Escrito por: Mariana Caballero Jiménez
Fecha de publicación: febrero 2026
¿Me oyes?…
En unos cuantos minutos, se cumplirán tres años de su muerte; resiento el suplicio en su tacto. Las olas del tiempo la golpean constantemente. Voltea a la ventana, de vez en cuando, para ver el alumbrado de la calle; recordándola, anhelándola. Suspira; espero ese apretón antes del fluir de mi tinta; me voltea a ver y escribe, como siempre, sobre aquella, como lo ha hecho los últimos mil noventa y cuatro días.
¿Me olvidas?…
Esta vez es sobre su estancia en el hospital; escribe sobre su estado físico y mental, pero jamás logra recordar sus rasgos. Más de una tonelada de memorias están almacenadas en su cajón, en ninguna logra describir sus facciones. Pero siempre recuerda esa frase, la que hoy tiene tatuada en algún lugar de sus pulmones; cada palabra pesa, dejándola sin aire. Sin importar el contexto del recuerdo, siempre trae a colación las últimas palabras de aquella.
¿Me odias?…
Aquel día se levantó irascible, sentía que aquella estaba más insoportable de lo habitual; ahora sólo quiere volver a concederle un capricho; entiende la ironía y me aprieta con odio, antes de azotarme contra su escritorio. Alcanzó a describirla postrada en cama, mirando la ventana del cuarto.
Me duele…
Pensaba en lo muerta que se veía incluso estando con vida; en ese entonces, también escribía, aunque no con tanto dolo como ahora. Esa noche, después de un día de hastío, escribió: “Dijo que las luces de la ciudad eran ojos que usaban su brillo para hurgar en su alma, para robarle sus más grandes deseos, sus más perdidos secretos. Así que cerré la ventana del cuarto, pensé que era una queja. Un segundo después, estaba muerta.”
¿Te culpas?…
Volvía a escribir sobre su bata blanca y lo pesados que se veían sus hombros. Tiene mil versiones de la misma escena, pero las palabras de aquella siempre son las mismas y el dolor de ella sólo aumenta. Vuelve a darme golpecitos contra el escritorio, siguiendo el compás del reloj de pared que cuelga sobre su cabeza, como un yugo premonitor.
¿Vienes?…
Cierra los ojos un momento; cuando los vuelve a abrir, escucha cómo la gotera de su baño se sincroniza con el poste de luz parpadeante de la calle. La manecilla pequeña del reloj se empieza a mover para apuntar a las doce en punto. En este momento, tiene el presentimiento de que todas las particularidades del universo se han sincronizado; quieren advertirle sobre algo.
¿Una vez?…
El reloj marca las doce en punto; el mundo se queda a oscuras, me suelta. Sólo se puede ver la farola que parpadea en la calle. Vuelve a sostenerme, el sudor de su mano empapa mi carcaza plástica. Ha alcanzado a ver algo bajo el alumbrado, pero lo que hubiese sido, ya ha desaparecido.
¿Cuánto más?…
Se está levantando lentamente, sin soltarme; me ocupa como ancla para su cordura; nunca se le ocurrió que puedo acompañarla a naufragar en la locura sin problema. Se asoma, colocando su mano libre contra la ventana. Cuando todo es confuso y alienante, su propia respiración se vuelve en su contra. La figura se vuelve a vislumbrar bajo la tenue luz y ahora sólo me deja caer.
Riamos.
La puerta de su habitación rechina, pero no parece atender este hecho. Ahora una figura, no, la misma cosa que estaba bajo la farola, está aquí. Lleva una túnica que cae exigiendo arrodillarse a sus pies y un sombrero negro estilo cordobés, su cara no refleja un solo fotón y en su mano izquierda, carga una clásica vela, apagada.
Juguemos.
Su presencia es imponente, pero no la hace voltear. El calor de la mano de ella ha empañado la ventana, no tiene visión de nada hacia afuera; en realidad, no tiene visión de un futuro, siquiera. Carraspea la garganta, pero ni una sola palabra aparece en su diafragma; probablemente, ni una sola idea decida asomarse.
Di algo.
Rota lo más lento que puede su cuello, sabe que no quiere darse cuenta de lo que ya es evidente. En cuanto sus ojos encuentran la vela, ésta se enciende; reacciona replegándose contra la ventana, postrando con pesadez su existencia a mi lado, en el suelo. Su mirada se mantiene estática, acomodando la realidad que se extiende inmensa y atroz ante sí.
Sucumbe.
Empieza a gotear su barbilla; en un parpadeo, su cara se está derritiendo en lágrimas; la mirada de aquella cosa ilumina la angustia que su corazón marca. La desesperación se vuelve un ente más en la habitación. Palpa con la mano a su alrededor hasta encontrarme. Me sostiene, reconozco el roce al instante. Sé lo que quiere.
Acompáñame.
Con la cara completamente empapada, detiene su llanto. El sombrero le pide su alma, y así, en un ruego desesperado, opta por rendirse. Sus párpados se cierran, se sobrepone un deseo insaciable de quebrarse. Cada filamento que teje su piel se desenreda, explotando en finas líneas de piel. En un instante, su conciencia se desvanece, junto con la llama en aquel charco de cera. Por última vez, sus manos, hechas hilos consumidos, me sueltan. Caigo en una habitación desolada, sin la posibilidad de que me vuelvan a usar.
¿Extrañaste a mami?
Mariana Caballero Jiménez nunca consideró el escribir como una potencial carrera; tuvo que pasar dos años cursando una ingeniería para darse cuenta de que no podría ponerle dedicación y cariño a ninguna otra cosa que no fuera la escritura. Así que, desde hace un semestre, estudia Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Su relación con la narrativa empezó con Poniatowska, con su libro para niños La vendedora de nubes; lo leía, mínimo, una vez al día. A partir de ahí, siguió descubriendo a grandiosos narradores, como Hayao Miyazaki o Gabriela Keselman. Pero su obsesión por querer contar sus propias historias comenzó cuando, a los once años, su padre le regaló una recopilación de cuentos de Edgar Allan Poe; recuerda a la perfección las noches en vela pensando en Plutón y su pelaje negro, en Berenice y sus dientes. Se dio cuenta del poder que tiene una historia, pero no de cualquier tipo; una de terror.
No ha hecho más que sumergirse en ese mundo, buscando generar la sorpresa de Edgar Allan Poe, la sublimidad de H. P. Lovecraft, el impacto de Junji Ito, la pesadez de Mariana Enríquez y la angustia de Antonio Malpica. Lleva años construyendo su voz literaria, pero esta es de las primeras veces que lo muestra al mundo, esperando ser digna de su atención.
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