Escrito por: Euge Ferreiros
Fecha de publicación: julio 2025
Me dejé el paraguas en casa.
Miro hacia el cielo desde el puente peatonal donde la realización me ha dejado pasmado. Gris como ayer y antes de ayer y probablemente mañana. No sé qué esperaba, es temporada de lluvias y el cielo no perdona a los olvidadizos que, como yo, salen de un trabajo a las cinco para llegar al turno nocturno en otro.
Decido avanzar con la esperanza de que, si apuro el paso, podré llegar a mi destino antes de que el cielo descargue su furia sobre mí. Mi mamá insiste en que no es un ataque personal, pero me es difícil creerlo cuando siempre llueve los días en los que elijo llevar mis zapatos más bajos, donde la lluvia estancada por las coladeras tapadas se infiltra hasta calar mis calcetines y dejarlos como esponjas.
Llego a las escaleras del puente y comienzo a bajar con cuidado, pisando tentativamente cada uno de los escalones desgastados para evitar que de un resbalón se conviertan en una de esas resbaladillas metálicas que hay en todos los parques, de las que siempre salía con más de un moretón en las rodillas y quemaduras de fricción en las pantorrillas.
Detrás de mí, un señor suspira, parece que tiene mucha prisa. El calor de sus ojos furiosos sobre mi nuca trae recuerdos en los que preferiría no pensar mientras lucho por mantener el balance sobre mis piernas cansadas. En contra de todos mis instintos, decido hacerme a un costado para dejarlo pasar. La escalera es estrecha, pero estos últimos meses de trabajo me han enseñado cómo encogerme cuando es necesario. La disculpa se queda atrapada en mi boca cuando el hombre golpea mi vientre con su codo y pasa corriendo a mi lado. Lo escucho murmurar:
—Ábrete bien, pendejo.
Supongo que no le había dejado el espacio suficiente. Por suerte, alcanzo a agarrarme del barandal antes de que el golpe me haga caer. La pintura roja se craquela bajo la fuerza de mi agarre, deja virutas de colores sobre los puños de mi camisa. Me quedo mirando la parte trasera de su cabeza, su cabello es negro y su complexión robusta, es muy distinto a la figura familiar que temía encontrarme. Tomo un respiro profundo y sigo adelante.
Bajo el último escalón con un pequeño salto y comienzo a caminar por la acera. Al principio me generaba asombro cómo los bloques de asfalto de la vereda se levantaban cual montañas gracias a la presión ejercida por las raíces de los árboles. Tras un par de caídas, me he dado cuenta de que solo es uno más de los muchos peligros que esta rutina me ha obligado a enfrentar.
Antes de llegar a la parada, veo cómo se acerca un camión verde, fuerzo la vista para alcanzar a leer lo que dicen sus carteles y levanto la mano para pedir que se detenga. Apenas subo uno de mis pies, el conductor arranca y me agarro de cualquier cosa para no caer a la avenida transitada. Miro sus ojos azul cielo, contrastantes con lo oscuro de su cabello picudo. Aliviado de que no sea él, saco el cambio de uno de mis bolsillos y lo pongo en su mano extendida.
—A Sumesa por favor.
La única respuesta que recibo es un asentimiento con la cabeza.
Me siento en el primer lugar libre que encuentro. Ha sido un día afortunado, generalmente voy parado. La música suena tan fuerte que se me dificulta escuchar mis propios pensamientos, cosa que agradezco.
Antes, las conversaciones me distraían, dejaban que completara el trayecto sin sucumbir al pánico, pero ahora, sentado aquí, sin nadie con quien intercambiar palabra, me doy cuenta de que el silencio ha dejado espacio para que el miedo crezca.
Durante mis días de preparatoria, la soledad era un completo desconocido. Al salir de la escuela siempre me encontraba a mi mamá esperando en la puerta para hacer el trayecto de regreso juntos. A pesar de ello, siempre hubo algo nervioso dentro de mí, un miedo que me invadía al caminar por las calles, un presentimiento de que algo malo estaba por pasar. Mientras mamá me contaba de su día, no dejaba de voltear hacia atrás, anticipando el momento en que me lo volviera a encontrar.
Cuando era pequeño, salí solo por primera vez. Estaba jugando a las escondidas con algunos amigos del vecindario cuando un hombre se acercó a donde yo estaba oculto detrás de un auto. Su cabello era café, la corona de su cabeza calva, sus ojos negros, su cuerpo alto y delgado. Él insistía en que necesitaba ayuda porque algo le había pasado a su perro, pero algo dentro de mí me decía que era mentira. Le di la espalda, dejé mi escondite y corrí. Mis piernas no eran tan largas como las suyas, escuchaba cómo sus pasos se acercaban rápidamente, mi respiración acelerada intentando mantenerme a flote por suficiente tiempo como para llegar a casa y resguardarme. Pronto me alcanzó, me tomó del hombro y me volteó hacia él, pero cuando la fuerza de su brazo me hizo girar, lo único que vi detrás de mí fue un montoncito de hojas moviéndose al ritmo de la brisa.
Desde entonces me ha acompañado el sentimiento de que ese encuentro ha sido un presagio de lo que me espera en algún punto futuro. Una advertencia de que, tarde o temprano, volvería a sentir su mano en mi hombro y al voltear me encontraría con algo mucho peor. Con el pasar de los años creí haberlo superado, pero todo el progreso que he hecho intentando olvidar ese encuentro se ha esfumado desde que comencé a navegar las calles por mi cuenta.
El peso de un cuerpo cayendo en el asiento que había dejado libre a mi lado me regresa de mi mente al camión, donde sigo sentado. Mi nueva compañera de asiento tiene un olor a cigarro tan prominente que siento la necesidad de taparme la nariz, pero tengo modales, así que no lo hago. Simplemente me acerco más al lado de la ventana, rogando que el olor no se quede impregnado en mi camisa.
Bajo la cabeza y me concentro en la escena del exterior, donde las primeras gotas comienzan a caer del cielo, quedando pegadas al vidrio que me separa del periférico. A través de la superficie empañada veo cómo una mujer toma a su hijo en brazos y se resguarda bajo el techo de una zapatería. Sus hombros son anchos y el toldo no alcanza a cubrirlos del todo, la lluvia comienza a oscurecer una de las mangas de su playera. Un hombre se les acerca, comienzo a sentirme nervioso, no alcanzo a distinguir su rostro, pero la figura es extrañamente familiar. Limpio un poco el vidrio empañado para alcanzar a distinguir más que solo siluetas.
Es el hombre del puente.
Tengo que calmarme. No todos los hombres en la calle son él, no todos son peligrosos.
Para distraerme un poco, empiezo a jugar con el grano que encontré en mi cachete al despertar esta mañana. Es diferente a ese acné hormonal tan fácil de ponchar que me persigue desde la adolescencia, este es duro y no deja de crecer con el pasar de las horas. Lo rasco fuerte con mis uñas, sin darle importancia a la tierra que he acumulado bajo ellas, y siento un dolor extraño, como si algo duro raspara contra mi piel desde adentro. Siento un movimiento extraño, como si mi piel se estirara y contrajera cada vez que la toco.
Sigo jugando con el grano hasta que se acerca mi parada. Le pido permiso a mi compañera de asiento y bajo por la parte de adelante, porque para este punto ya han subido tantas personas al camión que es imposible abrirse el paso por el pasillo central. Coloco mi portafolio sobre mi cabeza, esperando que sea suficiente para protegerme del agua, pero aquellas pocas gotas que había visto caer sobre la playera de la señora se han convertido en un huracán imparable.
Me refugio bajo el techo metálico de la parada, donde ya se encuentra otro grupo de trabajadores desesperados, y reviso mi reloj. Voy tarde. Sin tiempo ni ganas de esperar a que la lluvia baje, dejo atrás a mis compañeros de techo y comienzo a caminar hacia el trabajo.
La calle está sola, mi único acompañante es mi reflejo en los ventanales de las tiendas. Mi vista danza de un lado a otro, de atrás hacia delante, intentando identificar cualquier figura que pueda acercarse.
Mi concentración se quiebra al sentir una respiración al costado de mi cara, volteo para encontrar al culpable, pero no hay nadie. Yo siempre tan paranoico.
Otro respiro del mismo lado, en el mismo lugar.
Doy un giro buscando de dónde ha venido ese golpe de aire caliente, pero sigo solo. Me topo con mi propio reflejo en el ventanal de una pastelería y lo que veo me deja en shock.
Hay una nariz saliendo de mi cachete. No hay forma de darle otro sentido, no es ninguna metáfora profunda. Ahí donde antes se encontraba ese molesto grano, solo queda un hueco con una nariz incrustada.
Vuelve a respirar e, instintivamente, cubro sus fosas nasales, intentando deshacerme de la sensación. Mala idea. Algo muerde mi cachete desde dentro y veo en el reflejo cómo el hueco aumenta su tamaño, dejando espacio para una boca. Caigo al suelo gritando con dolor.
Pensé que morir sería un proceso mucho más brutal, uno donde mi respiración se acelerara hasta detenerse de manera súbita. Ahora me doy cuenta de que más que brutal es lento, insoportablemente lento.
Siento una presión intolerable en el pecho, mi aliento se ralentiza al son de los golpes provenientes de mi interior, antes de que un brazo quiebre mis costillas y perfore mi piel.
Su otro brazo sale por mi espalda y me invade un último golpe de dolor. Después de eso pierdo toda sensibilidad, asumo que ha roto algo en mi columna y descubro que todo este tiempo no he sido más que una crisálida, albergando el renacer de aquello que intentaba evitar. Mi mente se aleja lentamente y las sensaciones se disipan, como si solo quedara la cáscara vacía. Mi cuerpo ya no es mío, solo está allí, atrapado en su propia fragilidad.
Las palmas de sus manos se apoyan en el suelo y empieza a empujar contra el asfalto, ejerciendo una presión creciente para liberarse de los pedazos de mi piel que aún lo mantienen prisionero. Mis ojos quedan ocultos bajo la piel de su nuca, y reconozco ese parche calvo en el centro de su cabello corto y castaño.
No había manera de que supiera que ese mal vivía dentro de mí, pero a pesar de todo no puedo evitar culparme a mí mismo, pensar en tantos años mirando hacia atrás, pensando que ser precavido me mantendría a salvo sin saber que la única dirección en la que no podía mirar sería exactamente por donde atacaría.
Y aquí estoy, tirado en la acera, viendo su cuerpo desnudo salir del mío. Los pliegues de su piel cubiertos en mi sangre, pequeños pedazos de mi carne en sus dientes cuando se voltea para mostrarme su sonrisa descarada.
Toma mi portafolio para cubrir su entrepierna y se larga con paso acelerado.
Miro hacia donde se ha ido corriendo y conecto ojos con una pareja, la chica parece estar al borde del vómito mientras su novio la empuja para que siga caminando. Es así que me doy cuenta de que en realidad nunca he estado solo. Hay gente en los autos que pasan junto a mí, hay dos viejitas con paraguas pisando los charcos donde el agua de lluvia y mi sangre se han combinado, hay clientes refugiados dentro de la pastelería donde vi mi destrucción reflejada.
Todos pasan, todos miran, pero nadie dice nada. Nadie hace nada.
Y está bien.
¿Acaso haría algo yo?
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