Escrito por: Tania Sáenz Pérez
Fecha de publicación: julio 2025
Los espacios en los que habitan los personajes dentro de la literatura se pueden pensar como accidentes, elementos que se pueden ignorar y considerar como simples escenarios para la acción, pero ¿qué sucede cuando estos lugares se convierten en la parte central de la escritura o del análisis?
En este ensayo se va a analizar el uso de las calles y espacios públicos del escritor Oda Sakunosuke, específicamente en sus cuentos “La ciudad de los árboles” y “El signo de los tiempos”, los cuales se encuentran en su antología titulada El signo de los vientos. Esto se hace con el objetivo de ver cómo es que Oda le otorga una importancia crucial a estos espacios, los cuales se pueden considerar como comunes o marginales, para denotar la posición y mentalidad de sus personajes, que caracterizan por ser parte de la “vida baja” de Japón, como geishas, alcohólicos, apostadores, personajes que en su momento no se veían merecedores de ser retratados en la literatura.
Primero se va a explicar el contexto del autor y de Osaka, que es el lugar central de todas las historias de este libro, tanto histórico como literario. Después se analizarán los cuentos, con un enfoque en los espacios que habitan estos personajes, o sus reflexiones con respecto a los mismos. En las conclusiones se responderá la pregunta que impulsó este ensayo, la cual es, ¿hasta qué punto los espacios en los que habitan los personajes son un reflejo de ellos mismos?
Oda Sakunosuke (Osaka, 1913 – Tokio, 1947) es considerado como uno de los mejores escritores japoneses del siglo XX, pero en realidad no se sabe mucho de su vida personal. En 1931 comenzó sus estudios de artes liberales en la Universidad de Kioto, pero después de sufrir una hemorragia pulmonar, abandonó sus estudios y comenzó su carrera de escritor, la cual se caracterizó por ser bastante acelerada.
Sus novelas, a pesar de ser constantemente censuradas, fueron bien recibidas por el público, puesto que evidencian una sociedad decadente llena de personajes insignificantes; su escritura se caracteriza por ser bastante humana, con retratos de gente que no puede clasificarse como buena o mala, solo están aquellos que buscan sobrevivir en un Japón que atraviesa las dificultades de la guerra, pero también están aquellos que nacen después de la misma. Como se menciona en la página que Satori Ediciones le dedica al autor: “Para Oda hay más esperanza en la ventana de una cocina miserable iluminada en la noche, a través de la cual ve a sus habitantes abstraídos en sus pequeñas vidas cotidianas, que en cualquier ideología o sistema político”.
Formó parte del grupo de los buraiha, o escuela de la decadencia, que, en palabras de Ryôtaro Kato (1954, como se citó en Macías y Gómez: 68):
They wanted to make a fresh start, but were quite at a loss how and where to begin it. The guiding principles of life were gone, leaving everything looking wasted, futile, and hollow. Exactly in such a mood as this, Sakunosuke Oda and Osamu Dazai pured irony and self-mockery. […] Their works, which morbidly mirrored the confusion and blank despair of the period, had a great appeal to the readers of that time.[1]
A diferencia de otros movimientos, en realidad los buraiha jamás se propusieron hacer de su estilo una escuela o un movimiento como tal, de hecho, no hay registros históricos de una convivencia personal entre los autores más allá de anécdotas y fotografías que comparten el mismo lugar.[2]
Oda ideó el término shingesakuha, que buscaba referirse de una manera más positiva a los escritores del periodo de posguerra que se oponían a los movimientos literarios dominantes, pero, a pesar de que la denominación podría incluir a otros autores, terminó siendo un sinónimo de los buraiha. Y, otras de las características más prominentes de este grupo, eran la aparente falta de propósito, una tendencia a la bebida y así como vida desordenada, pues no solo mostraban su rebeldía en sus escritos, sino que también lo hacían en sus formas de vivir (Macías & Gómez).
Si bien Dazai fue el más conocido de este movimiento, sobre todo por su “decadencia francesa”, así como el más traducido, Oda ha empezado a cobrar importancia debido a la recuperación de sus textos narrativos, que varían en temáticas y estilos, además de una simpleza que escandalizó a las personas de su época, puesto que él no rehuía de las características más escabrosas o poco románticas del Japón de su tiempo. Pero, al mismo tiempo, Oda también se enfocó en retratar una Osaka desde la visión de alguien que vivió y se crió en el lugar, así como mostrar el paso del tiempo de este.
Un cuento que ejemplifica esto es “La ciudad de los árboles”; este relato no sigue una trama en específico, pues el lector acompaña a la voz narrativa en sus viajes por Osaka, ya que, después de mucho tiempo fuera de su ciudad natal, regresa para hacer algunos trámites y se da cuenta de cómo es que algunos elementos de su pasado han cambiado, aunque se niegue a admitirlo al principio.
Se suele decir de Osaka que es una ciudad sin árboles, pero cuando vuelvo a mis recuerdos de infancia, se me aparecen muchos. […] árboles que tapizan de verde las cuestas de Genshoji o Kuchinawa. No, nunca diría que me crié en una ciudad sin árboles. Para mí al menos, Osaka jamás ha estado desarbolada (Oda: 83).
Desde un inicio se nos muestra que el personaje parece tener una idealización de aquella Osaka que quedó en el pasado, una ciudad con sus árboles altos y eternos, sin muestra alguna del tiempo o los acontecimientos. El cuento data de 1944, un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, y si bien este relato no tiene menciones de la guerra, es importante tomar esto en cuenta, puesto que va a mostrar una especie de ensoñación del pasado que ya no está.
A pesar de esta ignorancia voluntaria, la voz narrativa conoce cada espacio, sobre todo de la cuesta de Kuchinawa, y en su caminata le explica al lector de las particularidades de los nombres y los lugares; cómo es que algunos edificios han cambiado de lugar y relata qué es lo que él recuerda haber hecho en estos espacios durante su infancia. Pero, a pesar de este obvio cariño y anhelo, él admite, hasta cierto punto, que en realidad habla de una Osaka enaltecida, como si fuera una prefectura de ensueño.
Solo en la vida, me acostumbré a errar de un lado a otro hasta que mi ciudad natal desapareció de mis pensamientos. Con el tiempo escribí sobre algunas de esas calles, pero siempre con cierta afectación, como si no hablase en realidad de una ciudad real. Nunca tuve ganas de volver. Me había convertido en una persona muy perezosa [énfasis añadido] (Oda: 86).
A pesar de esto, es curioso que mencione su afectación al escribir de las calles, como si buscara establecerse como un narrador poco confiable, cuando, al mismo tiempo, él lector duda de esto, debido a que él parece ser un experto de las características más específicas de Osaka. Pero esto cobra importancia al final del cuento, pues durante la narración, poco a poco el lector se da cuenta de esto en pequeñas menciones del narrador o los personajes con los que entabla conversaciones, por ejemplo:
Enfilé hacia el norte por una calle sombría en dirección a Gataro Kocho. Allí seguían intactos el templo, los árboles y las casas. Me alegró comprobar que nada había cambiado. Tan solo los aleros de los tejados me parecieron mucho más bajos de como los recordaba. Quizás por eso tuve la sensación de caminar en sueños [énfasis añadido] (Oda: 87).
En este fragmento vemos la dicotomía que se mencionó, pues la voz narrativa empieza a mostrar estas cualidades de ensoñación que se esparcen durante la narración cuando se trata de retratar los aspectos más finos de la colina, o de las casas que se atraviesan en su camino, como si hablara de un recuerdo y no de su presente. Y no es que esté dando mal los nombres, o las razones por las que ciertas colinas se llaman de cierta manera, sino que la forma en la que el lugar es retratado es casi surrealista.
El cuento como tal sigue los encuentros entre la voz narrativa y un vendedor de discos, quien formaba parte del pasado del narrador, puesto que se habían conocido cuando el vendedor era dueño de una tienda de fideos lo suficientemente baratos como para que los estudiantes de universidad pudieran pagarlos. Sus interacciones se caracterizan en una constante ensoñación del pasado por parte del narrador, o un anhelo por un mejor futuro, que sería el caso del vendedor; ninguno vive realmente en el presente. Mientras que el vendedor solo quiere que su hijo se haga de un buen trabajo, así como de un futuro prometedor, el narrador busca conversaciones que le recuerden a aquello que ya no está.
Al final del cuento, el vendedor se muda para poder estar con su hijo y vende su tienda a otra persona. La voz narrativa pierde esa conexión que había establecido, y parece que un velo se levanta, pues el cuento termina contradiciendo el inicio:
Los árboles que flanqueaban la cuesta de Kuchinawa estaban desnudos, secos, expuestos al golpe gélido y seco del aire invernal. Bajé los escalones y pensé que no volvería por allí en mucho tiempo. Los dulces recuerdos de mis años de infancia y juventud parecían tocar su fin. De nuevo volvían a enfrentar una realidad inédita mientras el viento no se cansaba de golpear con toda su rabia las copas de los árboles [énfasis añadido] (Oda: 96).
En contraste con la forma en la que empezó el cuento, Oda termina en un paisaje con los árboles desnudos, recalcando la desaparición de este filtro entre su presente y el pasado, dándose cuenta de que la Osaka en la que creció ya no es la misma, y en realidad, es una ciudad sin árboles. Y no es que hayan desaparecido por completo, solo que ya no pintan el paisaje como lo hacían en su momento, pero, ¿qué ciudad puede permanecer frondosa con todas las batallas que estaban sucediendo?
Como se mencionó previamente, Oda es considerado como un escritor de posguerra, pero no solo se trata de la Segunda Guerra Mundial, sino que Japón, después de la Restauración Meiji, se había abierto al mundo una vez más y había tenido otras guerras importantes, entre ellas, la Guerra del Pacífico y la Guerra Sino-Japonesa. Hay varias teorías de por qué inició la Guerra Sino-Japonesa, pero de las más populares sostiene que Japón, en 1937, buscaba convertirse en una potencia como las occidentales, las cuales buscaban mostrar su superioridad colonizando otros países. Sin embargo, para llegar a las tierras de Corea, su objetivo principal, se encuentra China, con quien había tenido conflictos previamente; China, por otro lado, también buscaba un reconocimiento internacional, y vio el nacionalismo como la única vía para lograrlo. Si bien esta guerra le permitió a China obtener mayor importancia a nivel mundial, ambos países sufrieron enormemente, tanto en su economía como en la vida de las personas, sobre todo Japón, quien perdió, y el proyecto imperial ya no pudo continuar. (Muñoz Rumbero: s.p.)
Pero, poca gente sabe de la situación de Osaka durante la guerra. Muchos creen que los últimos ataques aéreos de Estados Unidos a Japón fueron los de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, pero, durante la última semana, antes de la declaración de paz, los ataques continuaron. Estos se llevaron a cabo del 10 al 15 de agosto, y uno de los más letales fue el de Osaka, el 14 de agosto, donde cerca de 360 personas murieron, pocas horas antes de que la guerra terminara (Eldridge: s.p.).
Aunque, en realidad no fue la primera vez que Osaka fue víctima de estos ataques, de hecho, fue bombardeada 51 veces en total, y ocho de ellas fueron consideradas como bombardeos de gran escala (Eldridge). Un tercio de Osaka fue destruido, sin embargo, gracias a los diferentes planes de reconstrucción, así como la actitud de sus habitantes, es que la prefectura se recuperó y, hasta el día de hoy, se sigue considerando como la ciudad central del oeste de Japón (Osaka Info).
Oda Sakunosuke vive todo esto, y se puede ver en sus cuentos, aunque en diferentes medidas. Mientras que “La ciudad de los árboles” establece una conexión más profunda con la añoranza del narrador por su pasado, “Los signos del tiempo” busca retratar una Osaka después de la guerra de maneras sutiles, enfocándose principalmente en las personas que viven entre las ruinas, un año después de todos los acontecimientos.
A diferencia del cuento anterior, aquí hay una insistencia en el reconocimiento de aquellos espacios que han sido destruidos por la guerra, y Oda no lo hace con descripciones desgarradoras o crueles del espacio, sino que lo menciona en pequeñas oraciones, ya que, siendo él un escritor buraiha, no muestra la decadencia del país como algo extraordinario, sino como parte de su cotidianidad.
El callejón de Ganjiro. Toda el área donde se encontraba quedó arrasada durante los ataques aéreos de la guerra hasta no dejar ni rastro. Quizás por eso lo recuerdo con nostalgia. Quizás por eso también me esfuerzo por describirlo con todo detalle (Oda: 217).
Esta es de las menciones más crudas de todo el libro, pues en realidad es difícil encontrar la palabra “guerra” en cualquiera de sus narraciones; como se había dicho antes, Oda Sakunosuke no es conocido realmente por sus novelas de estilo shi-shosetsu, a diferencia de Dazai Osamu. Pero, es curioso que en una de sus narraciones donde se menciona de manera explícita que la voz narrativa es él, se muestra un reconocimiento tan visceral a su entorno.
La otra mención de esto se da más adelante, y es de una manera más sutil, aunque no pierde esta visión un tanto poética.
[…] Quería volver a tenerlas entre mis manos, pero no podía pasar por alto que tanto el restaurante Tentatsu como el callejón donde se encontraba había desaparecido bajo las llamas provocadas por las bombas incendiarias (Oda: 227).
Donde antes se menciona la nostalgia de este paisaje destruido, aquí hay cierta indiferencia por parte de Oda, pues el cuento sigue sus pasos en su recorrido por algunas de las calles de Osaka, especialmente aquellas que se encuentran en los barrios rojos u oscurecidas por la falta de personas que las habiten; él busca inspiración para escribir de nuevo, a pesar de que sabe que lo van a censurar debido a sus temáticas poco nacionalistas o adeptas a la época, como lo son las prostitutas, los asesinatos y las personas de mala vida.
Y es que estos espacios no son gratuitos, puesto que los personajes principales que Oda se encuentra son Tentatsu, el antiguo dueño de un restaurante, y la dueña del bar Dice, una geisha de diez yenes. Ambos personajes viven en la decadencia, y son encarnaciones de estos paisajes desolados y abandonados. Tentatsu intenta reconstruir su vida después de la guerra y el fuego, mientras que la dueña del bar trata de sobrevivir en un mundo que no puede pagar los servicios de una geisha. Sus ropajes gastados, el maquillaje corrido y la actitud desinteresada de todos son las características de una Osaka que apenas se está recuperando.
[…] Aunque carecía del encanto y de la ostentación de alguno de los que había en torno Hozenji, su penumbra, su suciedad, ese desorden tan peculiar, parecían dar cuerpo al más genuino espíritu de la ciudad (Oda: 218).
Oda Sakunosuke no tiene personajes profundos que se cuestionan su estadía en el mundo mediante el humor como Dazai Osamu, tampoco se centra en mezclar lo grotesco con personajes de concepciones nihilistas, como era la costumbre de Ango Sakaguchi. Oda parece encantado por lo cotidiano, sin exagerar nada, pues parece consciente que la realidad es suficientemente pesimista tal y como es.
Sus personajes encarnan estos anhelos por un pasado, que, en su lejanía, parece más simple, sin las preocupaciones que parecen plagar a todos. Así como la guerra dejó su marca en las calles agujereadas, en los árboles sin hojas y restaurantes desaparecidos, lo mismo le hizo a las personas que la sobrevivieron.
Por lo tanto, ¿hasta qué punto los espacios en los que habitan los personajes son un reflejo de ellos mismos?
El manejo de las calles de Osaka, el constante recordatorio de sus nombres y las descripciones de la forma en la que son vistas por aquellos que las transitan parecen responder a estos personajes marginales, quienes solían ser inexistentes para la literatura que se producía antes de la Reinstauración Meiji, pero en El signo de los tiempos, no hay héroes o grandes historias de venganza, sino que el libro está repleto de ellos, porque así como esa Osaka destruida, cada uno de los personajes no rehúye de sus propias imperfecciones, y si bien no hay un orgullo en su estado, tampoco se avergüenzan del propio. Por lo tanto, como conclusión de este ensayo, los personajes son un reflejo de aquellos lugares que habitan, pues se han formado en estos barrios y es imposible deshacerse de esas marcas distintivas, ya sea dentro de Osaka o fuera de ella
Bibliografía
Eldridge, Robert D. «The Nagasaki bombing wasn’t the last aerial attack on Japan». The Japan Times, 12 de agosto de 2020, web.archive.org/web/20200817233634/https://www.japantimes.co.jp/opinion/2020/08/12/commentary/japan-commentary/nagasaki-bombing-wasnt-last-aerial-attack-japan/#.XzsUm-zP32d. Accedido el 28 de marzo de 2025.
Macías, M. C., y G. Gómez Michel. «Autoficción Y Decadencia: Un diálogo Con La Escuela Buraiha Japonesa, En “Manos De diamante” De Andrés Felipe Solano». 2021. México Y La Cuenca Del Pacífico, vol. 11, n.º 31, enero de 2022, pp. 63-89, doi:10.32870/mycp.v11i31.770.
Muñoz Rumbero, Alejandro. «La Segunda Guerra Sino-Japonesa. El Conflicto Olvidado 1937-1945». Relaciones en Conflicto. Nuevas perspectivas sobre relaciones internacionales desde la historia, dirigido por Enrique Bengochea Tirado et al., 1.a ed., Asociación de Historia Contemporánea, 2015, pp. 196-201. dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5262466.
Oda, Sakunosuke. El signo de los tiempos. Traducido por Ogihara y Cordobés, 1.a ed., SATORI, 2023.
Osaka Info. «Historia | Todo sobre Osaka». Información de Osaka, es.osaka-info.jp/osaka/basic/osaka-history. Accedido el 28 de marzo de 2025.
Satori Ediciones. «Oda Sakunosuke». SATORI, 2025, satoriediciones.com/escritor/oda-sakunosuke. Accedido el 28 de marzo de 2025.
[1] “Ellos querían hacer un inicio fresco, pero estaban perdidos en como y cuándo empezarlo. Los principios que guiaban la vida se habían perdido, dejando todo con un aspecto gastado, fútil y hueco. En un contexto como este, Sakunosuke Oda y Osamu Dazai vaciaron su ironía y autoburla. […] Sus trabajos, los cuales sirvieron como un espejo mórbido de la confusión y la desesperación de su periodo, fueron de gran interés para los lectores del momento” (Traducción hecha por la autora del ensayo).
[2] En Yokohama hay un bar famoso (Lupin) por tener las fotografías de Dazai Osamu, Oda Sakunosuke y Sakaguchi Ango, pero son fotografías individuales.
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