Escrito por:Natalia Orozco Muñoz
Fecha de publicación: febrero 2026
El hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiaría el universo pero yo no.
Jorge Luis Borges, El Aleph, p. 151
Los fantasmas existen. Los fantasmas, contrario a lo que se cree, tienen un cuerpo. A veces, este está formado por lodo y ramas secas; otras veces, por madera cortada y relojes de sol, y otras, como es el caso de la Casa, el fantasma cobra sustancia a través de paredes de concreto, muebles anticuados y ventanas que rechinan al abrir.
Fue gracias a la Casa que tomé un interés particular por todos esos temas acerca de lo paranormal y las anomalías de la naturaleza. A lo largo del tiempo, me surgieron diversas preguntas acerca del origen mismo de la vida, y me atrevo a decir que, después de una agotadora y minuciosa investigación, puedo comprobar que existe la vida después de la muerte; pero, para demostrar el resultado de mis investigaciones, es necesario primero hablar sobre la Casa misma.
La Casa fue construida en el año de 1968 por el ingeniero Rubén Madero, esposo de la tía Eréndira y cuñado del licenciado Joaquín Enrique Orozco Chávez. Compuesta por cuatro habitaciones, dos baños, una sala-comedor, un jardín, una cocina y un estudio, fue habitada por una unidad familiar conformada por un militar del ejército, una enfermera y sus dos hijos varones, Joaquín Izcóatl y Joaquín Enrique.
Una vez al mes, se celebraban banquetes. Las esposas de los generales se sentaban en los sillones tapizados con motivos florales y condensaban de humo de cigarro las cortinas de la sala —primera evidencia sobre la existencia de los fantasmas: la Casa ya no tiene muebles ni cortinas ni candelabros, pero por las noches llega un olor como a Raleigh que se va a eso de las seis de la mañana—. Una reja de hierro separaba la sala del pasillo para que los hijos de Joaquín militar no agarraran las vajillas ni las copas ni las estatuas de porcelana. Para cuando yo habitaba la Casa, esta ya no estaba, y en la mesa del comedor se hacían proyectos escolares, obsequios para el novio, envolturas de regalo y anotaciones de cuentas en un papel bloc.
Los especialistas en la espectralidad de los espacios podrían debatir que un olor a cigarrillo no es suficiente para confirmar la existencia de los fantasmas. Ante esto, yo misma puedo asegurar que la Casa se reía durante las festividades. Su carcajada era como el eco de un hipo que solamente se podía escuchar si tenías las orejas tapadas y si uno de tus invitados se paraba a la cocina para agarrar más refresco. Hiiiphiiiphiiip, y el árbol de navidad se sacudía un poco, y el pavo sabía medio mal, y todo adquiría una tonalidad roja como el recuerdo o como la bandera de China. Aquello era el fantasma haciendo acto de presencia —fenómeno que me he dado la tarea de bautizar como biblaciones estoipédicas—; son signos a los que uno debe de prestar mucha atención si se busca probar la vida en el más allá. Existen mensajes transmitidos a través del recuerdo de un espacio que tratan de atravesar la barrera entre el sueño y la realidad; ¿alguna vez el lector ha sentido como que lo observan mientras recuerda los salones de su primaria? ¿Alguna vez tuvo un dèja vu, pero luego no pudo asegurar si lo que creía haber vivido con anterioridad era un recuerdo, un sueño, o algo más, algo más allá? De acuerdo con mis investigaciones, esto es el lenguaje que utiliza el espacio vacío para comunicarse con uno. Sin embargo, es un grave —pero frecuente— error el confundir al fantasma con los muertos; el licenciado Joaquín Enrique afirma que solamente una persona falleció en la Casa: la abuelita Cuquita, que un día se sintió mal y ya no llegó a urgencias. Muchos años después, durante una lectura de tarot en el comedor rojo, mientras se servían flautas de pollo, la médium describió a una mujer de mirada triste, cabello atado en un chongo y piel blanca. Preguntó de quién se trataba, y todos los invitados juraron que se trataba de la abuela Cuquita, se asustaron y creyeron sentir su presencia, pero no cayeron en cuenta de que aquello no era el espectro de la abuela; era la propia Casa tratando de recordarla.
Es importante detenernos un momento en la lectura de tarot que se realizó en la vieja sala. Cuando alguien quiere adivinar su futuro, recurre a las cartas, a los dados, a la interpretación de sueños, y a otros diversos métodos que intentan viajar en el tiempo y recibir datos del futuro. En el caso de los habitantes de la Casa, uno a uno, la médium les leyó las cartas —las profecías y visiones declaradas en ese momento fueron precisamente una manifestación verbal del espíritu de la Casa emitido a través de la voz, el cartón y las manos, tercera evidencia que demuestra la existencia de los fantasmas, seguida de los Raleigh y el hipo de Navidad—: a la madre se le avisó sobre un trabajo, una camioneta y un amor del pasado. A la hija mayor se le advirtió sobre una ruptura. Con el padre, se habló de televisores viejos, nidos de palomas blancas, soledades y mascotas. Todos se fueron a dormir aquella noche con las palabras de la médium metidas en la cabeza, a excepción de la hija menor. Ella todavía no creía en las cartas, ni en los amarres, ni en los fantasmas, ni en el amor.
Fue hasta que me mudé que la Casa me empezó a embrujar. Se manifestaba de distintas maneras: a veces, soñaba con ella, y el patio era mi secundaria, y todos mis compañeros entraban en la cocina y tomaban clases en mi recámara. Otras veces, trataba de escribir sobre ella y una fuerza como de viento me alejaba del papel y el teclado. ¿Estás ahí? Preguntaba, pero nadie me respondía. Fue entonces cuando decidí determinar de una vez por todas si la Casa tenía vida, y si esta me llamaba a través de pelos de perro, lomos de libro maltratados y capas de polvo. Empecé a investigar, pero no tenía sentido alguno buscar respuestas en el Hospital Juárez, o en un museo de Guanajuato, o en la Isla de las Muñecas. Mi búsqueda iba más allá de la leyenda, de lo testimonial y de lo histórico; mi búsqueda se centraba en la separación entre la vida y la muerte, entre el consciente y el subconsciente, entre la tesis y la antítesis. Solo así suponía que iba a dar con la verdad sobre la Casa —¡la verdad sobre todas las cosas!—, hasta que me enteré de la historia del perro.
Cuando el licenciado Joaquín Enrique apenas era un bebé, su familia tenía una bóxer llamada Chita. Tomaron fotos que se perdieron, le dieron agua de un recipiente en el piso y la perra comió croquetas, huesos y sobras de los Joaquines, y cuando murió, Joaquín militar la enterró en la Casa, cuando esta todavía no nacía y era apenas un terreno baldío, un deseo, un hipo. De vez en cuando, le llevaba flores y le lloraba. Aquella escena resultaba tan singular de observar, que uno de los vecinos de la calle llamó a la policía por pensar que el militar le lloraba a una persona y no a un can. Chita fue desenterrada y enterrada de nuevo por los judiciales, y eventualmente, aquel vecino y el militar se hicieron buenos amigos. Pero la esencia del relato, la prueba definitiva de la existencia de los fantasmas, no se encuentra en la muerte del perro, ni en la tierra fértil de donde más tarde nacería la Casa con sus gritos y su jardín empedrado y su bugambilia. La Casa es fantasma por las lágrimas del general que cayeron de su rostro y se incrustaron en el suelo hasta llegar al centro mismo de la Tierra. La Casa es fantasma porque el padre no sabía que no le lloraba solo a su bóxer, sino también al reloj de la sala que sonaba cada hora, al órgano que su hijo tocaba para entretener a las esposas de los generales, al cuarto de la televisión en donde me pasaba horas jugando con mis muñecas y leyendo novelas juveniles. El militar lloraba porque tuvo visiones de una madre fumando en el patio y cocinando verduras con cerdo y milanesas empanizadas para sus hijas, y porque cuando era bebé y mi papá me cambiaba el pañal, no podía evitar soltar arcadas del asco. Su llanto abrió una brecha en el espacio-tiempo y pudo ver todo lo que sucedería: las discusiones, la grieta del temblor, el polvo, el vidrio roto, las cenizas. Así, bautizó por el resto de los días a la Casa, condenándola a verme crecer, y luego a verme marchar.
Pero, ¿cómo sé que todo esto sucedió, si no estuve ahí personalmente? Es ahí cuando, querido lector, puedo contradecirte: yo lo vi todo. Vi a Chita y al general y la maleza del terreno. Todo esto sucede porque, cuando se evoca un recuerdo, sea propio o ajeno, el recuerdo te mira de vuelta. Por eso, es posible adivinar el futuro con cartas de tarot y con bibliomancia —el arte que consiste en preguntarle algo a un libro y dejar que éste te responda eligiendo una página al azar y posando la mirada en la primera frase que te llame la atención: el lector está alentado a preguntar si es que existe la vida después de la muerte a cualquier libro encontrado en una librería de segunda mano, pero la autora no se responsabiliza de ningún resultado que pueda provocar dicha acción—. Al imaginar un espacio, imaginas energía y elementos y electrones; dicho de otra manera, los llamas. Y estos te escuchan y tratan de acercarse a ti, de hacerte recordar no solo que alguna vez estuviste en su presencia, sino que formaron parte de ti, de una bola de Universo que explotó y se fragmentó, pero solo en apariencia. Los electrones te dicen también que, alguna vez —dentro de miles de millones de años—, se volverán a encontrar, y de nuevo, formarás parte de ellos, ya sea como un átomo de oxígeno atascado en una gota de agua, o como un pedacito de monstruo marino, o como una enana blanca. Los electrones te susurran que tú y la Casa son el Universo.
Ya casi no la sueño. Cada vez la pienso menos. Pero, a veces, sé que trata de decirme algo. Voy al estudio y abro enciclopedias y me llevo novelas, y entre las páginas de un libro, hay un ticket amarillo de viejo, o una anotación de Joaquín general —mi abuelo—. Leo alguna frase onírica que parece susurrarme cosas al oído —que el lector recuerde la bibliomancia—. Enciendo el teclado Yamaha de la sala y presiono una tecla que ya no funciona, y ahí creo que también es la Casa intentando hablarme. Piso la alfombra de la recámara y esta está empapada de palabras y de deseos olvidados. ¿Alguna vez podré olvidarme de ella? A través de los sonidos de la alacena, de las puertas que se abren y los perros que le ladran a la nada, la gente cree que hay un fantasma. Pero ese fantasma soy yo, mientras duermo, o es la Casa, recordándome.
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