El narrador en "El Aleph" de Jorge Luis Borges según la narratología de Gérard Genette: su importancia desde el paradigma de la posmodernidad

Escrito por: Luis Enrique Espeleta Saucedo

Fecha de publicación: julio 2025

Resumen

En el siguiente trabajo se ahondará en la importancia del narrador en El Aleph, una de las obras más prominentes del autor argentino Jorge Luis Borges, y se determinará la manera en que este se encuentra definido aplicando la narratología de Gerard Genette a su estudio. Desde este mismo método comprenderemos cuál es el lugar del narrador dentro del relato; de qué manera influye en el desarrollo de la historia teniendo en cuenta las características de las que ha sido dotado y cuáles son las razones del autor para configurarlo de la forma en que lo hizo. Por las posibles implicaciones creativas que representan, estas decisiones serán discutidas recuperando el enfoque de la posmodernidad con la intención de establecer un diálogo con la temática y las herramientas literarias en El Aleph. La finalidad tras esta elección es contextualizar la obra de Jorge Luis Borges (a nivel general y concreto, es decir, sin ignorar El Aleph), y determinar su impacto en la literatura del siglo XX y generar con ello una reflexión en torno al lugar que este autor ocupa como precursor del posmodernismo y un prominente autor adscrito a este corriente por igual.

Palabras clave

Aleph, Borges, ficción, Genette, narrador, posmodernidad, auto ficción

Introducción

Algunas consideraciones sobre Borges y El Aleph

El Aleph es una obra publicada en 1949 como parte de una antología de cuentos del mismo nombre escrita por Jorge Luis Borges, prolífico autor argentino y una de las figuras más relevantes en el paisaje literario decimonónico del siglo XX. Borges salta a la fama —o dicho sea de otra forma, se consagra a la inmortalidad colectiva— por la calidad de sus escritos y sus posturas políticas y filosóficas presentes y matizadas en buena parte de su obra (relatos de su autoría como El otro e Historia del guerrero y la cautiva, obra que cabe añadir, comparte el mismo espacio antológico junto con El Aleph, son ejemplos donde retazos de la visión política de Borges con respecto al mundo o Argentina son más marcadas e identificables).

La literatura de Jorge Luis Borges llama la atención por su interés en todo tipo de conceptos metafísicos (elementos que se hacen prominentes junto con una muy cuidada narrativa introspectiva y descriptiva para compensar por la tragedia de la que el autor fue víctima: una ceguera que lo afectaría en las etapas de su vida en que vería nacer su más destacable producción literaria) que son, por un lado, de vital interés pero de difícil definición derivado de su trascendencia (hablamos de abstracciones como el tiempo, el infinito, las paradojas, la historia, la soledad, el olvido, la aplicación de conceptos matemáticos a intrigas filosóficas), sin que por ello, dejen de ser inherentes a la condición humana.

Partiendo de estas nociones es que se configura el relato de El Aleph: este es narrado por un Borges ficcionalizado que nos remite, en primera instancia, al trágico fallecimiento de su amor no correspondido, Beatriz Viterbo. Este hecho marca profundamente al narrador y lo anima a visitar periódicamente, cada 30 de abril (el día que hubiera de marcar los aniversarios de su amada) la residencia Viterbo, ubicada sobre la calle Garay, como muestra de un aparente estado de luto perpetuo. A esta rutina se le adhiere la presencia de un singular personaje que se ganaría la animosidad (a futuro) de Borges: Carlos Argentino Daneri, poeta y primo-hermano de Beatriz. Esta convivencia se prolongaría por al menos siete u ocho años, hecho que le diera a Daneri la suficiente comodidad como para compartirle a Borges su más reciente y ambicioso trabajo: su opera prima constaría de una detallada descripción en verso de todos los lugares en el mundo. Esta empresa, sin embargo, le parecería ya no solamente irrisoria a Borges, sino que imposible, dejando a Daneri frente a sus ojos como un completo mediocre con anhelos pretenciosos.

Empero, un día y de manera insospechada, Daneri haría acudir a Borges con mucha desesperación a su habitual punto de encuentro, la casa de Beatriz, con motivo de decirle que estaban por demoler la residencia. Borges se vería devastado por esta revelación, y le propondría a Daneri luchar para evitar que esta obra se diera a término, en parte para preservar un espacio consagrado a la memoria de Beatriz. Pero Daneri no se siente presionado por la pérdida de aquello que le remite a su prima-hermana, sino la casa en sí misma, pues afirma que terminar su gran poema es una labor imposible si no cuenta con un importantísimo elemento en su interior, en un recóndito punto del sótano: un Aleph, un punto del espacio en donde converge una visión de todo el universo simultáneamente. Borges considera esto un disparate, pero para su sorpresa, presencia la magia del Aleph tras ser encerrado en el sótano por Daneri y se percibe cambiado por la experiencia, tanto así, que teme que su capacidad para sorprenderse se haya visto perdida para siempre; pese a ello, y solamente para demeritar a Daneri, se guarda los detalles de lo vivido para él mismo y le aconseja abandonar su labor y la casa ipso facto. 

En la conclusión del texto, Borges reflexiona sobre este evento, sobre Daneri (que ha cosechado más éxito que él y cuyo poema describiendo al mundo le ha valido incontables elogios) y sobre la naturaleza del Aleph, cómo ha logrado olvidar lo que ha visto dentro de él y si en el mundo es posible encontrar otros Alephs, artefactos capaces de contener las cualidades de todo el universo y que han sido descritos en el pasado con detalle a través de la historia.

Si escogemos centrarnos en el tratamiento temático que recibe El Aleph, nos daremos cuenta de que este recae en una acepción del infinito que propone Georg Cantor. Rafaella Mulas, en su artículo “The Aleph of Borges and the Paradise of Cantor”, establece un singular símil entre Jorge Luis Borges y Georg Cantor a través de la figura de Daneri. Mulas menciona que Borges fue capaz de demoler “un muro construido por hombres que separan a las matemáticas de la literatura” al haber sido “capaz de comprender por completo muchos de los conceptos matemáticos que le fascinaban” (Mulas: 406), por mucho que considerara que estas ideas lo rebasaran. 

Los “números Aleph” de Cantor planteaban un acercamiento matemático y estructurado al concepto del infinito, en tanto que concebía la existencia no solamente de más de un infinito en el universo, sino que había infinitos pequeños que quedaban contenidos dentro de otros más grandes (el más grande de todos, Dios mismo, no podía ser medido por medios matemáticos convencionales, ni siquiera humanos). La teoría fue controversial en su momento por creer que fue concebida con una paradoja inherente que se quedaba sin resolver; tomó años para que su integridad fuera reivindicada y fue un evento que ni siquiera Cantor pudo atestiguar, pues murió mucho tiempo antes, recluido en un sanatorio mental.

Nos daremos cuenta de que Borges referencia ampliamente la vida del matemático en este relato, y a través de Carlos Argentino Daneri, expone las consecuencias (quizás a modo de reflexión moralizante) de establecer contacto con un concepto tan inescapable como seductor, el cual es el infinito a nuestro alcance aparente. “What if Borges wanted Carlos Argentino Daneri to some how interpret Georg Cantor? Carlos is the one who discovers the Aleph (my Aleph, he says) and he is so obsessed with it that he becomes a madman” (Mulas: 408).

La narratología de Gerard Genette

Gerard Genette se hace notar en el panorama literario de su tiempo con su aportación al campo del estudio literario con la narratología. Genette se hace hueco en el panorama decimonónico posmoderno y aborda con decisión un elemento que se encontraba pasando por una fase de experimentación; ya no era justo hablar del narrador como mera herramienta para describir sucesos ya establecidos, sino que ahora estos mismos son influenciados y toman forma a partir del tipo de voz que los está describiendo.

Si nos remitimos a la Historia de la literatura, la narración omnisciente en tercera persona fue una constante, lo mismo que la primera (aunque esta no quedaría cimentada sino hasta vísperas del siglo XX, con el establecimiento del género del cuento con la mórbida obra de Edgar Allan Poe, importante autor que definiría el curso de la literatura en años posteriores), y fue con Genette que tuvimos un legítimo ámbito de estudio que se hacía necesario ahora con la posmodernidad literaria en la puerta.

Lo que hace Genette, de acuerdo con el breve pero conciso análisis que lleva a cabo Paola Ortiz en su artículo “Gerard Genette y la ciencia del relato” es dejar por establecido un orden y una gramática (“un mapa”; dice la autora del artículo citado), en los que catalogaría los elementos necesarios para la conformación de una voz e hilo conductor en una narración:

Él hablaba del “orden”: cómo opera la organización; la “duración”, donde intentamos vislumbrar si ese tiempo se estira o se encoge en elipsis dirigidas por el narrador; la “frecuencia”, que son los ritmos, acciones, símbolos y sus repeticiones; la “distancia”: en la manera de referir la historia o representarla; la “perspectiva”, donde analizaba la posición del narrador (Ortiz: s.p.).

A la postre, la aportación más importante de Genette, misma que es hasta la actualidad empleada por estudiosos que le sucedieron, fue el establecimiento de una amplia gama de voces narrativas; hasta tres de ellas, ubicadas en diferentes niveles y que sirven de múltiples formas al discurso de una obra. Ya no nos quedamos solo con el tradicional punto de vista (inamovible elemento que aspira a la objetividad y el absolutismo narrativo), sino que las fronteras se amplían y la posibilidad de explorar diferentes ideas y experiencias a través de esta “plurinarratividad” recién descubierta se hace elemental (recordemos que Genette, gracias a la información que nos brinda Paola Ortiz en su artículo, comienza a sembrar los frutos de su labor durante la modernidad, fase en la historia de la literatura en la que se valoraría más la variedad producto de un enfoque más concentrado en la disidencia social del momento).

Las voces narrativas quedan definidas pues, en función del lugar que ocupan dentro de una obra:

  • El narrador homodiegético
  • El narrador heterodiegético
  • El narrador autodiegético

Con ello vino también los diferentes tipos de focalizaciones en una narración: la focalización cero, la focalización interna y la externa. Si los diferentes niveles diegéticos determinan un tiempo narrativo, la focalización determina el espacio que ocupa el narrador. Expresado de otra forma, un elemento afecta a la narración y el otro se ve afectado por esta. La configuración diegética de un narrador marca el ritmo, mientras que la focalización determina al narrador a observar y a describir confinado desde cierto espacio. Genette pone sobre la mesa una interesante cuestión que alude a como el tono de una historia puede alterarse en función de la posición que ocupa aquél que la narra. Dice el autor Elverbo en su artículo “Narradores y niveles narrativos en la teoría de Genette”: “un narrador puede ser confiable o no confiable, dependiendo de su objetividad y su relación con los eventos que cuenta” (Elverbo: s. p.).

Resulta destacable lo completa que fue la labor de Genette (fallecido no hace mucho; el 11 de mayo del año 2018), tanto que es posible trazar su influencia hasta medios por mucho posteriores a la literatura, como el cine o la televisión, evidenciando la importancia del buen establecimiento de una voz que de vida al relato construido, pero ante todo, que sea la más adecuada para que la coherencia y la identidad de la historia no se vea perdida.

Desarrollo

El narrador en El Aleph

Lo que resulta inequívoco es que una vez que entramos en contacto con el texto, quien nos guiará a través de los hechos es una voz introspectiva en primera persona. Según los lineamientos propuestos por Gerard Genette, la voz en El Aleph pertenece a un narrador autodiegético con una focalización interna: es el protagonista del relato, Borges, el único actante dentro del discurso junto con Carlos Argentino Daneri. Él narra su propia historia y sus experiencias, así como el momento en que la revelación sobre la verdadera naturaleza del Aleph de la calle Garay lo alcanza. 

En cuanto al tiempo de la narración se refiere, este cae en la linealidad, pero todo se nos es contado a partir del recurso de la regresión: Borges (ya sea narrador o autor) ha justificado la existencia de este relato por medio de una misiva en la que rememora los hechos vividos y dedica a la figura de Estela Canto (un personaje no solamente real, sino crucial en la vida de Borges). La regresión, curiosamente, contiene una elipsis (es decir, el acto de omitir un tramo de la historia contada para que esta sea inferida por el lector), pues como mencionamos, hay un salto de varios años dentro del cuento en el que se nos insinúa la clase de relación que sostuvo Borges tras la muerte de Beatriz con Carlos Argentino Daneri:

En 1934, aparecí […]; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri […]. El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno (Borges: 194-195).

La verdadera respuesta a esta cualidad tan peculiar del narrador, que por su conocimiento previo del Aleph se ve obligado a escribir rememorando los eventos de la historia; a la par que nos lleva en su viaje descubridor y reflexivo volviendo a descubrir junto con nosotros, este artefacto tan misterioso, recae en una observación que lleva a cabo Gerard Genette sobre los narradores en obras epistolares y que recupera la autora Elena Cuasante:

El autobiógrafo y el memorialista ficticios son, por tanto, narradores extradiegéticos y, al mismo tiempo, personajes diegéticos, como lo son también los redactores ficticios de diarios y cartas que el propio Genette cita en su argumentación (Cuasante: 18).

Una cualidad cuando menos llamativa del trabajo de Borges es que la narración siempre comienza como en in medias res; el flujo de pensamientos ya ha empezado a distenderse y lo que se tiene que decir es expresado sin perder un solo instante en mencionar la identidad de quien lo está profiriendo. Hay insinuaciones de por medio, sí; hay pistas de la posible identidad del narrador esparcidas a lo largo de sus oraciones, pero nada de la naturaleza identitaria de esta figura es mencionado si no es de la forma más insospechada o indecorosa posible. En El Aleph, no se nos dice que quien está narrando es Borges hasta que él mismo lo menciona fugazmente, como es habitual en este relato, autocompadeciéndose por la pérdida de Beatriz Viterbo (Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges). La otra ocasión en que la identidad de Borges vuelve a ser reiterada es cuando Carlos Argentino Daneri lo saca del sótano de la casa y Borges ya se sabe testigo del Aleph (Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!). 

Admito humildemente que no sabría determinar la función tras esta vasta decisión creativa, y con ello me remito a muchas posibles interpretaciones sobre el lugar que ocupa Borges como narrador de su propia historia. Quizá el valor de este tópico fue tal para él, que decidió experimentarlo al imprimirse dentro de su obra (¿Quién puede decir que ha experimentado la vertiginosidad de los secretos del infinito y el universo desde la seguridad de su escritorio?), o tal vez estemos frente a un interesante juego literario que ha planteado Borges. Le otorga verosimilitud y cuerpo a la tesis del infinito contenido en un solo espacio, indecoroso e inesperado, acentuado tan solo por su descripción tan detallada y emocional de lo que implicaría esto para una persona. Lógicamente, es improbable que el espejo de todo el universo se halle debajo de una piedra, pero el que Borges presente esta tesis como probable al colocar un Aleph en la esquina más oscura de una casa en un rincón olvidado de Argentina vuelve la idea no solo plausible sino hasta seductora.

Continuando sobre la línea de todo lo anteriormente descrito, quizá sea justo simplemente decir que Borges ha creado una obra de auto ficción, con el narrador que ha escogido como muestra de ello.

Por los tópicos matizados de su cuento, el narrador se vuelve la figura más compleja en El Aleph junto con el artefacto aludido en el título. Es por igual un personaje ficticio y la representación de los sentires del autor, y por ello, dice Martín Ignacio Koval:

Por tratarse de “vidas” que transcurren en otro nivel ontológico, los personajes que las “viven” no resultan con tanta facilidad (ni con tanta intensidad) víctimas de los juicios del lector, que están determinados entre otras cosas por la época histórica, su constitución psicológica, su milieu sociocultural y sus compromisos ideológicos (Koval: 239).

Esto no sería posible en primera instancia dentro de El Aleph, ya que el protagonista del relato, Borges, es producto de la traslación de una persona real al plano ficticio del cuento. ¿Sería correcto entonces hablar de este Borges como si habláramos del Borges “autor”, que goza de un lugar en nuestra realidad? ¿Pero por qué asumir al Borges narrador dentro de El Aleph como una extensión del Borges autor? ¿Hasta dónde nos consta que estos entes comparten las mismas experiencias del modo que hacen con la voz? En lo que a mí respecta, esto último no puede ser cierto, pues el Borges de la narración ha experimentado algo que el Borges que lo ha creado no: una visión del infinito expresado en un discreto punto del mundo; una experiencia a la que solamente el Borges narrador (que es a su vez personaje) pudo experimentar porque la lógica del mundo interno así lo permite.

Es por ello por lo que el Borges narrador-personaje, si bien una proyección de los sentimientos y reflexiones de Jorge Luis Borges en un determinando tiempo, no es útil para representar su verdadera naturaleza como ser humano pensante, con un criterio heterogéneo y en constante cambio. El Borges narrador-personaje no es ni siquiera un ser humano constituido de manera convincente, y se encuentra congelado en la tinta que su autor empleó para plasmar sus ideas (mismas que con el pasar de los años hubieran de cambiar), convirtiéndose así en una herramienta reflexiva por la cual el Borges autor es capaz de proyectar un diálogo con las cuestiones metafísicas que le interesa resolver.

Lo que resulta interesante de este ejercicio es, que si este medio aspira a ser una verdadera extensión del autor, entonces no es capaz, y no debería, responder las incógnitas a la que se enfrenta. Lo lógico es dejarse llevar por la intriga así como el lector lo hace.

El tipo de narrador (el tipo de personaje) que Borges establece en El Aleph se adelanta a cualquier movimiento que pueda hacer el lector con respecto a su caracterización, esto es, “La atribución de rasgos por parte del lector a partir de su conocimiento previo del mundo es, en algún punto, inevitable, por lo que es imposible concebir un texto sin que sus actores sean caracterizados” (Koval: 240).

No hay porque cuestionar la naturaleza del narrador. No hay que caracterizarlo porque sabemos quién nos habla, o bien, creemos tener una idea de quien lo hace. Esto, de alguna manera, acerca al lector con el narrador y en consecuencia, con el autor, pues ha dejado a un nivel asequible la caracterización de un personaje con quien en un primer momento no deberíamos sentirnos cómodos o familiarizados.

Conclusiones

La noción de la posmodernidad en Borges y El Aleph

Adentrarnos en este tópico es un acto que debe llevarse con reservas, no porque hablar de él sea una labor complicada o de difícil definición, sino porque ello conllevaría a quedarnos cortos al momento de abordarla. La cantidad de terreno reflexivo (si acaso especulativo) que exploramos al hablar de la figura de Borges como una influyente o con la capacidad de sentar cátedra es muy amplio, con muchas acepciones o interpretaciones que se le adhieren.

Muchos autores estarían dispuestos a definir a Borges como un autor más bien moderno, ya no solamente porque esa es la tradición a la que se adscribe por los tiempos en los que comienza a definir un estilo literario, sino porque en el corpus de su trabajo se manifiestan amplia y claramente los temas y los conceptos propios de esta corriente (afirmación con la que el propio Borges estaría de acuerdo).

Lo que resulta conflictivo de cara al tratamiento de Borges como autor postmodernista es que el mismo Borges se negaría a romper con la tradición que vería nacer su obra. Si Borges, menciona a grandes rasgos el autor Robin Lefere en su artículo Borges ante la noción de la “posmodernidad”, hubiera de considerarse un autor posmoderno, sería para continuar con la tradición modernista, algo que no ocurre con contemporáneos suyos como Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, quienes ya se vuelven representantes de un posmodernismo rompedor, con la intención de establecer un diálogo con “la historia y con el mundo” (Lefere: 212), y que, fundamentalmente, se volvería la pauta para toda acepción general que se tiene del posmodernismo en la actualidad.

Sin embargo, pese a no integrarse con naturalidad a este posmodernismo, Borges es indirectamente parte de este posmodernismo rompedor y rebelde. Se encarga de ofrecer una visión del modernismo filtrada a través de la meta-referencia y la reinterpretación de la realidad. De la discusión en torno a nuevas posibilidades de talla universal a través de la volátil pero siempre bondadosa literatura, producto de un poder que le hemos dado colectivamente con el pasar de los siglos: la capacidad de reescribir la historia, de los discursos que versan de todo, y con ellos, toda nuestra existencia.

Borges es consciente del poder humano y la valiosa herramienta de la palabra cuando esta está a su disposición, aunque lejos de hallar esto innovador o trascendental, Borges lo asume con un dejo de respeto y melancolía: “Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma (Borges: 195).

Hay, en esta cita, un evidente ánimo de crítica, quizá no destructiva o rompedora, al modernismo, pero que ciertamente remite a una nostalgia por la pérdida de una tradición a la que se le erigía todo a su alrededor. El “moderno Mahoma” no cree que deba servir a una tradición, sino que la tradición está en constante cambio y debe servirle a sus intereses.

El posmodernismo de Borges, contrario al otro posmodernismo literario que parece rehuir de las tradiciones que la atan a una determinada forma de operar, intenta acercarse a la tradición y el pasado literario, pero que con cada movimiento parece alejarse más. Es un acto paradójico determinista del que Jorge Luis Borges no puede escapar. Es una arbitrariedad, quizá la más humana de todas.

El Aleph es entonces una representación de esta arbitrariedad, es una compilación de reflexiones que remiten al anhelo por rozar con nuestros dedos todo aquello que evoca a cuestiones sempiternas y cimbradas a nuestra naturaleza, todas ellas antiguas: el interés por lo metafísico, por el infinito, reinterpretado como todo en el posmodernismo. El encuentro con el infinito es un sinónimo de futilidad y de temeridad. De establecer un diálogo con algo sin esperar una respuesta.

En conclusión, los elementos de esta obra, ya no solo el cuento que le da título sino toda la antología en su totalidad, encapsulan y representan de la mejor manera las reflexiones y temores de un Borges que sabe que se acerca, sin posibilidad de retorno, a un nuevo mundo que le pide más a un nivel literario. Para ello, debe remitirse a sus fuentes y darles un giro de 180 grados para otorgarles cabida en un mundo que no acepta la tradición literaria típica en la forma de un “qué”, sino de un “por qué”:

Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta el infinito (Borges: 127).

Bibliografía

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Borges, Jorge Luis. “El Aleph”, El Aleph. María Kodama (ed.), 15ª ed., Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial,  Debolsillo, 1949: pp.189-210.

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Cuasante Fernández, Elena. “Tiempo de la narración y niveles narrativos en la literatura autobiográfica”, Alpha: Revista de Artes, Letras y Filosofía, no. 40 (2015): 9-20.

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García Jurado, Francisco. “Borges o la lectura como biografía”, Estudios: Filosofía, Historia, Letras, no. 142 (2022): 139-167.

Imaginario, Andrea. “El Aleph, de Jorge Luis Borges: resumen y análisis del

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Koval, Martín Ignacio. “Del personaje a la persona. Una contribución al estudio de la caracterización de personas reales en textos narrativos factuales”, Nóesis: Revista de Ciencias Sociales, vol. 31, no. 61 (2021): 226-242.

Lefere, Robin. Borges ante la noción de “posmodernidad”, Borges Center,  2024, https://www.borges.pitt.edu/sites/default/files/0911.pdf

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