él con Día Cardinal, quien sigue hallando el tiempo para cocinar entre cigarro y cigarro, así como yo hallo el tiempo para conversar sobre el pasado. 

—Muy brillante —dice ella como si fuera un rezo—, terrible para la química, pero muy brillante. 

Y a veces sonrío cuando ella lo dice, porque a veces lo hace con agua en los ojos y fuerza en sus palabras, a veces lo hace mientras yo pruebo alguno de sus particulares triunfos culinarios, a veces lo hace cuando acabo de volver de los acantilados y yo sonrío, a veces sonrío.

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