Los olvidados

Escrito por: Fátima Orozco Morales  

Fecha de publicación: julio 2025

En cuanto salgo de la escuela, solo puedo pensar en él, en sus manos, en su postura torpe y descuidada, en su olor que distingo mucho antes de verlo. La mera imagen de él en mi cabeza hace que me den escalofríos. Quiero concentrarme en otras cosas pero es imposible, solo está él y nuestro inevitable encuentro. Camino bajo el sol, la mochila se mueve en mi espalda y cuando doy vuelta a la cuadra sé que cada vez estamos más cerca. Tal vez debería dar pasos lentos y más cortos, pero ya se hizo tarde y aún me faltan algunas cuadras hasta la terminal de los camiones, así que me obligo a avanzar.

Mientras camino me concentro en la calle: veo las paredes del centro de idiomas grafiteada con groserías, a la señora de las frutas que pela los mangos con una velocidad que solo se consigue con la experiencia, el puesto de periódicos y revistas que, como siempre, exhibe calendarios casi pornográficos. Pero ahí, después del árbol solitario y raquítico, escondido detrás de una pared malhecha, está él. Como siempre, lleva los pantalones mal puestos e incluso a la distancia puedo ver la mugre en sus manos, la tierra parece que se le pega hasta en los párpados, lleva el cabello enmarañado y con este calor, las gotas de sudor le escurren por la nuca hasta una playera agujereada y llena de manchas.

Estoy cada vez más cerca, no puedo parar pero tampoco quiero seguir avanzando. Con cada paso el olor a orines y a quién sabe qué más se va haciendo más intenso, es algo pesado y se me queda pegado en la nariz. Cuando paso a su lado nunca sé que hacer, porque yo no soy una mala persona pero no quiero que él me toque, o me vea y se le ocurra pedirme algo, porque yo no tengo nada. Y no es que no quiera ayudarlo pero es que me siento mejor sin saber quién es él, no quiero preocuparme por un desconocido. Mi abuela siempre que pasa le deja limosna, pero mi mamá no lo hace, la mayoría de las veces ignora a los de su tipo y si acaso repara en su presencia dice: “deberían ponerse a trabajar, tienen manos y piernas” “todo ese dinero que le avientan es para las drogas, ya sabes cómo son esos”. Esos, los que nadie ve, los olvidados.

Se sienta en cuclillas sobre un cartón rasgado, hay una chamarra hecha bola a su lado y él se inclina sobre unos pedazos de aluminio, los dobla y desdobla, una y otra vez, los retuerce y atora unos con otros, los pone frente él y creo que se los ofrece a quienes pasan. Parece una burla, un ser oscuro y enajenado vendiendo basura como si fueran juguetes útiles. Estoy casi frente a él, no quiero cambiarme de acera, llevo prisa y alguien como él no debería hacerme cambiar mi rutina, no. Son tres metros, dos, uno…

Ya, estoy aquí. La gente se sigue moviendo a mi lado, lo rodean y siguen con sus vidas, pero yo no puedo seguir, mantengo la mirada al frente y no puedo obligarme a dar un paso más. No quiero ver sus ojos, pero la curiosidad y la pestilencia me detienen ¿Tendrá una mirada suplicante? ¿Será alguien quien solo quiere vivir? ¿O será un pervertido? Él estira su mano, yo volteo. No sé qué hacer, si quiero darle una moneda ¿de cuánto debe ser? ¿cinco, diez, un billete de veinte? Pero si le doy dinero también debería darle a toda la gente de la calle, ¿no? Porque si no, no soy buena persona, pero no tengo tanto dinero, ¿siquiera traigo cambio? No puedo darle un billete de cien, sería demasiado. Capaz se lo gasta en todo menos en comida o ropa.

Le veo por fin la cara y no hay nada, solo unos ojos vacíos, arrugas agrietadas y ya. Desde tan corta distancia puedo ver sus uñas rotas y manchadas de algo rojo, sus huesos que sobresalen de manera enfermiza, noto como huele a basura y se ve tan delgado que me da lástima. No sé qué es esto, qué es él.

¿Acaso la calle se ha tragado lo que era o siempre ha sido así?

Esto no es una persona, uno de nosotros no puede verse así. Se ve tan pequeño, encorvado sobre sí mismo. Siento que se me aprieta el pecho, la tristeza sube desde mi pecho hasta mi garganta y quiero hacer algo, quiero llevarlo conmigo y darle de comer, quiero gritarle que se levante y cambie su vida, y quiero alejarme lo más posible de él.

Su olor me ha revuelto el estómago así que solo me doy vuelta y realmente corro esta vez, la calle se difumina a mi alrededor, unas señoras me gritan por empujarlas y casi choco con una niñita. Cuando por fin llego a la terminal, subo apresurada al camión, pago con un billete de cincuenta y mientras avanzo hacia algún asiento libre, las monedas hacen sudar mi mano. Volteo hacia la ventana y lo veo a él a lo lejos, aprieto mi cambio mientras la vergüenza y el arrepentimiento me calientan la cara. Me regaño por quedarme ahí, viéndolo como si fuera un fenómeno sacado de alguna pesadilla. Es solo una persona, solo una persona. Mientras el camión se aleja de su calle me prometo que mañana sí le daré unas monedas, después de todo, es lo único que puedo hacer.

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